Mil palabras
 

¿Y qué le decimos a Noé?

Por Esteban Peicovich

 

Aquí se ríen todos, menos el elefante. Tomaduras de trompa como ésta pueden ser de las últimas que se registren en el planeta. Los elefantes están cabreros y no le aguantan una más al hombre. Si la fotografía provoca todavía una cómplice sonrisa de turista es porque la noticia no llegó a la portada del National Geographic. Aunque hay más que ultimátum en el aire. La beligerancia entre hombre y elefante se extiende a medio mundo. El de la fotografía parece desconocer la gravedad del caso. O se hace el oso y disimula, sumiso, a la espera de que le llegue el telegrama oficial de su especie (lo trae el aire) llamando a las trompas. Esta escena de diversión es la contracara de lo que ocurre a diario. En la foto, los cinco gaznápiros montados retozan sin sospechar que en cualquier instante Pyan (malayo, 41 años) puede cambiar su humor, ponerse patriótico y revolearlos por el aire como si fueran de peluche. De hacerlo, defendería su dignidad. En Kenya hacen más que eso. Aplastan viviendas. Piquetean en las rutas (los camiones deben dar la vuelta y regresar, como ante Castells) y se acometen contra el primer despistado que se les ponga a tiro.

¿Es por lo global? "Elemental, Watson", respondería un Holmes de hoy por e-mail. Estudios serios coinciden en que la deforestación salvaje no sólo diezma pigmeos y mata orquídeas: también se come al elefante. Un gigantón amable que se alimenta de lo más pequeño de la botánica (hierba), al igual que la ballena lo hace con el krill (casi un pasto del mar). El elefante es (o era) además animal tan pacífico como su gran "hermana" del mar, la que no bien ve arrimársele un gomón o una canoa recoge la aleta para no dañar a nadie.

El elefante no es un individuo del común, como sí parecen serlo los vulgares cinco chistosos subidos a su trompa. Su inteligencia y memoria están más que probadas. No sólo recuerdan las heridas que les causa el hombre. Ahora también se las cobran. Guardan el trauma en un rincón del alma y llegada la ocasión, se vengan. Los científicos probaron que el humor del elefante 2006 echó al arcón aquella docilidad circense en la que hasta aprendían a ser equilibristas sobre una pelota o levantar la pata según lo dispusiera el puntero del domador. Otros tiempos. Hoy están para la guerra. Se acabó el circo.

A través de Asia las desmontadoras gigantes borran del mapa sus hábitats, y manadas de elefantes invaden las aldeas en clara operación ojo por ojo. Son centenares los humanos y elefantes que mueren por año. En el fondo, les pasa lo mismo que a muchos humanos. Deberían unirse en un frente común.

Está visto que su corazón es capaz de tolerar que cinco listos lo tomen a la chacota. Pero en su inmensa cabeza (que no lo será al cuete: la naturaleza es sabia) no cabe que desconozcan su mínimo derecho humano a ser elefante. Esto es a desarrollar con armonía la relación vital con el reino que le tocó. Se desconoce cuáles pueden ser las reflexiones últimas de un elefante. Pero por ahora, sólo hay bronca. La paquidérmica rebelión está en marcha, y ni siquiera Portal podría servir de mediador.

La humanidad (o su caricatura) empuja a tan bello ejemplar del Arca a salir de vándalo a destrozar aldeas. Grupos de elefantes adolescentes huérfanos forman bandas de delincuentes que salen a vengar a su diezmada familia elefantina. Pasa en Tailandia. También en India. Lo que no pasa por la cabeza de ningún elefante es tomar a la chacota al hombre. La grosera (por obvia y trillada) mención a su memoria se convierte en boomerang moral. Esa cabeza tiene cerebro. Más grande que el nuestro. Sólo un animal en decadencia puede dedicarse a perjudicar un ser tan inocente y bello. Si perdemos la amistad del elefante no habrá perdón de Dios. Y ni hablemos de lo que nos dirá Noé.

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http://www.lanacion.com.ar/entretenimientos/nota.asp?nota_id=794412
LA NACION | 04.04.2006 | Página 10 | Espectáculos
 



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