La Ciudad y el Espíritu

Se pueden ver en los postes, en las paradas de los autobuses. Son breves anuncios, a veces acompañados de un retrato borroso desde donde nos mira un perro. De todas las razas, pequeños, grandes, negros, cafés, blancos, manchados, hembras, machos, viejos, cachorros.

Son los perros perdidos, cuyos dueños ofrecen una recompensa, ponen alguna frase patética, expresan su esperanza de recuperar al animal que descuidaron, que se fue y se perdió por esas calles seguramente crueles, indiferentes.

Es posible que hayan sido perros consentidos, acostumbrados a comer, a jugar en el jardín, a ser queridos. Otra vida les espera si no encuentran el camino de regreso, lo peor es la perrera, o el maltrato, el hambre, la violencia. O quizás, si tienen suerte, otra casa, con más o menos cariño. Entiendo el dolor de esa gente y de esos perros. Pero la ciudad es inmensa y su boca enorme devora muchas existencias. Qué le vamos a hacer. Se llegan a perder perros y también personas. El extravío es algo que lastima, que conmueve.

Ni hablar de esa mala gente que tira a perros y gatos, que los abandona deliberadamente y que nunca tiene nada parecido a un remordimiento. Si en el Universo hay un poco de justicia, sus almas -me refiero a las de esa mala gente- deberían ser condenadas a vagar penando por ese pecado contra seres inocentes. En el Infierno de Dante se les puede asimilar en el círculo de los traidores, pues traicionan la lealtad infinita de esos seres.

Por supuesto, mucha gente no sabe amar, ni merece el amor. Todas las inconveniencias del amor. Todo su brillo que ilumina la vida.

Recuerdo dos textos sobre este tema de los perros perdidos. Uno es de Joseph Roth y lo llama un Reportaje sentimental. Trata de un pequeño perro al que encuentra en una calle de Viena. Lo recoge y lo alimenta. Lo lleva luego con un veterinario. No era un perro fino. Ve cuando lo meten a su jaula. Los ojos del perrito lo miran sin reproche, con un poco de miedo. Estando de viaje una noche le llegan los recuerdos de la guerra, las explosiones, los asaltos de carga, sus camaradas muertos. Decide que en el fondo es un sentimental y, por lo tanto, debe recuperar al perrito. Le manda una carta al veterinario, quien le responde que lo ha matado porque no era un perro de raza pura. "No era el primer perro, tampoco era el último. ¡Nada de sentimentalismos!", termina Joseph Roth, como si hubiera estado llorando, es posible que sí lo hiciera al escribirlo.

El otro texto es de Hortensia Moreno. Es un diálogo triste con un perro callejero. El decide adoptarla y por las noches la acompaña en su caminata a casa. Ella, escritora sensible, sabe que el perro le ofrece su amor, duda entonces. En algún momento le dice no puedo, no puedo. No tengo espacio en mi vida para ti. Pero sabe que el amor es poderoso y se sobrepone y sabe también que a veces el amor exige sacrificios. Y el perro se queda afuera del edificio donde vive ella y su mirada, esa mirada con la que hablan e interrogan los perros, le dice todo y la persigue tiernamente. Y después de varias noches, cuando ella se decide, el perro se ha perdido, ya se lo ha tragado la ciudad, es ahora una ausencia, dolorosa como todas las ausencias.

Así que ya saben, cuiden a sus perros, no permitan que se pierdan, enséñenles el camino de regreso. Son responsables de ellos, como de unos niños. Y si reciben un llamado frágil y tierno de un perro o de un gato callejeros, no lo duden. Ellos curan toda desolación. Eviten, por rechazar ese llamado, lamentarlo como Joseph Roth o tener la melancolía de Hortensia Moreno. Ellos, finalmente, como escritores pudieron soportarlo un poco más. Pero si ustedes al final de la jornada no pueden desahogarlo sufrirán más, ah sí, sufrirán.

Gerardo de la Concha
Diario Reforma, México


Fuente:
http://www.animanaturalis.com/modules.php?name=Sections&sop=viewarticle&catid=&id=242



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