Especies que "humanizan"
Curiosas historias de los que viven tras las rejas del Zoo

  • Un chimpancé Argentino huyó y cruzó una avenida tras esperar que cambiara el semáforo hacia la Embajada de USA

·  La elefanta Mara ayudó a su cuidador a superar la muerte de su padre

·  Un tucán hace escándalos si le dan de comer después que a sus vecinos

·  El parto en vivo de la vicuñita

Hace unos años, un chimpancé salió del zoológico y se escapó a la carrera por la calle República de la India. En la Avenida del Libertador lo detuvo el intenso tránsito, de modo que, como cualquier peatón de la especie considerada racional, tuvo que esperar el cambio del semáforo. Llegó al otro lado, pero después desanduvo el camino y se dirigió a la embajada de los Estados Unidos. Allí fue atrapado, finalmente. "Tal vez quería pedir asilo político", bromeó un veterano empleado del paseo.

Los cuidadores del Zoo, sobre todo los más antiguos, son también quienes atesoran anécdotas o pueden describir comportamientos curiosos protagonizados por animales. Gabriel Luna es responsable de los ejemplares de mayor altura del reservorio, o sea las tres jirafas: Pocho; su pareja Joarí, y la beba de ambos, Jackie.

Luna se entusiasma cuando describe cómo el trío lo reconoce apenas llega, por la mañana. "Ultimamente, he advertido el grado de humanización que les genera el contacto". No podemos evitar la pregunta por el status inverso. "Sí, a la vez yo me animalizo un poco. Pero en el sentido más noble", aclara de inmediato.

Recuerda el día en que llegó Joarí, procedente de México. "Se había calculado todo, menos justamente su altura respecto de los árboles y el cableado que hay en la entrada. "Era imposible que pasara. Incluso, podía lastimarse. Así que, después de mucho estudio, optamos por desinflar completamente las ruedas del camión, con lo que ganamos más de un metro".

Mudo para el sapucay

El correntino Carlos Alegre está a cargo del pabellón Rain Forest, que reproduce un hábitat selvático para el alojamiento de anfibios, reptiles, insectos y arácnidos.

Pero elige relatar algo ocurrido cuando, hace unos años, cuidaba animales más grandes. Entre ellos, tenía al aguará guazú, un mamífero de nuestro Nordeste en extinción. Su nombre, en guaraní, significa "zorro grande" y alcanza el tamaño de un perro de gran porte.

Explica que el aguará -diezmado por lugareños movidos por la creencia de que se trata de una especie de lobizón- es temible por la fuerza de sus dientes, alojados en una gran mandíbula. "Es capaz de destrozar en segundos un bidón de 10 litros", ejemplifica. "O dejar muy malherido a un adulto."

Una tarde, Alegre estuvo a punto de tener que cambiar de apellido. "Jamás sentí miedo ante ningún animal. Pero ese día hacía rato que buscaba al aguará, cuando de repente se levanta de entre unas plantas. Era una hembra y yo había olvidado que acababa de tener dos crías. Mi presencia la enfureció. Se paró en dos patas y abrió la boca, con clara intención de atacarme".

Estaba a menos de un metro y el susto lo paralizó. Escuchó a unos compañeros que le decían que no se moviera, "aunque era claro que no hubiera podido. Se me ocurrió llamarla por su nombre, despacito. Como permaneció inmóvil aproveché para ir retrocediendo, hasta que el animal se calmó y se tendió junto a sus crías. Después, nos amigamos. Uno de los muchachos me preguntó por qué no le había lanzado un sapucay. Pero el correntinaje se me había ido al diablo", dijo.

El último nacimiento de una vicuña ocurrió el 22 de febrero último. El jefe de veterinarios, Miguel Rivolta, explica que se puso un vallado para que el público no perturbase a la madre, pero para que pudiera ver.

Este se prolongó durante casi una hora, lo que permitió escuchar todo lo que los padres explicaban a sus hijos. Se valían de una increíble variedad de argumentos para explicarles lo que estaba pasando, pero ajustados a la verdad, desechando aquello de la cigüeña o el repollito.

Más insólitas fueron las preguntas hechas por chicos. Uno, de 5 años, recuerda Rivolta, preguntó:
"¿Y dónde estaba antes el vicuñita ?", mientras su hermano, un par de años mayor, se escandalizaba:
 "¿Yo nací así, sobre la tierra?"

El público tuvo una participación muy curiosa: las mujeres pujaron junto con la parturienta y, en el momento del nacimiento, los hombres gritaron a coro: "¿Gooool!"

Rodolfo Berardi es el especialista en osos. Entre los polares, el celo ocurre una sola vez al año y dura de 10 a 12 días. Predomina el interés del macho, pero llega un momento en que la hembra se muestra muy exhausta dados los 500 kilos del macho, de modo que se los separa con una reja de hierro. "Entonces -dice Berardi- él apela a un último recurso: trata de ganarla regalándole su plato de comida. Lo coloca a centímetros de la reja, creyendo que ella va a poder saltarla. Por supuesto, nunca lo consiguió, pero todos los años hace lo mismo."

Roberto Tedesco, que ahora atiende a los tigres de Bengala -entre ellos el blanco, la superestrella-, tuvo a su cargo a la elefanta Mara, muerta hace siete años y recordada como uno de los animales más queridos del Zoo.

"Son muy sensibles. Cuando falleció mi padre estuve sin venir cuatro días. Al volver, la llamé, se acercó y le ofrecí una canasta con pan, su alimento diario. Pero ella percibió que yo estaba mal y eso la hizo negarse a comer durante todo el día. Nunca voy a olvidar esa actitud. Cuando Mara murió, acá hubo luto general."

En cuanto al tigre blanco, destaca la actitud que tuvo cuando frente a su reducto se instaló una gran pantalla, con la publicidad de Kellog´s, cuya figura era un tigre. Pasaba horas mirándolo fijamente, entre sorprendido y hostil, como si hubiese deducido que se trataba de un enemigo virtual.

Show plumífero

Pablo Giménez cuida casi 200 aves. Se divierte particularmente con el show que le presenta diariamente una urraca europea, flanqueda por otras dos aves.

"Si primero le doy de comer a los otros, hace un lío bárbaro, saltando de un lado a otro o arrojándose contra el enrejado. Pero si empiezo por ella, parece casi como si aplaudiera con las alas y se acerca a cada uno de sus vecinos para gastarlos ", dice.

También Luis Bonada tiene una historia con un ave más exótica, el calao, una especie de tucán más grande. El calao regurgita su comida de frutas y lleva hasta el extremo de su pico una uva, por ejemplo, que ofrece al cuidador en forma insistente.

Bonada le agradece con una expresión cariñosa y simula que come el alimento, ante la ansiosa mirada del ave, que sólo en ese momento da por cumplida la ceremonia mediante sostenidos cabeceos.

El cuidador se despide de él imitando a la perfección el sonido que ha dado nombre a su plumífero amigo: "¡Calao, calao!"

Willy G. Bouillon

Reflexiones

De Martha Gutiérrez, Ivana Redrado y Yolanda Quinteros, presidentas de asociaciones de defensa de los derechos del animal:

Máxima: "Como dijo el filósofo Jeremy Benthan, no importa si un animal puede pensar o razonar, lo que importa es que puede sufrir y eso es más que suficiente para respetar sus derechos elementales".

Petición: "No pedimos para los animales derechos iguales a los nuestros, sino derechos elementales: a no sufrir, a no ser aterrorizados, a no ser asesinados".

Advertencia: "Los problemas socioeconómicos no deben impedirnos respetar a los animales. Ellos padecen por las decisiones y ejecuciones de los humanos".

 

http://www.lanacion.com.ar/02/04/29/dg_392470.asp

LA NACION | 29/04/2002 | Página 18 | Inf. General


     

  

    

 


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