Clavel
era una vaca como todas las de su especie: buena, tranquila, de
grandes ojos negros con los que miraba contenta todo lo que pasaba
a su alrededor: el hombre que venía a ordeñarla, las abejas que
volaban de flor en flor, la diuca que cantaba al amanecer y los
niños que jugaban en el prado al regresar de la escuela.
Pero
más que nada Clavel miraba a Clavelín, su ternerito de pocos meses
que había nacido en una noche de lluvia, bajo el viejo sauce, con
dificultades y dolores porque era su primer hijo. Clavelín era un
ternero robusto, sano, criado con la rica leche de su madre, y
ésta lo quería con todo el cariño que Dios ha puesto en el corazón
de las madres. Clavel y Clavelín vivían felices juntos en el campo
hasta que un día, de madrugada, un camión se detuvo delante de su
corral, dos hombres se bajaron, amarraron una cuerda al cuello de
Clavelín y echaron al ternerito encima del vehículo. Clavelín, aun
medio dormido, apenas se dio cuenta de lo que sucedía y sólo lanzó
un lastimero quejido.
La
pobre Cavel pensó que unos ladrones querían robarle a si hijo y
empezó a mugir desesperadamente, pidiendo auxilio. Pero en eso
apareció el mismo patrón y, pasando otra soga por el pescuezo de
la vaca, la hizo subir también al camión, pegándole con un grueso
palo para que se apurara.
Clavel
no alcanzó a comprender por qué su buen patrón la trataba así; su
mente simple e inocente no podía saber que la bondad de los
hombres, por lo general, termina allí donde empieza su billetera.
Cuando los dos estaban sobre el camión, éste arrancó fuerte y la
pobre vaca resbaló, golpeándose contra un fierro de baranda, que
le abrió una profunda herida. Pero Clavel no hizo caso a sus
dolores; lo único que le preocupaba era Clavelín que, temblando de
miedo, apenas podía sostenerse sobre sus pies. Cariñosamente, la
vaca le pasó la lengua por el lomo como para tranquilizarlo, a
pesar de que ella misma se sentía presa de una espantosa angustia.
Varias veces se detuvo el camión para cargar otros animales, hasta
que al fin había ocho vacas apretujadas de modo que no podían
moverse y además cinco terneritos arrimados contra la baranda
delantera.
El
viaje fue largo y sobre caminos y polvorientos, bajo un sol
abrasador. Clavel tenía sed, mucha sed, y además estaba mareada y
su herida le dolía terriblemente. Ya no podía acercarse a Clavelín
que se había caído al suelo y en cada vaivén del vehículo sufría
las pisadas de los pesados animales.
Después
de una eternidad, avanzada ya la tarde, el camión llegó a la
ciudad y entró a un recinto donde habían muchos corrales. Unos
muchachos armados con palos se subieron al vehículo y a fuerza de
golpes hicieron bajarse a los animales. Clavelín, que estaba como
atontado, tropezó y cayó entre el camión y la rampa. Los muchachos
tomaron unos garfios y, enterrándolos en la carne viva del
ternerito, lo sacaron.
El
pobre Clavelín se había quebrado una pata en la caída y
rengueando, con atroces dolores, se arrastró hasta el corral.
Había quedado separado de su madre, que estaba en otro corral más
allá, tratando inútilmente de saltar la división para llegar al
lado de Clavelín. La sed se hizo insoportable, pero en ninguna
parte había una gota de agua. Su herida se había infectado y el
dolor y la desesperación casi la volvían loca. Además, sentía un
extraño olor, que le producía terror; un olor a sangre que flotaba
sobre todo el recinto como una nube invisible.
Ya era
noche. Clavelín, que en la mañana aun había sido un ternerito
feliz y juguetón, se había convertido en un montón casi inerte que
yacía en el suelo, adolorido, agotado y cuya pequeña mente estaba
embargada por el miedo, un miedo tan enorme que parecía hacer
saltar de las órbitas sus ojos que fijamente miraban aquel rincón
del vasto patio de donde salían los mugidos desesperados de
Clavel.
Poco
después del amanecer volvieron los muchachos con garrotes y uno a
uno sacaron a los animales de los corrales para hacerlos entrar al
edificio del cual salía el espantoso olor a sangre. Con indecible
angustia Clavel vio como su hijo desapareció en la siniestra
puerta, como tragado por unas oscuras fauces. En un supremo
esfuerzo Clavelín alcanzó a dar vuelta la cabeza y mirar hacia
atrás, donde estaba su madre, antes de ser empujado hacia adentro.
Luego le tocó el turno a Clavel. Cuando traspaso el umbral, el
olor a sangre le cortó el aliento, Trató de retroceder, pero era
inútil: ya habían cerrado la puerta. Quedó allí aterrorizada,
escuchando los bramidos de dolor que rebotaban desde los muros y
viendo por todas partes a otros animales que se revolcaban en el
suelo, bañados en su propia sangre, mientras grupos de fornidos
hombres descargaban sobre ellos sus mazos y abrían sus carnes
vivas con afilados cuchillos.
De
pronto Clavel descubrió a Clavelín, en un rincón de la lúgubre
sala, colgado de sus patas la cabeza casi en el suelo y
retorciéndose aun débilmente, mientras la sangre se escapaba de su
martirizado cuerpo.
Felizmente Clavel no tuvo mucho tiempo para contemplar a su hijo,
a su pequeño Clavelín que había criado con tanta dedicación y
cariño; de repente, un feroz golpe en la frente la hizo
desplomarse en el suelo; después sintió un agudísimo dolor que
recorrió todo el cuerpo como si le hubiesen enterrado miles de
clavos que destrozaban lentamente sus órganos, uno por uno, hasta
llegar por fin al corazón. Instintivamente trato de incorporarse,
pero un segundo mazazo la boto de nuevo y entonces se entregó a
sus verdugos y a la lenta y dolorosa agonía que le tenían
preparada...
La
historia de Clavel y Clavelín se repite todos los días, millones
de veces, para que los hombres puedan saborear sus bisteks, sus
churrascos y sus salchichas.

Muchos
sostienen que la gran mayoría de la gente no probaría un pedazo
mas de carne, si tuviera que presenciar los actos que transforman
a los seres vivos en material para el paladar humano. “
Mientras comamos carne, todos somos cómplices de las atrocidades
que se cometen con los animales en los transportes, ferias y
mataderos; y quién sabe si esa carne martirizada que incorporamos
a nuestro organismo no nos incita a su vez a nuevas violencias y
crueldades”.
Estas son palabras de Mahatma Gandhi, quien como muchos millones
de hombres no sólo de la India, sino en todo el mundo, nunca comió
carne.
¡Piensen un poco en Clavel y Clavelín y acuérdense de ellos cada
vez que se sientan a la mesa...!
Godofredo Stutzin