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APUNTES DE COZUMEL. ©Copyright Francisco Morales.
Ayer, casi atropellé a un perro que venía corriendo alegremente a un lado del camino y al alcanzarlo mi auto, se metió de pronto entre las ruedas. Por fortuna, ambos reaccionamos rápido: él apretó la carrera y yo le di un brusco pisotón al freno. Me sentí aliviado. Me hubiera dolido mucho lastimar al perro. Para muchos, el sufrimiento de los animales no tiene mayor importancia, pero a otros nos cala profundamente. Esta reflexión me trajo a la mente la siguiente historia: Hace algún tiempo, en el mar, un amigo cazó una gran tortuga. El capitán del barco de buceo la ató con el carapacho hacia abajo y la dejó expuesta al sol. Estaba mal herida por un arpón que le entró en lo blando, entre la cabeza y la aleta. Se escuchaban sus resoplidos y alguien mencionó la increíble vitalidad que tienen las tortugas. La forma más simple de matarlas es el degüello, pero este se hace acostumbra hacer justo antes de destazarlas. Lo mejor para conservar su carne fresca, es dejarlas con vida el mayor tiempo posible y así lo hacen los pescadores desde los tiempos de la navegación a remo, sin importar la condición de los animales, ni la forma en que fueron cobrados. Por varias razones, preferí no hablar del tema. Yo estaba convencido que aquella tortuga debía estar sufriendo atrozmente, y me hice el propósito de rematarla por mi cuenta a la primera oportunidad. En el grupo venían varios niños, entre ellos mis hijos. Cuando llegamos a la playa, esperé a que todos desembarcaran. Quedamos el capitán, la tortuga y yo. Se me ocurrió que golpearle la cabeza, tal como se hace con la pesca, sería una buena opción. Tomé el pesado mazo que se usa para este propósito, volteé al animal boca abajo y comencé a pegar con todas mis fuerzas. Una, dos, veinte veces. El animal seguía resollando. Pronto el mazo se resbalaba por tanta sangre y algunos golpes iban a dar en la cubierta. Tuve que cerrar los ojos, pues la sangre que todo lo salpicaba, llegó a nublarme la vista. Seguí pegando. El esfuerzo me hizo coordinar la respiración para fatigarme menos. Por un momento sentí que algo me unía a la tortuga moribunda. Quizá porque yo también estaba resoplando y bañado con su sangre. Sentía una gran frustración. Las lágrimas de impotencia corrían por mi cara y me goteaban de la nariz mezcladas con sudor y mucosidad. ¡Muérete tortuga!... ¡Ya muérete, hija de tu puta madre! Por fin quedó inmóvil. Di un suspiro profundo y me limpié la cara con el dorso de la mano. El capitán me observaba en silencio. ¡Cómo tardan en morir! Si, tardan mucho. Di varios baldazos de agua a la cubierta y luego me tiré al mar para tallarme todo el cuerpo y limpiarme la sangre. Llegué a la playa. El único comentario me lo hizo un niño. ¿Porqué golpeabas a la tortuga, tío? Para matarla porque estaba herida. Comimos, reímos, tomamos mucha cerveza y regresamos al barco. Un par de horas después llegamos al muelle y bajamos el equipo. Antes de ir hacia el auto eché un vistazo de despedida a mi amiga la tortuga. Sentí algo muy amargo en la boca y mi estómago se apretó. Muy despacio, suavemente, la tortuga movía sus aletas delanteras, tratando de arrastrar su cuerpo y caer al mar. ©Copyright Francisco Morales.
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