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Y recuerdo un perrito pequeño,
mestizo, color canela que,
completamente desorientado, corría
también a lo largo de una
calle, sin un rumbo fijo, seguramente
asustado por el estruendo y el humo.
Mis primeros pensamientos, viendo
aquellas imágenes tan recientes,
fueron de odio hacia aquellos tanques
y de sufrimiento por ese perro, y
muchas veces me
he preguntado qué habrá sido de él, y si pudo salvar su vida.
Después, una reflexión casi
avergonzada, me ha conducido a otra
pregunta: ¿qué habrá sido de aquellas
personas
que corrían? ¿Habrán salvado su vida?
Y de ellas surge la más dolorosa: ¿por
qué mi temor es en primer lugar para
el
animal, y no para las personas?
No tengo respuestas claras. ¿La
indefensión del animal? ¿El no saber
qué pasa? ¿El miedo a ese repentino
infierno
que no sabe lo que es?
La creación divina, o las leyes de la
evolución, nos han diferenciado a los
primates humanos del resto del mundo
animal, dotándonos a los primeros de
dos capacidades: el habla y la muerte.
Y estamos tan asentados en ambas,
que hablamos sin parar y sin
conducirnos a ninguna parte, y matamos
sin parar y sin detenernos ante ningún
exceso.
Para el hombre, el horror contra el
hombre es ya un episodio renuente, y
ha pasado a nuestra vida cotidiana en
forma
de procesión macabra en los
telediarios, de repaso diario de
atrocidades, de cadena de noticias
para comentar en los
bares o en el taxi. Y para el hombre,
quizás ese horror contra los hombres
ha creado una costra, una pantalla
refleja,
un pañal absorbe-olores que no asimila
la información, sólo la procesa y la
reemite.
Ya no nos mueve apenas nada, sólo
grandes casos, públicos y terribles,
traídos por la prensa urbi et orbe;
mientras,
asistimos como hastiados espectadores
al hecho diario de la muerte humana,
al drama diario de la muerte humana.
Por eso, quizás como proteccionista
sólo me diferencio de otros hombres en
que aún queda un dolor,
el de los
animales,
que a mí me produce un dolor intenso
y, para el sufrimiento humano, aún me
queda algo que
me hace salir a la
calle a protestar contra grandes
acontecimientos de crueldad.
Esa costra es tan dura que no me
permite protestar en favor de los
hombres si no es en acontecimientos
que, a su vez,
salen en los telediarios porque junto
conmigo han salido millones.
Acontecimientos que "claman al cielo",
como si la
muerte anónima de un solo hombre por
la barbarie de otro, no clamara
también.
Es como si hubiera tirado la toalla de
la salvación del hombre, con algún
coletazo de remordimiento
intermitente,
para
agarrar con uñas y dientes la toalla
de la salvación animal y luchar contra
la apisonadora humana que, en forma de
políticos, de jueces, de empresas, de
dueños, y hasta de entidades
proteccionistas, aplasta a los otros
animales
de la creación en aras del dinero, del
"salir en la foto", y hasta de la
prevaricación y del delito.
Y entonces sólo tengo que odiar. Odio
porque me han puesto una coraza,
porque me han hecho distinguir entre
un dolor y otro, por todo lo que me
deja impasible, por el filtro de lo
que me hace interceder y manifestarme,
por pasar de lado ante
las tragedias individuales y anónimas, por darme por vencida tantas veces
en tantas cosas y, finalmente, porque
el
hombre ha creado en mí la coraza
contra el hombre y, a su favor, sólo
me ha dejado el odio


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