Me temo que, si se hubiera hecho el mismo estudio en los países
hispanos, el porcentaje de actos de barbarie contra los bichos hubiera
aumentado significativamente.
España es, de todos los estados de la Unión Europea, el que posee un
sistema legal menos proteccionista. Somos los menos desarrollados de
Europa en este campo, y es un territorio muy significativo, porque
estoy convencida que uno de los más ajustados termómetros para medir
el grado de civilidad de un países el modo en que trata a sus
animales. La feroz tradición taurina no nos favorece nada a los
latinos (y lo digo a sabiendas de lo que hablo: soy hija de un
torero); pero aún mucho peor que las corridas de toros reglamentadas y
legales son las llamadas fiestas populares de los puebles, en donde se
cometen las mayores salvajadas.
No consigo entender cómo la gente puede encontrar regocijante torturar
sádicamente a un animal. Acuchillar con lentitud a un toro hasta la
muerte, por ejemplo, como se hace en Tordesillas; el animal puede
tardar una hora en morir atravesado por lanzas que pueden entrarle por
la tripa y salir por el lomo (que dolorosísimos estragos deben de
producirle en la entrañas cada vez que se mueve), mientras centenares
de energúmenos le siguen persiguiendo y apuñalando. O colgar patos
vivos de una cuerda, boca abajo, y jugar a arrancarles la cabeza, como
se hace en el País Vasco; y lo peor es que no se la suelen arrancar
del primer tirón. A todas estas bonitas celebraciones, y a otras
muchas igual de monstruosas, llevan los lugareños a sus niños. No me
extraña que crezcan aprendiendo a pegar, a violar, a torturar, como
las investigaciones demuestran. Además, es probable que sus padres ya
les hayan maltratado también a ellos. Y a sus madres. Y a los abuelos.
La violencia contra los animales es un continuo de la violencia
general, que se ceba siempre en los más débiles.
O, para decirlo de otro modo: no todos los que aman a los animales son
por desgracia buenas personas (Hitler adoraba a los perros), pero
todos los que les tratan con crueldad son sin lugar a dudas unos
miserables y unos tipos socialmente peligrosos. Las últimas
investigaciones sobre el genoma demuestran que entre los seres humanos
y el resto de los animales hay una perfecta y armónica continuidad. No
somos los únicos seres de la Tierra capaces de pensar y sentir. Está
fuera de toda duda que los animales superiores son inteligentes; que
fabrican herramientas para ejecutar determinadas tareas; que
desarrollan fuertes lazos afectivos unos con otros; que sienten el
dolor, el amor, la furia, el miedo, la esperanza, los celos. Hay
primates capaces de mantener conversaciones con el lenguaje de los
signos de los sordomudos; y elefantes que ejecutan complicados ritos
de duelo cuando muere uno de los suyos. ¿Vamos a seguir siendo tan
ignorantes y tan insensibles como para seguir maltratando a las otras
criaturas de esta manera bárbara? Dentro de un par de siglos, nuestros
descendientes pensarán en nosotros y se horrorizarán de nuestra
crueldad, como nosotros nos horrorizamos hoy de aquellos antepasados
nuestros que consideraron que la esclavitud era algo admisible.
Autora: Rosa Montero
Enviado el 8 Abril 2004 por Eduardo
Lamazón