para esto fui a la escuela?, me pregunte una mañana mientras hacia mi
recorrido habitual por el hospital veterinario donde trabajaba, cambiando
cajas de arena y llenando recipientes con agua y comida, Soy técnica
veterinaria. Debería estar ocupada en tratamientos anestésicos, análisis
de laboratorio…”Pero en vez de eso”, masculle, “¡estoy limpiando
perreras!”.
Al final entre a la sala donde atendía a los cachorritos. En el fondo de
una jaula estaba acurrucado un atigrado gatito que tenia el pelo
apelmazado con restos de comida. Cuando me vio abrió la boca, sin maullar,
y camino tambaleándose hacia los barrotes.
Tania unas cuatro semanas de nacido, demasiado pequeño para ser vacunado;
por eso estaba en la sala de los perros y no con los otros gatos: para
protegerlo de las enfermedades propias de su especie. El animalito
estornudo con fuerza y las patas se le doblaron. Sufría una grave
infección respiratoria. Leí la tarjeta de la jaula: sin dueño.
-¡Ay, amiguito! –le dije con voz dulce-. No te ves nada bien.
Permaneció en la sala y se recupero poco a poco, pero seguía desmadejado y
sucio. No era nada bonito: tenia el pelo ralo; su cara era una mancha
azafranada con ribetes blancos, y en sus huesudos costados se dibujaban
unas rayas anaranjadas que se extendían hasta su cola flaca y torcida.
Olía mal.
Pero todas las mañanas, cuando llegaba a limpiar la jaula y a darle comida
y sus medicinas, me daba una cariñosa bienvenida. De su pequeña garganta
salía un ronroneo desproporcionadamente fuerte, y se tropezaba con sus
propias patas en un afán por frotarse contra mi mano. Era el gatito más
feo que había visto en mi vida, pero tenia carácter.
Mejoro de salud, mas no tenia casa a donde ir. Un día oí a los
veterinarios hablar de eutanasia.
-¡Yo lo quiero! –exclame sin pensar-. Me lo llevare.
Esa tarde Salí del hospital con el gatito a cuestas, acomodado en mi
mochila. Una vez sentada en el autobús le eche un vistazo: estaba
acurrucado muy a gusto, totalmente indiferente al traqueteo y los baches.
Alzo la cabeza y me miro con toda calma, como si me dijera: “Se que estoy
en buenas manos”. Esa noche durmió en mi cama, muy pegado a mi cuerpo, y
su ronroneo resonaba por todo el apartamento.
MALOS MODALES
imón, como decidí llamarlo, era muy goloso y le gustaba husmear mi comida.
Un día metió la nariz en mi plato de sopa de pollo caliente. Se echo para
atrás al instante, resoplando con fuerza, lamiéndose los labios escaldados
y fulminándome con la mirada como si quisiera reclamarme por no habérselo
advertido.
Pronto se aprendió mis hábitos y se quejaba ruidosamente cuando me veía
tomar el abrigo y las llaves para salir. Corría a la puerta a la ventana
y, mientras me veía alejarme, maullaba con insistencia. En la noche,
cuando yo volvía, sus chillidos eran lo primero que oía. Sentir la tibieza
de su cuerpo al restregarse contra mis piernas era una delicia, algo muy
diferente del silencio del apartamento al que estaba acostumbrada, y
descubrí que me gustaba mi nuevo y exigente compañero.
Ese invierno hubo otros cambios en mi vida. Me transfirieron a la unidad
de cirugía y empecé a disfrutar mi trabajo. Allí conocí a Ray, un joven
estudiante de veterinaria muy risueño y amable. Pronto acaparo mi
atención, y mi pobre gatito quedo relegado.
Fue el inicio de una larga relación de amor y odio. Simón solía acechar a
Ray agazapado en un rincón o detrás de una puerta; se le arrojaba a los
tobillos, lo arañaba con las cuatro patas y luego se escondía debajo del
sofá a preparar el siguiente ataque. Ray toleraba el maltrato por mí, pero
pensaba que mi gato estaba gravemente loco.
Poco después Ray y yo nos fuimos a vivir a Notario. Elegimos a mis padres
para que cuidaran de Simón hasta que pudiéramos enviar por el. Por
desgracia, tan pronto como llegamos tuve que hospitalizarme a causa de una
amigdalitis que requería cirugía urgente.
Estaba acostada en el sofá sintiéndome nostálgica y adolorida cuando Ray
llego del aeropuerto con mi gato. Simón me miro, salto a mi regazo y se
quedo dormido. Así se paso toda la semana de mi convalecencia,
inesperadamente tranquilo y dormilón, como si supiera que yo lo
necesitaba. Pero, en cuanto me recupere y volví al trabajo, siguió con sus
malos modales.
Mi vida volvió a cambiar al casarme con Ray y más tarde con el nacimiento
de nuestra hija, Stephanie. Me preocupaba como trataría simón a la niña,
pero el disipo mis temores. Estaba tan feliz por tenerme en casa durante
todo el día, que aceptaba compartirme con una bebé llorona. Aunque echaba
de menos a los animales y a mis compañeros de trabajo, me encantaba estar
en casa con mi hija y con Simón.
ESCAPADA
asó el tiempo. Nos mudamos a Columbia Británica y tuvimos otra hija,
Andrea. Simón reino sobre muchas otras mascotas que fuimos adoptando,
desde cacatúas y cuervos recién nacidos hasta un galgo de carreras
retirado. Nuestro gato seguía metiendo la torcida cola en las tazas,
asustando a los visitantes y lamiendo todas las barbillas que tenia a su
alcance. Formaba parte esencial de nuestro hogar y yo ya no podía imaginar
la vida sin el.
Un día de pronto, desapareció.
-¿Has visto a Simón? –le pregunte a mi vecina.
-No estoy segura –respondió frunciendo el ceño-, pero me pareció ver a un
gato igual al tuyo ayer, cuando iba al trabajo.
Resulto que Simón se había escapado. La vecina lo había visto meterse en
su garaje luego de un riña con su gato. Horas mas tarde, ella salio a
trabajar. En un transitado cruce oyó el golpe de algo que caía de su
coche, y por el espejo retrovisor vio un feo gato anaranjado corriendo
como loco entre los autos.
Yo estaba aterrada. ¡Mi pobre gato indefenso!. Su conocimiento del mundo
se limitaba a lo que veía por la ventana, y ahora estaba perdido. Debía de
tener frío y miedo; quizá estaba herido e incluso muerto.
Entonces nos lanzamos a buscarlo, estando yo embarazada de mi tercera
hija, Megan. Hicimos ruidos con una lata de su alimento favorito, lo
llamamos a gritos y les preguntamos por él a todas las personas que
encontrábamos.
Nadie lo había visto. Recorrimos las calles de arriba abajo, tratando todo
el tiempo de tranquilizar a dos niñitas angustiadas que adoraban a ese
gato feo, el cual había estado con ellas desde que nacieron.
Y entonces, ¡eureka! Una mujer nos dijo que si, que había visto a un feo
gato ananranjado con la cola flaca y torcida escondiéndose detrás de los
botes de basura. Camine alrededor de los botes, ¡y allí estaba! Al verme
soltó un maullido quejumbroso, como si me dijera; “¿Por qué tardaste
tanto?” Se trepo a mi hombro de un brinco, escondió la cabeza debajo de mi
barbilla y cerro los ojos con fuerza. Debió de pensar que si aquello era
la libertad, prefería estar en casa.
Stephanie y Andrea, que tenían ya cinco y tres años de edad, sonreían
llenas de alivio. Pero el mayor milagro fue que, después de vagar a seis
cuadras de la casa, de correr entre el tráfico y de pasar la noche en un
barrio desconocido, Simón no tuviera ni un rasguño.
Desde ese día, nunca mas tuvo ganas de acercarse a una calle.
HORA DE DECIR ADIÓS
i gato estaba envejeciendo. Ya no corría ni se trepaba a mis hombros, y se
le notaba una rigidez de caderas al caminar. Un día no acudió a desayunar,
y me alarme porque jamás se saltaba una comida. Ray lo llevo a que le
sacaran radiografías, y una de ellas revelo que tenía líquido acumulado en
el pulmón derecho. Mi esposo trato de tranquilizarme, pero yo sabía que
era mala señal. Drenamos un poco del líquido y lo enviamos al laboratorio
para que lo analizaran.
Los resultados eran inequívocos: un tumor maligno.
Como veterinaria, muchas veces he tenido que emitir un diagnostico triste,
ayudado a curar animales enfermos y puesto fin a los sufrimientos de los
que ya no tenían remedio, pero nunca lo había hecho con una mascota mía.
Una ultrasonografía mostró que mi gato estaba enfermo del corazón, tenia
liquido en los pulmones, hipertrofia de riñones e hígado y anomalías en
los intestinos y vejiga. El radiólogo dijo que el cáncer se le había
extendido a los pulmones y quizá a otras partes del cuerpo, y que su
sistema cardiovascular no resistiría una operación para extirparle el
tumor principal.
En pocas palabras, no había nada que hacer por el.
Era octubre cuando les di la noticia a las niñas. Con un nudo en la
garganta les dije que no creía que Simón llegaría a la Navidad.
En la mañana del día que cumplí 33 años, en noviembre, cuando acabábamos
de despertar, Simón se encaramo sobre el pecho de mi esposo, le lamió la
barbilla y ronroneo como si todo estuviera bien. Nos quedamos acostados un
rato, disfrutando de su compañía. Fue la última vez que ronroneó.
Dos días después, al despertar, tuvimos el placer de ver nevar en nuestra
templada provincia. La nieve cayo todo el día en copos grandes y tupidos
que cubrían la tierra con igual rapidez con que nosotros la quitábamos con
palas. Levante a Simón para mostrarle la nieve, y cuando lo baje, solo
pudo dar dos pasos. Lo alce otra vez y lo lleve a la alcoba, reprimiendo
el llanto. Había llegado la hora.
Esa noche, después de meter en la cama a las niñas, lleve al gato a la
cocina. Allí, tras acostarlo sobre la mesa, Ray se seco las lágrimas e
inserto una aguja en la frágil vena de aquel gato feo al que tanto
queríamos. Simón se fue placidamente de este mundo mientras yo le
acariciaba el pelo y le besaba por última vez la huesuda cabeza.
Un día, poco después, estábamos hablando de Simón, y Andrea no dejaba de
llorar, hasta que le propuse que fuéramos a ver los gatos del refugio de
animales sin dueño.
Encontramos a Mylos, un minino anaranjado con manchas blancas de cuatro
meses de edad que tenia cercenada una oreja. Lo llevamos a casa y
rápidamente nos conquisto a todos. Algunas mañanas lo veo sentado junto a
la ventana, como lo hacia Simón, y la semejanza me conmueve mucho. Mylos
no es un sustituto de mí querido gato feo: es un recordatorio de que la
vida, como el amor, sigue su curso……