Animales
MANUEL VÁZQUEZ
MONTALBÁN
1939_2003

EL PAÍS, 27 / 10 / 1999
Los cazadores se han echado al campo y al monte y cobrarán unas 600.000 piezas
durante la temporada cinegética, justa finalidad para la concordancia de
industrias y comercios que procuran la operación de matar según un ritual
social: armas, vestuario, redes de mayoristas de carnes de caza, propietarios
de cotos. No quiero nuevos frentes, ya tengo suficientes, y no me queda tiempo
para diversificarme, por lo que sólo cito de pasada los miles de toros,
vaquillas, bueyes que son sacrificados al año en España al servicio de la
industria y el comercio de la tauromaquia, o al ritual de la fiesta que se basa
en la lucha del pueblo contra el animal, a manera de consagración de una
hegemonía que la bestia no puede poner en duda, pero nosotros sí. Ritual
sadomasoquista, a juzgar por lo malas que suelen ser las corridas, según se
deduce de las crónicas de los críticos taurinos. En cambio, la persecución,
tortura y muerte de animales a cargo del pueblo soberano debe de ser
imprescindible para la supervivencia de identidades sumergidas, porque ¡Ay de
la autoridad que trate de discutirles la carnicería!
Algo debió romperse en la psique del primer ser humano consciente de que para
comer debía matar a otros seres dotados de movimiento y dentro de su mismo
espacio. Nunca hemos tenido la conciencia tranquila desde que filósofos y
sacerdotes nos inculcaron el sentido de la conciencia y de la culpa, con fines
emancipadores o coactivos. Cazar o domesticar para matar, dotarse de utillaje
cada vez más avanzado para hacerlo, ha legitimado, por la costumbre, el derecho
a la hegemonía que las religiones relacionaron con la existencia de dioses que
nos hacían a su imagen y semejanza, a Sharon Stone y al general Pinochet, a
Rosa Luxemburgo y al secretario general de la OTAN, sea el que sea. Controlar
las relaciones de dependencia de todo lo vivo, aunque no del Todo, como
demuestran las catástrofes geofísicas y la enfermedad como catástrofe íntima,
implica que cualquier metodología de dominio es legítima, sobre todo cuando el
dominio es peligrosamente cuestionado. Por eso no sólo se puede matar animales,
sino también seres humanos y torturarlos según una maldad irrazonada o según la
maldad razonada, incluso a veces según la razón de Estado.
Los siniestros documentales de vida animal que se han apoderado de las
programaciones televisivas, incluidos los del National Geographic, se complacen
ofreciéndonos escenas de violencia animal para sobrevivir, supongo que para
ocultar la imposibilidad de transmitir las matanzas bélicas de seres humanos,
matanzas que, mediatizadas, desarrollaron a raíz de la guerra de Vietnam una
repugnancia cada vez más extensa hacia las guerras y sus legitimidades. También
la violencia de la competitividad, el canibalismo financiero, estratégico y
social que marca las pautas del nuevo orden moral se exculpan mediante la
metáfora de que las leonas se comen a Bambi para alimentar a sus cachorrillos,
en equivalencia a la necesidad de que Bush se coma a los panameños para que su
hijo algún día pueda ser presidente de Estados Unidos. ¡Qué gran contribución
haría National Geographic desviando la cámara hacia las carnicerías y
canibalismo de cuello blanco! El poder bancario español acosando al banquero
Coca hasta el suicidio, o Mario Conde y De la Rosa escalando bancales de
cadáveres de perdedores y, a su vez, engullidos por las fauces del
establishment del poder político financiero. ¿Por qué no se dan documentales
etológicos sobre carnicerías alto standing o sobre la racionalización del
mercado de trabajo? ¿Por qué poner en evidencia a una famélica leona africana y
no a Margaret Thatcher machacando a los obreros británicos para que su hijo
pudiera hacer rallies por el desierto africano?
He seguido con atención los trabajos y los días que Jorge Riechman y Jesús
Mosterín han dedicado a defender los derechos de los animales, temeroso de que
a medida que seamos lúcidos de lo inmotivado de nuestra hegemonía nos pondremos
en camino de una autodestrucción higiénica controlada, no de la incontrolada,
hoy día incontenible. A autodestrucción higiénica me sentó aquella emocionante
propuesta de Bobbio en Destra e sinistra cuando plantea que el hombre revise su
estatuto de dominación con los animales. Insensato. Reconocer el derecho de
autodeterminación de la gallina sería el principio del fin del orden espiritual
y material del universo, la OTAN incluida, y por eso las religiones programan
el sacrificio de las bestias como la gran dramaturgia del origen de nuestro
imperialismo biológico, y en España matamos toros, aunque las corridas sean
aburridísimas y manipuladas, porque aún no hemos comprobado que la Viagra nos
preste los tacones postizos que todos necesitamos, menos el conde Lequio y sus
parejas.
Se me dirá que ¿con qué derecho tiro esta piedra si hasta en los diccionarios
enciclopédicos se me califica de gourmet? Casi todo proceso culinario implica
la muerte de un ser vivo, sea animal o vegetal, y sólo me cabe demostrar mi
desacuerdo contra la cocina del infanticidio y de la crueldad. Se entiende por
cocina de la crueldad aquella que no sólo implica la muerte, sino también
tortura o violencia extrema contra el animal, sin que se sepa todavía la clase
de dolor que experimentan los vegetales al ser mutilados, cortados o
arrancados. El prototipo de cocina de la crueldad es el cebado de los animales
para engordarlos a costa de su salud, práctica cada vez más generalizada e
históricamente asumida en la cría de las ocas, garantía de un excelente
foie-gras, y de los pollos y cerdos condenados a la inmovilidad. Otro tipo de
crueldad es el cocimiento de los animales vivos, práctica habitual con
langostas, caracoles y con la trucha azul para que conserve su color, y es
crueldad comer vivos algunos mariscos, estimuladas sus carnes por el ácido del
zumo de limón. Hay pajarillos ahogados en aguardientes para que sus musculitos
posteriormente proporcionen el aroma de su última involuntaria borrachera. Para
obtener el caviar se destripan las hembras del esturión, se les quitan las
huevas y a medio morir se las arroja a las aguas. Las piezas cazadas no siempre
mueren del disparo del cazador, sino de las dentelladas de la jauría que las
persiguen. Se conocen recetas de lenguas de volátiles cortadas en vivo y se
ceba a los animales en las granjas impidiéndoles la libertad de movimientos y
suministrándoles piensos de engorde que incluso pueden ser perjudiciales para
el consumidor humano de esas carnes, así como alimentaciones que provocan
enfermedades en las bestias que luego han de ser exterminadas por
procedimientos expeditivos, como en el caso de las vacas locas o los pollos
belgas o los cerdos españoles, exterminados a tiros y a golpes, y a veces
enterrados en vida en fosas comunes, cerca, muy cerca, de todas las fosas
comunes que ha creado la cultura de la muerte a la española.
Concluyo tras un largo merodeo. Asumo mis contradicciones. Soy un reformista y
me apuntaría a una ONG contra la crueldad en el exterminio de los seres
comestibles, incluido el hombre y la mujer, a la espera de la lucha final entre
Aquiles y la tortuga, en la confianza de que se confirme la liberadora victoria
de la tortuga.
Animales
MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN
Poeta,
periodista y novelista nacido en Barcelona. La política y la crítica social fue
constante en su obra, aliñadas con elementos de la cultura popular, aunque tuvo
más alcance como narrador. Recibió el Premio Nacional de Literatura en 1991 por
la novela Galíndez sobre el asesinato del político en la República Dominicana;
el Premio Planeta por Los mares del sur (1978), el internacional de
Literatura Policiaca en Francia y el Premio de la Crítica. Guionista de su
novela El laberinto griego para la cinta dirigida en 1993 por Rafael
Alcázar, es autor de numerosos artículos periodísticos y también de una
antología de la canción popular española hasta 1975. Como periodista, colaboró
con revistas y diarios con artículos sobre la actualidad española: Hermano
Lobo, Triunfo, El País, Interviu y La Vanguadia. Entre sus obras destacan,
Una educación sentimental (1967), Movimientos sin éxito (1969), A
la sombra de las muchachas sin flor y Coplas a la muerte de mi tía
Daniela (1973), Praga (1982); la recopilación Memoria y deseo
(1986) y Pero el viajero que huye (1991). Recordando a Dardé
(1969), El pianista (1985), Los alegres muchachos de Atzavara
(1987), Cuarteto (1988), y el ciclo de novelas policiacas que
protagoniza el detective Pepe Carvalho: Yo maté a Kennedy (1972),
Tatuaje (1975), Los mares del sur (1978), La soledad del manager
(1978), Asesinato en el Comité Central (1981), La rosa de Alejandría
(1984), El balneario (1986), El delantero centro fue asesinado al
atardecer (1988) y El laberinto griego (1991). También es autor de
los ensayos El estrangulador (1994), Manifiesto desde el planeta de
los simios y Pasionaria y los siete enanitos (1995) y Un polaco
en la corte del rey Juan Carlos (1996).
Murió el día 18 de octubre del
2003 debido a un paro cardíaco que sufrió en un viaje a Thailandia
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