"El
11 del actual La Nacion, en una nota de V. Burrieza, daba cierta en
primera plana de que un paseador de perros había sido condenado por
un juez en lo correccional a pagar un resarcimiento económico de
$480 (por cancelar en 20 cómodas cuotas) y a realizar trabajos
comunitarios durante cuatro meses en cumplimiento de una figura
legal conocida como probation.
¿Qué
había hecho Adrián Silvio Pizarro? Le había aplicado un puntapié
letal a una perra boxer, la que murió desangrada (en tiempos
anteriores, el animal había formado parte de su clientela)
El
juez Eduardo Etcharrán había desempolvado así la por demás
benigna ley 14346, de 1954, conocida como De protección al animal.
Una
semana mas tarde cobró notoriedad un caso similar.
Ambos
indignantes episodios nos llevaron a recordar la historia de la
famosa frase, universalmente aceptada, que indica que el perro es el
mejor amigo del hombre.
Aunque
no lo parezca, esa definición prácticamente institucional tiene
dueño, y casualmente, fue dicha por primera vez en un estrado
judicial durante un brillante alegato.
Corría
el verano de 1870 en los Estados Unidos. En el condado de
Warrensburg, Missouri, Viejo Drum era un foxhound muy conocido en el
lugar por sus manifiestas habilidades en la caza de zorros que, por
esos tiempos, solían darse opíparos banquetes en los gallineros de
los vecinos del lugar.
Charles
Burden, su dueño, lo amaba entrañablemente. Se sentía orgulloso
de él y, cuando tomaba copas con sus amigos, no hacía otra cosa
que hablar de las hazañas de su compañero de cuatro patas, que
pacientemente lo aguardaba a las puertas del saloon.
Una
mañana se desató la tragedia. Viejo Drum apareció muerto de un
certero disparo en la cabeza. Lo encontraron junto a un alambrado de
la finca del acaudalado Leonidas Hornsby, vecino de Burden.
Este último, tras llorar amargamente mientras abrazaba el cuerpo
inerme de su compañero, no dudó. Las evidencias indicaban
claramente que Hornsby había asesinado al Viejo Drum.
Burden,
en su dolor, decidió que las cosas no podían quedar así y llevó
el caso al tribunal de jusrticia de Warrensburg. Allí, luego
de reírse de él por pretender que alguien fuese juzgado por la
muerte de un perro, le indicaron que le máximo de la demanda no podía
superar los 150 dólares.
La
causa finalizó y el afligido dueño del Viejo Drum resultó
derrotado.
Sin
embargo, decidió no bajar los brazos. Apeló hasta que el caso llegó
a la Corte del Estado en la que se dispuso que fuese el tribunal del
juez Foster Wright el que administrara justicia de forma inapelable.
Hornsby,
el acusado, fue representado por dos luminarias del momento:
Francis Cockrell, futuro senador de los Estados Unidos por Missouri,
y Thomas Critteden, que llegaría a ser gobernador del Estado.
Como
patrocinante de Burden y Viejo Drum actuó el coronel Wells
Blodgett, que rápidamente se dio cuenta de que actuaría en
desventaja.
Por
pura casualidad, el militar se enteró de que en Warrensburg se
encontraba George Graham Vest, un famoso abogado asesor
presidencial. Ni lerdo ni perezoso, Blodgett le suplicó que lo
ayudara. El letrado, que mas adelante ocuparía una banca en el
Capitolio durante 24 años, aceptó por su amor a los perros.
El
juez Wright, que estaba dispuesto a aplicar la fría letra de la ley
para acabar con el caso ese mismo día, nuca pensó que asistiría a
una lucha sin cuartel en la que se acuñaría la que después sería
una frase famosa.
Critteden
y Cockrell se dirigieron al jurado. Su pilar argumental giró en
torno del valor monetario de la pérdida de Burden, que consideran
ridícula. Eso era lo que George G. Vest esperaba.
Tras
meditar unos instantes, se puso lentamente de pie y , mientras
caminaba de un extremo al otro de la sala, dejó de lado el
resarcimiento económico y habló de lo único que le
interesaba: un perro había sido muerto salvajemente.
De
su alegato, con el que ganó el juicio, sólo se conserva el
fragmento que transcribimos textualmente:
Señores del jurado, el mejor amigo que tiene un hombre en el mundo
puede volverse contra él. Su hijo o hija, a los que ha criado con
amoroso cuidado, pueden ser desagradecidos. Aquellos que están mas
cerca nuestro y que nos son más queridos, aquellos a los que les
confiamos nuestra felicidad y nuestro buen nombre, pueden
traicionarnos.
El dinero que un hombre ahorra puede perderse. La reputación puede
ser sacrificada en un momento de acción impensada. La gente que está
dispuesta a caer de rodillas para honrarnos cuando el éxito nos
sonríe, puede ser la primera en tirar la piedra de la maldad cuando
el fracaso nubla nuestras cabezas. El único amigo absoluto y
desinteresado que puede tener un hombre en este mundo egoísta, el
que nunca es desagradecido o traicionero, es su perro. Con esto
estoy diciendo que el perro es el mejor amigo del hombre.
¿Por
qué Sres. del jurado?. Porque el perro de un hombre está a su lado
en la prosperidad y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad.
El dormirá en la fría tierra, donde sopla el viento y la nieve se
arremolina implacable, sólo para poder estar al lado de su dueño.
Besará la mano que no puede ofrecerle comida, cuidará las heridas
y penas que el encuentro vcon la rudeza del mundo le ocasione.
Guardará el sueño de su pobre señor como si fuera un príncipe.
Cuando todos los demás nos abandonan, él permanece. Cuando la
riqueza desaparece y la reputación se hace añicos, él es tan
constante en su amor como el sol en su viaje por el cielo.
Si el destino lleva a su señor a ser un proscrito en el mundo, sin
amigos y sin hogar, el perro no pide otro privilegio que el de
acompañarlo para defenderlo del peligro y pelear contra sus
enemigos. Y cuando el último de todos los actos llega, y la muerte
se lleva a su amo, no importa si todos los amigos siguen su camino.
Allí, junto a su tumba, encontraréis al noble perro, la cabeza
entre las patas, los ojos tristes, pero abiertos en alerta
vigilancia, fiel y leal aún en la muerte.
Leónidas
Hornsby no sólo debió pagar el doble de lo demandado sino que fue
a dar con sus huesos a la cárcel.
La Nacion 25/5/2000 El Perro y Uno
Título:
Con la ley en su favor . por Eduardo Tarnass



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