EN LA LITERATURA

 Víctor Hugo

El perro de Louis de Conde 

Duque de Enghien

Mohiloff

             La historia del perro del duque de Enghien es particularmente emocionante, porque alecciona hasta qué punto puede llegar la fidelidad del perro, incluso en las circunstancias más trágicas.
   

    En la noche del 15 al 16 de marzo de 1804, unos  soldados franceses que cumplían órdenes de Bonaparte, Primer Cónsul entonces, detuvieron a Louis de Conde, duque de Enghien, en Ettenheim, en la orilla izquierda del Rhin, en la comarca de Bade, no lejos de Estrasburgo.  El duque, que tenia treinta y un años, fue acusado de ser la cabeza de un complot realista.

UN CARLINO LLAMADO MOHILOFF

   Cuando lo detuvieron, el duque estaba acompañado de su perro Mohiloff. 
Lo había comprado en 1798 Volhynie (Rusia) y se paseaba con él, en compañía de la princesa de Rohan, por toda Europa.

   Mohiloff era un carlino de pelaje café con leche y tenía la simpática fisonomía de los perros de su raza: grandes ojos, máscara negra y mirada pícara.  Siguió a la carreta en la que llevaban a su dueño.  La siguió hasta el Rhin. Allí  los soldados lo echaron, y entonces cruzó el río a nado, con el pequeño hocico fuera del agua, y llegó a la orilla casi al mismo tiempo que su dueño.  Le <siguió el rastro>  hasta Pfosheim, y después corrió detrás del coche de posta donde iba el duque y entró en la ciudadela de Estrasburgo al mismo tiempo que él.

 
MOHILOFF AULLÓ A LA MUERTE

            Sorprendido, el duque vio cómo Mohiloff saltaba al coche y se acurrucaba a sus pies.  Finalmente, se autorizó que el perro se quedara con su dueño.

            Después, el duque fue llevado a Vincennes.  Cuando descendió del carruaje, vestido con una larga casaca y con Mohiloff en brazos, fue entregado a Harel, comandante del castillo.

            Durante la comida, el duque le dijo al comandante: <Señor, tengo que hacerle una petición.  Espero que no le parezca una indiscreción.  Traigo conmigo un compañero de viaje; es el perro pequeño que veis allí, el único amigo del que no me han separado.  El pobre animal ha hecho todo el viaje conmigo.  Y, como yo, apenas ha comido desde Estrasburgo.  Permítame que le exprese mi reconocimiento compartiendo con él esta ligera colación.>  Y le dió a Mohiloff la mitad del guiso y del fricandó.  El perro se echó sobre la comida, se apretó contra su dueño y se quedó así toda la noche.

            Un consejo de guerra condenó a muerte al duque en un juicio sumario.  Y en la noche, bajo la lluvia, los gendarmes se lo llevaron.

            <-¿Donde me lleváis?> les preguntó.  Pero no le respondieron.

            <-¿A los calabozos?, volvió a preguntar.  Mejor sería morir>.

            Uno de los hombres le respondió entonces:

            <-¿A los calabozos? No, por desgracia.>

            El duque fue ejecutado en los fosos del castillo de Vincennes.  Según Bernardine Melchior-Bonnet (Le Duc d´Enghien, Amiot-Dumont, 1954), Mohioff
no abandonó a su dueño en ningún momento.  Bajó con él hasta la zanja, olfateando las piedras húmedas de la escalera que conducía hasta allí.

            El pelotón de ejecución esperaba.  El duque gritó: <Así que hay que morir en manos de franceses>.  Mohiloff se pegó a sus piernas, y tuvo que separarlo.  La bala fulminó al duque.

            El cadáver fue arrojado a una fosa de basura.  Mohiloff, que se había quedado, husmeó el suelo, se puso a dar vueltas, aulló lúgubremente y escarbó el suelo desesperadamente.

            Mohiloff tiritaba de frío, gemía y estaba casi muerto de inanición cuando el marqués de Béthisy lo recogió en el lugar de la ejecución.  El perro se dejó llevar sin dificultad.  La princesa de Rohan hubiera querido tenerlo de nuevo, pero la policía prohibió que se lo enviaran.   

UN EJEMPLO DE FIDELIDAD

           Cuando murió, el marqués de Béthisy lo hizo embalsamar.  Tras el fallecimiento de su marido, la marquesa de Béthisy se lo entregó a Euxode Marcille.

            La foto de Mohiloff embalsamado fue publicada por H. Welschinger en Le Monde illustré del 22 de diciembre de 1888.

            Sin embargo, los hechos debieron ocurrir de forma un tanto diferente.  A juzgar por lo que dice Henri Welschinger (Le Duc d´Enghien, Plon, 1913), el perro estuvo con Harel durante la ejecución.

            Y fue después de la inhumación  cuando se escapó de la vivienda del comandante y salió aullando.  Saltó sobre la tumba, los gendarmes lo alejaron de allí, pero el perro volvió al mismo sitio.

            El pintor Carle Vernet hizo una acuarela que presenta a Mohiloff intentando levantar la piedra que cubre el cuerpo de su dueño, y de ella sacó Cassas una litografía acompañada de dos versos en latín del conde de Marcellus: <El descendiente traicionado de los Conde, en el momento de morir, busca un amigo, y el único que encuentra  es un perro>.

            Por lo que respecta a la ejecución del duque de Enghien, pasó a la posteridad como un crimen napoleónico.  Es verdad que el emperador negó en Santa Elena que hubiera ordenado la ejecución.  Pero lo cierto es que sí lo hizo, aunque no se sepa por qué.

            La historia de Mohiloff es un caso de fidelidad ejemplar.  Y quizá de la existencia de un sexto sentido por la manera cómo siguió a su dueño después de la detención de éste.
 


 


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