Sólo me queda el odio
Bú Bup nº 33 - marzo / abril 2003 - pp. 63
Texto
Matilde Figueroa
Recuerdo unas imágenes de televisión en las que se veía la entrada de los tanques, abriendo
 fuego, en una ciudad. Recuerdo ver gente anónima que corría a protegerse de los disparos.

Y recuerdo un perrito pequeño, mestizo, color canela que, completamente desorientado, corría también a lo largo de una
calle, sin un rumbo fijo, seguramente asustado por el estruendo y el humo. Mis primeros pensamientos, viendo
aquellas imágenes tan recientes, fueron de odio hacia aquellos tanques y de sufrimiento por ese perro, y muchas veces me
 he preguntado qué habrá sido de él, y si pudo salvar su vida.

Después, una reflexión casi avergonzada, me ha conducido a otra pregunta: ¿qué habrá sido de aquellas personas
que corrían? ¿Habrán salvado su vida? Y de ellas surge la más dolorosa: ¿por qué mi temor es en primer lugar para el
animal, y no para las personas?

No tengo respuestas claras. ¿La indefensión del animal? ¿El no saber qué pasa? ¿El miedo a ese repentino infierno
que no sabe lo que es?

La creación divina, o las leyes de la evolución, nos han diferenciado a los primates humanos del resto del mundo
animal, dotándonos a los primeros de dos capacidades: el habla y la muerte. Y estamos tan asentados en ambas,
que hablamos sin parar y sin conducirnos a ninguna parte, y matamos sin parar y sin detenernos ante ningún exceso.

Para el hombre, el horror contra el hombre es ya un episodio renuente, y ha pasado a nuestra vida cotidiana en forma
de procesión macabra en los telediarios, de repaso diario de atrocidades, de cadena de noticias para comentar en los
bares o en el taxi. Y para el hombre, quizás ese horror contra los hombres ha creado una costra, una pantalla refleja,
un pañal absorbe-olores que no asimila la información, sólo la procesa y la reemite.

Ya no nos mueve apenas nada, sólo grandes casos, públicos y terribles, traídos por la prensa urbi et orbe; mientras,
asistimos como hastiados espectadores al hecho diario de la muerte humana, al drama diario de la muerte humana.

Por eso, quizás como proteccionista sólo me diferencio de otros hombres en que aún queda un dolor,
el de los animales, que a mí me produce un dolor intenso y, para el sufrimiento humano, aún me queda algo que
me hace salir a la calle a protestar contra grandes acontecimientos de crueldad.
Esa costra es tan dura que no me permite protestar en favor de los hombres si no es en acontecimientos que, a su vez,
salen en los telediarios porque junto conmigo han salido millones. Acontecimientos que "claman al cielo", como si la
muerte anónima de un solo hombre por la barbarie de otro, no clamara también.

Es como si hubiera tirado la toalla de la salvación del hombre, con algún coletazo de remordimiento intermitente,
para agarrar con uñas y dientes la toalla de la salvación animal y luchar contra la apisonadora humana que, en forma de
políticos, de jueces, de empresas, de dueños, y hasta de entidades proteccionistas, aplasta a los otros animales
de la creación en aras del dinero, del "salir en la foto", y hasta de la prevaricación y del delito.

Y entonces sólo tengo que odiar. Odio porque me han puesto una coraza, porque me han hecho distinguir entre un dolor y otro, por todo lo que me deja impasible, por el filtro de lo que me hace interceder y manifestarme, por pasar de lado ante
 las tragedias individuales y anónimas, por darme por vencida tantas veces en tantas cosas y, finalmente, porque el
hombre ha creado en mí la coraza contra el hombre y, a su favor, sólo me ha dejado el odio