Ser toro en México es ser en el lugar equivocado,
el destino es la muerte en la plaza.
Las bárbaras corridas son parte de las costumbres
nacionales y en nombre de la tradición embelesan a grandes sectores de
la comunidad desde que los españoles las trajeron a América.
Llamarlas “tradición” para justificarlas es un
timo a la inteligencia, pues tradiciones fueron el circo romano y los
sacrificios humanos de los aztecas, y es tradición aún hoy mutilar
mujeres en el África. Ignorancia y crueldad son hijas predilectas de las
tradiciones.
Hasta los defensores más recalcitrantes de la
estúpida “fiesta brava”, como Mario Vargas Llosa, admiten que excede
cualquier límite tolerable de violencia y espanto. El propio Vargas
escribe: “ningún ser viviente puede ser sacrificado sin que se cometa un
crimen”.
En México las corridas de toros suelen ser
defendidas y hasta promovidas por líderes sociales y religiosos. Sí, así
es y no hay exageración.
Los defensores de los animales apelamos cada día a
la conciencia de la gente y no queremos que nos expliquen cómo
justificar la barbarie, sino que se prohíba, entendiendo como entendemos
que la abolición tarde o temprano llegará y ese día se habrá dado un
paso hacia una sociedad mejor.
Con el mismo argumento trivial de que el toro de
lidia vive bien toda su vida salvo su última media hora, y que la raza
se extinguiría si los ganaderos no hicieran la noble labor de criarlos
para morir, se podría criar niños para sacrificarlos en la plaza.
Como en casi todo el mundo en México los grandes
medios de difusión son ciegos y sordos a los reclamos de la gente
civilizada. No es difícil, recorriendo las páginas de los diarios, darse
cuenta de que ponerse del lado de los animales sería para ellos ponerse
en contra de los patrocinadores de ropa, de comida, de diversión y otras
zarandajas con que la buena vida humana hace una tragedia en la vida
animal no humana.
Está activa en Internet una campaña con la que
pretendemos presionar un poco más a las autoridades y sacudir su
proverbial indiferencia hacia la vida animal. Como los animales no
votan, suelen no ser del interés para muchos funcionarios.