Terapia
(Para “Plaquetas gatunas”)
Muchos gatos me permitieron
participar de sus vidas. Quienes no tratan íntimamente con gatos
suelen decir: «Si conoces a un gato, los conoces a todos».
Ésta es una idea equivocada. Si bien
sus comportamientos tienen varios rasgos en común, como la
necesidad de independencia, sus conductas individuales son muy
distintas, personales.
Sofía —por su parecido con Sofía
Loren— apareció en nuestras vidas como adulta joven. Ariela, mi
hija menor, la encontró debajo de un automóvil abandonado, flaca y
temerosa. Es tricolor, como sólo pueden serlo las gatas, por
aquéllo del gen del color en el cromosoma X.
Durante un tiempo Ariela le llevó
leche y otros alimentos. Poco a poco ganó su confianza, y un día,
con muchas reservas, Sofía aceptó ingresar en la familia. Nilo, el
capo, que perdió parte de su cola en algún accidente de su
infancia; Sñij (nieve en ucraniano), la gata blanca persa que de
adulta se hizo mersa, y el negro Afanancio (por su habilidad de
punguista cuando hay fiambre sobre la mesa), no tardaron en
aceptarla. Afanancio le enseñó sus trucos, pero durante la primera
quincena, cuando Maggie, la perra, la miraba fijo, la cola de la
recién llegada parecía un árbol de navidad. Luego, después de que
Sofía le marcara los límites con un par de cachetadas, también
Maggie la aceptó.
A medida que nos conocíamos nos
sorprendieron algunos rasgos de su temperamento. Sofía no
ronroneaba —no sabía hacerlo—, y no quería que le pasaran la mano
por el lomo. Si uno intentaba acariciarla, se deslizaba aplastada
contra el suelo para evitar el contacto.
A nuestro desconcierto inicial
siguió un cierto sentimiento de rechazo, por su descortesía. Pero
pronto inferimos la causa de esta extraña conducta, lo que nos
hizo quererla aún más: era evidente que Sofía se había criado
alejada de los mimos de su madre y había sobrevivido sola, quién
sabe cómo. Los etólogos de animales (como el premio Nobel Konrad
Lorentz) sostienen que las conductas genéticamente determinadas no
alcanzan su perfección si no se desarrollan en su medio social:
los horneros de incubadora hacen nidos chuecos, y los canarios
cantan pobremente si nunca escucharon cantar a sus hermanos.
En otros países hay costosos
psicólogos de animales, aunque como argentino desconfiado esto me
suena a verso. Entonces decidimos darle la única terapia de que
disponíamos: comprensión y amor.
Hoy, dos años después (Afanancio ya
no está con nosotros), Sofía sabe amasar las prendas de lana, y
está aprendiendo a ronronear, un poco estertorosamente. Cuando
quiere su comida se deja acariciar, y hasta levanta la cola para
avisarnos que allí se termina el lomo, como corresponde a una gata
que se siente realizada.
Leo Rambaut, 2005.
LeoRambaut@hotmail.com
(Cuento publicado en las Plaquetas
gatunas de la Peña del Libro).