En los países desarrollados aumenta la esperanza de vida, pero
las enfermedades se hacen crónicas, sobre todo en colectivos de edad
más avanzada: tercera y cuarta edad (personas con más 75 años).
Por ello, además de otros factores, como la disminución del tamaño
de la familia, la desestructuración de la misma, la despoblación de
las zonas rurales y ciudades pequeñas, cada vez es más habitual que
nuestros mayores vivan solos y en algunos casos con difícil
comunicación con la red de servicios. En este caso, los gatos
cumplen una magnífica función social por diversas razones: son
animales de tamaño pequeño, de hábitos caseros, de fácil cuidado y
bajo coste de mantenimiento.
Una de sus principales virtudes es la grata compañía que
proporcionan a una persona mayor que vive sola, pues los gatos se
convierten en un estímulo para la responsabilidad de estas personas,
que deben cuidar y asear cada día a su mascota. También aportan
serenidad y tranquilidad a los ancianos que padecen una enfermedad
crónica que condiciona su vida, pues al atenderlos olvidan, al menos
en parte, sus dolencias. En la esfera de las relaciones sociales, el
anciano se siente útil, establece una relación de cariño y
aceptación de sí mismo y un enlace con la naturaleza, a la vez que
recibe del gato un apoyo incondicional.
Dado los hábitos caseros de dicho animal, aún es más fácil su
mantenimiento en personas cuya locomoción está impedida o limitada:
artrósicos, cardiópatas, con accidentes cerebro-vasculares, en
tratamientos hospitalarios continuados como diálisis, quimioterapia,
etc.
El gato, al ser un animal que requiere un trato directo,
favorece el estímulo del sentido del tacto y del olfato y, al mismo
tiempo, les obliga a estimular su aseo diario.
Con todo ello se favorece en el mayor las ganas de vivir y los
pensamientos positivos, solapando la soledad, el duelo por el
fallecimiento de un ser querido, la lejanía de los hijos, etc.
Suele suceder que este vínculo tan estrecho les acarree una
preocupación por este animal en caso de que ellos no puedan hacerse
cargo de él. Para ello una posible solución sería recomendarles la
búsqueda de una persona conocida y amante de los animales que se
hiciese cargo de éste cuando llegue el momento en que no puedan
cuidarlo.
Hoy en día se permite en muchas residencias de ancianos, tanto
públicas como privadas, que el mayor pueda llevar consigo al centro
su animal de compañía y, en el caso de no tenerlo, se pueden
conseguir a través de algunas fundaciones.