Marjan se quedó viudo hace
dos años, está ciego de un ojo,
sólo conserva un 5% de visión en el otro y
tienen que picarle la carne de burro, porque tiene la boca hecha una pena, pero
es la gran atracción del zoo de Kabul y, a veces, cuando se incorpora y pasea
tambaleante por el fondo de su foso, da la impresión de darse cuenta.
El zoo de Kabul es un horror. Queda a la orilla del río, junto al barrio
hazara. Para ser más exactos,junto a las ruinas del barrio, porque no queda
allí piedra sobre piedra desde la época en que se mataban entre sí las
milicias muyahidin, que ahora integran la Alianza del Norte y son aliadas de
Estados Unidos.
La historia del zoo de Kabul y la desgraciada peripecia de su único león son
un ajustado paradigma de la tragedia de Afganistán. Fue fundado en 1950,
cuando reinaba en el país Zahir Shah, el anciano monarca exilado en Roma a
quien los norteamericanos quieren traer de vuelta al país. Al principio, las
cosas marcharon bien.
Había jardines, se regaban los árboles, las jaulas estaban limpias y los
empleados cobraban un modesto sueldo y no tenían que robar la pitanza de los
bichos para sacar sus familias adelante.
Cuando llegó Marjan, un
cachorro de león regalado por Alemania, hubo hasta una fiesta de bienvenida y
se impartieron órdenes para que se le buscase compañía femenina.
Así y todo, el zoo resistía
y el Gobierno de turno se encargaba de que los animales recibieran asistencia
veterinaria y comida suficiente. Lo mismo pasó durante los tres años que
aguantó en el trono el presidente comunista Najibulá.
En 1995, en la pelea entre
tayicos y hazaras, fue cuando acribillaron con ametralladoras antiaéreas al
elefante y reventaron al tigre. Marjan sobrevivió.
A finales de abril, cuando los tayicos se impusieron y quedaron dueños de toda
la zona, un grupo de milicianos se acercó al zoo a curiosear. Eran analfabetos
semisalvajes bajados del valle del Panshir y al ver a Marjan
tumbado al sol quedaron estupefactos.
El más bruto de todos, tras
porfiar en que el animal era un cobarde y no mordía, no tuvo otra ocurrencia
que encaramarse a la verja y descender al foso. Para demostrar su tesis,
primero dio unos pasos, después unas palmadas y, por último, jaló de los
bigotes al felino y tiró con fuerza, momento en que Marjan alzó una garra y
lo dejó seco.
Al día siguiente, celebrado
el entierro del estúpido panshiri, se presentó su hermano decidido a vengar
su muerte. Lanzó tres granadas al foso, antes de que un periodista francés
interviniera y movilizara a los voluntarios de Médicos sin Fronteras para
salvar al animal. La ceguera, la falta de muelas, el labio descolgado y las
hondas cicatrices faciales de Marjan son producto de la metralla que le
extrajeron aquel día. Todavía no había concluido el calvario.
Morir de hambre
En 1996, ocuparon Kabul los talibán y según el director del zoo, Shair Aga,
todavía empeoraron las cosas. «Retiraron al veterinario, suspendieron las
entregas de comida y nos quitaron la mitad de los empleados», explica Shair
Aga.
Quizá mejore la situación a
partir de ahora, pero no será fácil. No hay vallas, las jaulas se desmoronan,
la comida escasea y varias de las 19 especies que han sobrevivido a tantos
años de espanto puede que no pasen el crudo invierno que se avecina.
Los dos monos tienen la
ventaja de ser juguetones, lo que estimula que los niños les tiren trozos de
fruta además de piedras, y están en buena forma, pero el resto parece
condenado. Las dos lobas, una rusa y otra afgana, se pelean sin cesar; el
chacal ya sólo se asoma de noche; y Marjan, el viejo león, está en las
últimas. Tiene ya 47 años y ha visto demasiadas atrocidades.