Los animales, mis hermanos
por Edgar Kupfer-Koberwitz
Las siguientes páginas fueron escritas en el Campo de Concentración de
Dachau, en medio de toda clase de crueldades. Fueron garabateadas
furtivamente en un hospital cuartel donde permanecí durante mi
enfermedad, en un tiempo en que la Muerte nos acechaba día tras día,
cuando perdimos a doce mil en cuatro meses y medio.
Querido amigo:
Querías saber por qué no como carne y te preguntas por las razones de
mi comportamiento. Tal vez pienses que hice una promesa - alguna clase
de penitencia - negándome los gloriosos placeres de comer carne.
Recuerdas los jugosos filetes, los pescados suculentos, las
maravillosas salsas, el jamón exquisitamente ahumado y mil maravillas
preparadas con carne, deleitando a millares de paladares humanos;
ciertamente, recordarás la exquisitez del pollo asado. Ahora que yo
rechazo todo esos placeres, tú piensas que sólo la penitencia, o un
voto solemne, un gran sacrificio, podría negarme esa manera de
disfrutar de la vida, e inducirme a soportar tan gran renuncia.
Con
aspecto asombrado, me preguntas: "Pero, ¿por qué y para qué?" Y crees
que casi adivinas el auténtico motivo. Pero si ahora trato de
explicarte las verdaderas razones en una breve frase, te asombrarás,
una vez más, de lo lejos que se hallaba tu conjetura de mis motivos
reales. Escucha lo que tengo que decirte:
- Me niego a comer animales porque no puedo alimentarme del
sufrimiento y la muerte de otras criaturas. Me niego a hacerlo, porque
yo mismo sufrí de una forma tan dolorosa que puedo sentir el dolor de
otros al recordar mis propios sufrimientos.
- Yo me siento feliz, nadie me persigue; ¿por qué iba yo a
perseguir a otros seres o a hacer que fueran perseguidos?
- Yo me siento feliz, no soy un prisionero, soy libre; ¿por
qué iba yo a hacer que otras criaturas fueran apresadas y metidas en
la cárcel?
- Yo me siento feliz, nadie me lastima; ¿por qué iba yo a
lastimar a otras criaturas o a hacer que las lastimaran?
- Yo me siento feliz, nadie me mata; ¿por qué iba yo a herir o
a matar a otras criaturas o hacer que las hiriesen o las matasen por
mi placer y conveniencia?
- ¿No es sencillamente algo natural, el que yo no inflija en
otras criaturas aquello que, espero y temo, nunca será infligido en
mí? ¿No sería muy injusto hacer tales cosas sin otro propósito que el
de gozar de un frívolo placer físico a costa del sufrimiento de otros,
de la muerte de otros?
Estas
criaturas son más pequeñas y más indefensas que yo, pero ¿puedes
imaginar a un hombre razonable, de nobles sentimientos, que quisiera
basar en tal diferencia su exigencia o derecho a abusar de la
debilidad y la pequeñez de otros? ¿No crees que la obligación del más
grande, el más fuerte, el superior, es la de proteger a las criaturas
más débiles en vez de perseguirlas, en vez de la matarlas? "Noblesse
oblige." Yo quiero actuar de una manera noble.
Recuerdo la horrible época de la inquisición, y me entristece advertir
que el tiempo de los tribunales para herejes todavía no ha terminado,
que día tras días, los hombres cocinan en agua hirviendo a otras
criaturas que son irremediablemente entregadas a las manos de sus
torturadores. Me horroriza la idea de que tales hombres son personas
civilizadas, no toscos bárbaros ni nativos. Pero a pesar de todo, sólo
están primitivamente civilizados, primitivamente adaptados a su
entorno cultural. El europeo medio, rebosante de sabias ideas y
discursos hermosos, comete, sonriente, toda clase de crueldades, no
porque esté obligado a hacerlo, sino porque quiere hacerlo. No porque
carezca de la facultad para rechazar y para darse cuenta de las cosas
espantosas que está llevando a cabo. ¡Ah, no! Sólo porque no quieren
ver los hechos. De otro modo, sus placeres les inquietarían y
preocuparían.
Es muy
natural lo que la gente te dice. ¿Cómo podrían hacer otra cosa? Les
oigo hablar acerca de experiencias, de utilidades, y sé que consideran
ciertos actos relacionados con la matanza como algo inevitable. Tal
vez hayan conseguido convencerte. Lo adivino por tu carta.
Considerando sólo las necesidades, uno incluso puede, quizás, estar de
acuerdo con tales personas. ¿Pero, existe realmente tal necesidad? La
tesis puede ser refutada. Quizás exista todavía alguna clase de
necesidad para esas personas que todavía no se han desarrollado como
personalidades plenamente conscientes. Yo no les predico a ellos. Te
escribo esta carta a ti, a un individuo ya despierto que controla
racionalmente sus impulsos, que se siente responsable — interna y
externamente — de sus actos, que sabe que nuestro tribunal supremo
descansa en la conciencia. No hay jurisdicción de apelación en su
contra.
¿Existe alguna necesidad por la que un hombre completamente
autoconsciente pueda ser inducido a matar? Si la respuesta fuese
afirmativa, cada individuo tendría el valor para hacerlo con sus
propias manos. Evidentemente, es una forma miserable de cobardía pagar
a otras personas por realizar el trabajo de mancharse de sangre, del
que el hombre normal se abstiene lleno horror y consternación. A tales
sirvientes se les da algunas monedas por su sangriento trabajo, y se
les compra las partes deseadas del animal asesinado — si es posible,
dispuesto de tal manera que ya no nos recuerde a las incómodas
circunstancias, ni al animal, ni a que ha sido matado, ni al
derramamiento de sangre.
Pienso
que los hombres serán asesinados y serán torturados mientras los
animales sean asesinados y torturados. También seguirá habiendo
guerras. Porque el asesinato se debe entrenar y perfeccionar en
objetos más pequeños, moral y técnicamente. No veo ninguna razón para
sentirse ultrajado por lo que otros hacen, ni tampoco por sus grandes
ni por sus pequeños actos de violencia y de crueldad. Pero creo que es
el momento de sentirnos ultrajados por todos los grandes y pequeños
actos de la violencia y de crueldad que nosotros realizamos. Y dado
que es mucho más fácil ganar las batallas pequeñas que las grandes,
opino que primero deberíamos tratar de superar nuestra propia
tendencia a la violencia y la crueldad más pequeña, para evitarlas, o
mejor, para vencerlas de una vez para siempre. Entonces llegará el día
en que nos resultará sencillo luchar y vencer incluso las grandes
crueldades.
Pero
seguimos durmiendo, todos nosotros, en hábitos y actitudes heredadas.
Son como una grasienta y jugosa salsa que nos ayuda a tragar nuestras
propias crueldades sin saborear su amargura.
No
tengo la intención de señalar con el dedo a éste y a aquél, a personas
concretas y situaciones concretas. Creo que mi deber es más bien
remover mi propia conciencia en asuntos más pequeños, tratar de
entender mejor a otras personas, para hacerme mejor y menos egoísta.
¿Por qué razón debería ser imposible, entonces, actuar del mismo modo
con respecto a asuntos más importantes?
Ésa es
la cuestión: quiero crecer en un mundo mejor, en el que una ley más
elevada garantice más felicidad, en un mundo nuevo donde reine el
mandamiento de Dios: Amaos los unos a los otros.
Edgar Kupfer fue encarcelado en el campo de concentración de Dachau en
1940. En sus últimos 3 años en Dachau obtuvo un trabajo administrativo
en el almacén del campo de concentración. Esto le permitió mantener un
diario secreto en pedacitos robados de papel y trozos de lápiz.
Enterró sus escritos y cuando Dachau fue liberado el 29 de abril de
1945 los reunió de nuevo. Los "Diarios de Dachau" se publicaron en
1956. De entre sus notas de Dachau, Kupfer escribió un ensayo sobre
vegetarianismo que se tradujo al inglés. Todavía se conserva una
copia al carbón de este ensayo de 38 páginas con los Diarios
originales de Dachau en la Colección Especial de la Biblioteca de la
Universidad de Chicago