Hace unos años, un chimpancé salió del zoológico y se escapó
a la carrera por la calle República de la India. En la
Avenida del Libertador lo detuvo el intenso tránsito, de
modo que, como cualquier peatón de la especie considerada
racional, tuvo que esperar el cambio del semáforo. Llegó al
otro lado, pero después desanduvo el camino y se dirigió a
la embajada de los Estados Unidos. Allí fue atrapado,
finalmente. "Tal vez quería pedir asilo político", bromeó un
veterano empleado del paseo.
Los cuidadores del Zoo, sobre todo los más antiguos, son
también quienes atesoran anécdotas o pueden describir
comportamientos curiosos protagonizados por animales.
Gabriel Luna es responsable de los ejemplares de mayor
altura del reservorio, o sea las tres jirafas: Pocho; su
pareja Joarí, y la beba de ambos, Jackie.
Luna se entusiasma cuando describe cómo el trío lo reconoce
apenas llega, por la mañana. "Ultimamente, he advertido el
grado de humanización que les genera el contacto". No
podemos evitar la pregunta por el status inverso. "Sí, a la
vez yo me animalizo un poco. Pero en el sentido más noble",
aclara de inmediato.
Recuerda el día en que llegó Joarí, procedente de México.
"Se había calculado todo, menos justamente su altura
respecto de los árboles y el cableado que hay en la entrada.
"Era imposible que pasara. Incluso, podía lastimarse. Así
que, después de mucho estudio, optamos por desinflar
completamente las ruedas del camión, con lo que ganamos más
de un metro".
Mudo para el sapucay
El correntino Carlos Alegre está a cargo del pabellón Rain
Forest, que reproduce un hábitat selvático para el
alojamiento de anfibios, reptiles, insectos y arácnidos.
Pero elige relatar algo ocurrido cuando, hace unos años,
cuidaba animales más grandes. Entre ellos, tenía al aguará
guazú, un mamífero de nuestro Nordeste en extinción. Su
nombre, en guaraní, significa "zorro grande" y alcanza el
tamaño de un perro de gran porte.
Explica que el aguará -diezmado por lugareños movidos por la
creencia de que se trata de una especie de lobizón- es
temible por la fuerza de sus dientes, alojados en una gran
mandíbula. "Es capaz de destrozar en segundos un bidón de 10
litros", ejemplifica. "O dejar muy malherido a un adulto."
Una tarde, Alegre estuvo a punto de tener que cambiar de
apellido. "Jamás sentí miedo ante ningún animal. Pero ese
día hacía rato que buscaba al aguará, cuando de repente se
levanta de entre unas plantas. Era una hembra y yo había
olvidado que acababa de tener dos crías. Mi presencia la
enfureció. Se paró en dos patas y abrió la boca, con clara
intención de atacarme".
Estaba a menos de un metro y el susto lo paralizó. Escuchó a
unos compañeros que le decían que no se moviera, "aunque era
claro que no hubiera podido. Se me ocurrió llamarla por su
nombre, despacito. Como permaneció inmóvil aproveché para ir
retrocediendo, hasta que el animal se calmó y se tendió
junto a sus crías. Después, nos amigamos. Uno de los
muchachos me preguntó por qué no le había lanzado un sapucay.
Pero el correntinaje se me había ido al diablo", dijo.
El último nacimiento de una vicuña ocurrió el 22 de febrero
último. El jefe de veterinarios, Miguel Rivolta, explica que
se puso un vallado para que el público no perturbase a la
madre, pero para que pudiera ver.
Este se prolongó durante casi una hora, lo que permitió
escuchar todo lo que los padres explicaban a sus hijos. Se
valían de una increíble variedad de argumentos para
explicarles lo que estaba pasando, pero ajustados a la
verdad, desechando aquello de la cigüeña o el repollito.
Más insólitas fueron las preguntas hechas por chicos. Uno,
de 5 años, recuerda Rivolta, preguntó:
"¿Y dónde estaba
antes el vicuñita ?", mientras su hermano, un par de
años mayor, se escandalizaba:
"¿Yo nací así, sobre la tierra?"
El público tuvo una participación muy curiosa: las mujeres
pujaron junto con la parturienta y, en el momento del
nacimiento, los hombres gritaron a coro: "¿Gooool!"
Rodolfo Berardi es el especialista en osos. Entre los
polares, el celo ocurre una sola vez al año y dura de 10 a
12 días. Predomina el interés del macho, pero llega un
momento en que la hembra se muestra muy exhausta dados los
500 kilos del macho, de modo que se los separa con una reja
de hierro. "Entonces -dice Berardi- él apela a un último
recurso: trata de ganarla regalándole su plato de
comida. Lo coloca a centímetros de la reja, creyendo que
ella va a poder saltarla. Por supuesto, nunca lo consiguió,
pero todos los años hace lo mismo."
Roberto Tedesco, que ahora atiende a los tigres de Bengala
-entre ellos el blanco, la superestrella-, tuvo a su cargo a
la elefanta Mara, muerta hace siete años y recordada como
uno de los animales más queridos del Zoo.
"Son muy sensibles. Cuando falleció mi padre estuve sin
venir cuatro días. Al volver, la llamé, se acercó y le
ofrecí una canasta con pan, su alimento diario. Pero ella
percibió que yo estaba mal y eso la hizo negarse a comer
durante todo el día. Nunca voy a olvidar esa actitud. Cuando
Mara murió, acá hubo luto general."
En cuanto al tigre blanco, destaca la actitud que tuvo
cuando frente a su reducto se instaló una gran pantalla, con
la publicidad de Kellog´s, cuya figura era un tigre. Pasaba
horas mirándolo fijamente, entre sorprendido y hostil, como
si hubiese deducido que se trataba de un enemigo virtual.
Show plumífero
Pablo Giménez cuida casi 200 aves. Se divierte
particularmente con el show que le presenta diariamente una
urraca europea, flanqueda por otras dos aves.
"Si primero le doy de comer a los otros, hace un lío
bárbaro, saltando de un lado a otro o arrojándose contra el
enrejado. Pero si empiezo por ella, parece casi como si
aplaudiera con las alas y se acerca a cada uno de sus
vecinos para gastarlos ", dice.
También Luis Bonada tiene una historia con un ave más
exótica, el calao, una especie de tucán más grande. El calao
regurgita su comida de frutas y lleva hasta el extremo de su
pico una uva, por ejemplo, que ofrece al cuidador en forma
insistente.
Bonada le agradece con una expresión cariñosa y simula que
come el alimento, ante la ansiosa mirada del ave, que sólo
en ese momento da por cumplida la ceremonia mediante
sostenidos cabeceos.
El cuidador se despide de él imitando a la perfección el
sonido que ha dado nombre a su plumífero amigo: "¡Calao,
calao!"
Willy G. Bouillon
Reflexiones
De Martha Gutiérrez, Ivana Redrado y Yolanda Quinteros,
presidentas de asociaciones de defensa de los derechos del
animal:
Máxima: "Como dijo el filósofo Jeremy Benthan, no importa si
un animal puede pensar o razonar, lo que importa es que
puede sufrir y eso es más que suficiente para respetar sus
derechos elementales".
Petición: "No pedimos para los animales derechos iguales a
los nuestros, sino derechos elementales: a no sufrir, a no
ser aterrorizados, a no ser asesinados".
Advertencia: "Los problemas socioeconómicos no deben
impedirnos respetar a los animales. Ellos padecen por las
decisiones y ejecuciones de los humanos".