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El Rincón de Bobby-Copyright
SÁTIRAS
por Bobby:
Sí. La sangre es presagio de grandeza. ¿Se valen las corridas
de toros?
por Yuriria Sierra
Arena. La lucha. La bestia. El dominio. Los hombres. Es la sangre la que
ha estado en el encierro. Es la sangre la que empieza a golpear galopando
por venas y nervios; es la sangre la que embiste, la sangre que por el
cuerpo del hombre revela un idilio con la vida, un idilio con la muerte.
La sangre que empieza a correr como presagio de nuestra grandeza.
Decía Blaise Pascal que el más grave pecado que hombre alguno pueda
cometer, es el de intentar negar ya sea a su ángel o a su demonio, porque
resulta que quién quiera hacer el ángel termina haciendo de la bestia.
Fiesta brava: encarnación de nuestra paradoja... la brutalidad del hombre
que al enfrentar la cólera del animal, enfrenta y purifica la bestialidad
de su propia condición humana. En la muerte de una bestia simbólica se
asesina constantemente a otra: la bestia en el corazón, en la mente y en
el cuerpo del que está ahí abajo, tentando a la muerte, tentando al
diablo que viene a poseernos con una regularidad inexpugnable.
El homo sapiens abre paso a su estado natural, el estado sin máscara y
sin aledaños; la fiesta de la realidad y su contrasentido eterno se abren
paso, rumiando, desde el más recóndito rincón del alma al tiempo que
corre desde los toriles. Un juego de paralelos; así es el arte. Una verónica
que es verso despiadado; una chicuelina, el trazo sublime; molinete, danza
de la arena tentada por los dáctilos del aire... Y la bestia del adentro
se sublima bailando con la bestia del afuera.
Pero el pobre toro no tiene la culpa. Tampoco la tuvieron los semitas en
la guerra. Tampoco los negros en cadenas. Tampoco los niños de Brasil y
el adolescente homosexual de América del Norte. Pero los semitas, los
negros, los niños y los homosexuales, no han sido históricamente
alimento de la raza humana. El pobre pollo no tiene la culpa, el pobre pez
no tiene la culpa, la pobre lechuga no tiene la culpa, la pobre espinaca
no tiene la culpa; también plantas, seres vivos; también destinadas a
alimentar el estómago del voraz animal que llevamos cubriendo esto que se
hace llamar espíritu, esto que se hace llamar razón.
Negar la condición violenta de estas criaturas con lenguaje, equivale a
negar su primaria razón para la supervivencia. El toro embiste, el hombre
brega. El toro muge, el hombre eleva oraciones a un Señor cuya lengua y
designios también le son impenetrables. El toro y el hombre con sus
dogmas de fe. Dios torea al hombre, y el hombre torea a la bestia. La
bestia arremete contra el hombre y el hombre embiste contra su deidad para
liberarse al mismo tiempo de sus demonios, animal salvaje. En el juego de
lo sagrado, la transgresión es la única estocada que merece vuelta al
ruedo. Y cuando esa transgresión raya los límites de la Verdad, merece,
incluso, el indulto mismo de la fiera; la que supo bailar con maestría
entre los signos de lo inexplorado. La faena que consagró la seducción
mutua de las bestias en combate. Y esa es la raíz de todo lo que llamamos
arte.
Yuriria Sierra estudia Ciencia Política en el ITAM.





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