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La perra color
canela
Por Arturo Pérez-Reverte
El perro
estaba suelto en la autovía, solo, desconcertado, esquivando como podía
los coches que pasaban a toda velocidad. Cuando reaccioné, era tarde.
Mientras consideraba el modo de detenerme y sacarlo de allí, lo había
dejado atrás.
Estacionar el coche con ese tráfico era imposible, así que no tuve más
remedio que seguir adelante, mirando por el retrovisor, apenado. Algo más
lejos se lo conté a una pareja de motoristas de la Guardia Civil:
kilómetro tal, perro cual. El cabo movió la cabeza. Nada que hacer, señor.
Ocurre mucho. Además, aunque vayamos a buscarlo, no se dejará atrapar. Nos
pondrá en peligro a nosotros y a otros automóviles. Y usted habría hecho
mal en detenerse. Además, a estas horas se habrá ido, o lo habrán
atropellado. Mala suerte.
Sin duda, el guardia tenía toda la razón del mundo, pero yo seguí camino
con un extraño malestar, las manos en el volante y la imagen del perro
entre los automóviles grabada en la cabeza.
Su desconcierto y su miedo. Sintiendo, además, una intensa cólera.
Supongo que mientras los automovilistas esquivábamos a ese pobre animal de
ojos aterrados que no sabía cómo franquear las vallas de la carretera,
algún miserable regresaba a su casa o seguía camino de su lugar de
vacaciones, satisfecho porque al fin se había quitado de encima al maldito
chucho.
No es lo mismo un cachorrillo en Navidad, en plan papi, papi, queremos un
perrito –cuántos perros condenados a la desgracia por esas palabras–, que
uno más en la familia al cabo del tiempo: veterinario, vacunas, dos paseos
diarios, vacaciones, etcétera.
Entonces la solución es quitárselo de encima. Posiblemente así lo decidió
el dueño del perro que estaba en la autovía: una parada en el banquina y
ahí te pudres. También es lo que hizo, tiempo atrás, un canalla en una
gasolinera de la nacional IV: el dueño de una perra color canela a la que
no olvidaré en mi vida. Ocurrió hace tiempo, pero lo tengo fresco como si
hubiera ocurrido ayer. Y aún me quema la sangre, porque es de esos asuntos
a los que me gustaría poner un nombre y un apellido para ir y romperle a
alguien la cara, aunque eso no suene cívico. Me da igual.
Con chuchos de por medio, lo cívico me importa una puñetera mierda. Ningún
ser humano vale lo que valen los sentimientos de un buen perro.
Les cuento. Mientras repostaba en una gasolinera de la carretera de
Andalucía, una perra color canela se acercó a olisquear mi coche, y
después volvió a tumbarse a la sombra. Le pregunté al encargado por ella y
me contó la historia. Casi un año antes, un coche con una familia,
matrimonio con niños, se había detenido a echar gasolina. Bajó la perra y
se puso a corretear por el campo. De pronto, la familia subió al coche y
éste aceleró por la carretera, dejando a la perra allí. El encargado la
vio salir disparada detrás, dando ladridos pegada al parachoques, y
alejarse carretera adelante sin que el conductor se detuviera a recogerla.
Al cabo de una hora la vio regresar, exhausta, la lengua afuera y las
orejas gachas, gimoteando, y quedarse dando vueltas alrededor de los
surtidores de gasolina. De vez en cuando se paraba y aullaba, muy triste.
Al encargado le dio tanta pena que le puso agua, y al rato le dio algo de
comer. Cada vez que un coche se detenía en la gasolinera, la perra
levantaba las orejas y se acercaba a ver si eran sus amos que volvían.
Pero no volvieron nunca.
La perra se quedó aquí, contaba el encargado. Mis compañeros y yo le
fuimos dando agua y comida. El dueño nos dejó tenerla, porque vigila por
las noches. Además, hace compañía. Es obediente y cariñosa. Al principio
la llamábamos Canela, pero a una compañera se le ocurrió que era como la
mujer de la canción de Serrat, y la llamamos Penélope. El caso es que ahí
sigue. ¿Y sabe usted lo más extraño? Cada vez que llega un coche, la perra
se levanta; y en cuanto se para, se asoma adentro a olisquear. Los perros
son listos. Tienen buena memoria y más lealtad que las personas. Fíjese
que nosotros la tratamos bien, no le falta nada y hasta collar
antiparásitos lleva. Pero ella sigue pendiente de la carretera. Los perros
piensan, oiga. Casi como las personas.
Y ésta piensa que sus amos vendrán a buscarla. Cada vez que llega un
coche, se acerca a ver si son ellos. Sigue creyendo que volverán. Por eso
lleva tanto tiempo sin moverse de aquí. Esperándolos.
El autor es periodista y escritor





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