Publicado en la Revista FERNANDA
Abril 2004(México)
Sección N U E S T R A V I D A
AMAR A LOS ANIMALES
©
Por Eduardo Lamazón
La vida no es vida sino intenso dolor para la mayoría de los
animales sólo por haberles tocado en suerte compartir el planeta y
este tiempo con el hombre, su verdugo más cruel y excesivo.
Los ‘animales no humanos’, hay que decir, para expresarse con
propiedad de ellos, seres maravillosos en los que la naturaleza es
perfección, pero tristemente indefensos ante el individuo elemental,
depredador incorregible.
Hay quienes afirman que lo que distingue al ser humano de los otros
animales es el raciocinio, pero es necesario ponerlo en duda, viendo
lo que aquel hace con su aparente ventaja, no sólo en su relación con
los seres inferiores que están a su merced, sino con el uso
inescrupuloso que le da en cada acto a su facultad de entendimiento.
Apenas comprendiendo su ignorancia y confusión puede explicarse la
arrogancia insoportable del que pone su derecho a la vida ciegamente
por delante del derecho a la vida de otros seres.
Si somos superiores, sólo esa condición nos agrega un imperativo
moral por el cual debemos rendir justificaciones de nuestros actos.
Sólo el hecho de que debamos decidir cómo tratar a los animales, hace
a nuestra relación con ellos moralmente grave. Decía Shakespeare en ‘Hamlet’:
“no hay nada bueno o malo sino que el pensar así lo hace”. Nosotros
pensamos, no nuestro perro, por lo que tenemos el privilegio y la
carga de hacernos responsables de la relación y el trato.
Pero nuestra relación con las bestias, sin embargo, es la de las
metáforas que las degradan. “Eres un animal”... “Eres un burro”...
¿Por qué no “eres un hombre torpe”, o “eres una mujer egoísta”?
“Soy un miserable gusano” decía Friedrich Nietzsche para
autodefinirse, cuando lo devoraba la sífilis y expiaba su
remordimiento de filósofo porque se acostaba con su madre y con su
hermana. Había muchas culpas humanas en él, pero ¿qué culpa era del
gusano?
El siglo XX fue generoso y mezquino, bálsamo y letal, ubérrimo para
la ciencia y retrógrado para la convivencia entre los hombres. Sobre
su final mostró ¡por fin! una luz de esperanza en el reconocimiento al
derecho de los animales en las sociedades civilizadas. Una luz, que
quede claro, nada más que eso, pero algo más que nada.
Los derechos del hombre en la Grecia clásica eran los derechos del
ciudadano varón y libre. Las mujeres y los esclavos eran para la
legislación tan poca cosa como hoy son –continúan siendo- los animales
en las comunidades rabonas e incultas.
Otras formas de discriminación, igual de abyectas y vergonzantes ha
visto la historia. Quemar al hereje en la hoguera fue una conducta
aceptada, hasta que un día la civilización decidió que era
inaceptable.
Todo es cuestión de tiempo. Llegará el día en que el exterminio
irracional de los animales no humanos de esta época, en casi todas las
sociedades, será un asunto que se exhibirá en museos, a la mirada
incrédula de los visitantes.
Tengo malas noticias para los orgullosos “seres superiores” que en
tono peyorativo llaman bestias a las bestias: los hallazgos sobre el
mapa genético de las especies demuestran sin lugar a réplicas, que
nuestro patrimonio genético es idéntico al de los gorilas en un 97 por
ciento, y si esto es de suyo humillante... para los gorilas, claro,
también se halló que el número de genes necesarios para constituir un
hombre es sólo el doble de los que tiene un gusano.
La vida es, aun para la ciencia, el más grande de los milagros, lo
que parece ignorar el hombre promedio de todas las latitudes, porque
la compromete cada vez que puede, arrasando bosques y especies,
contaminando el aire y el agua, y detonando nuevas enfermedades. Es el
hombre, entre todos los seres vivos, el único dotado para la
estulticia.
Konrad Lorenz, el etólogo austríaco, el gran sabio del siglo pasado
que en 1973 obtuvo el premio Nobel de medicina, dijo: “el hombre
siempre fue bastante estúpido, pero últimamente noto un cambio... está
peor”. Es el mismo médico bondadoso que amaba a los animales hasta la
médula y que en otra ocasión afirmó: “De sólo pensar que mi perro me
quiere más que yo a él, siento vergüenza”.
Lord Byron escribió para la tumba de su perro ‘Botswain’ este
epitafio: “Aquí reposan los restos de un ser que poseyó la belleza sin
la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad y
todas las virtudes de un hombre sin sus vicios”.
Los animales, salvajes o domésticos, son, a la luz de la
inteligencia, nuestros compañeros de viaje. Su sacrificio o
sufrimiento inútiles son actos de inmoralidad y barbarie degradantes
para quien los provoca.
¿Por qué quererlos?
Una máxima filosófica simple dice que es correcto preferir un
estado de cosas mejor a uno peor.
Pero detrás de esto, en términos cotidianos, por respeto a nosotros
mismos. Porque el cuidado de todas las formas de vida nos hace más
evolucionados. Porque lo expansivo es primitivo y la inhibición es
cultura. Por compasión, que la compasión es una olvidada emoción
elevada. Porque matar o hacer sufrir es destrucción. Porque construir
es participar como un Dios todopoderoso del acto de la Creación.
Porque el hombre útil o bueno o civilizado vive de acuerdo con ciertos
valores y no hay valores que justifiquen la crueldad. Porque la
inteligencia invita a vivir de tal manera que nuestras acciones
aporten a la felicidad y no al dolor que hay en el mundo. Porque
proveer a la vida y no a la muerte no puede ser una antigualla, a
menos que el mundo esté irremediablemente perdido. Porque estoy seguro
que entiende usted la diferencia entre la sensibilidad de quien mata
a un animal por placer, y la de quien goza escuchando la Quinta
Sinfonía de Beethoven.
Un amante de las corridas de toros me dijo una vez que los toros de
lidia no nacerían si no existiera esa primitiva obscenidad que llaman
fiesta, “porque son criados para la muerte en la plaza” –me
explicaba-, a lo que respondí que con su criterio podríamos criar
niños para que sean sacrificados frente a cincuenta mil forajidos con
boleto pagado.
Desde Platón sabemos que educar es formar en la virtud. Piedad,
compasión, amor por la vida de todos los seres, respeto por la otredad,
son conquistas del hombre morigerado, de buenas costumbres, superior.
Superior no de superar a los demás, sido de haber sido capaz de
mejorarse a sí mismo, de haberse alejado de aquella pequeña cosa tan
sin pulimento que era cuando nació.
¿Por qué dirán que con relación al hombre los animales son una
especie inferior? ¿Porque no tienen algunas “virtudes” que adornan a
los hombres? Sí, recuerdo algunas: el odio, la maldad, la envidia, la
venganza, el rencor, el engaño, la traición, la soberbia.
Todos los animales, humanos y no humanos, morimos cuando cesan
nuestras funciones corporales. Los hombres crueles, empero, mueren
mucho antes, aunque ni lo noten.
©
Eduardo Lamazón
Enviado el 24 Abril 2004