Rosa
E. Pérez Peña
Médico
Veterinario
M.Sc.
en Estudios Humanísticos
Docente
Fundación Universitaria San Martín
Palabras claves: relación humano-animal-ambiente, relación filosofía-ciencias
animales, ética-ciencias animales,
bienestar animal-filosofía, filosofía-comprensión-ciencias
animales.
Si tenemos en cuenta que la Filosofía nos proporciona conceptos y teorías
que pueden ayudarnos a entender mejor
la realidad y a orientarnos en ella,
permitiéndonos poner en cuestión
algunos prejuicios que hasta ahora hemos aceptado como verdades indudables,
(Martínez N., 2008),
y agregamos la tesis de Pérez
Tapias (2000), de que es un producto
cultural inscrito en la dinámica
propia de la cultura humana, afectado
mutuamente por esta, podemos afirmar
que la Filosofía se expresa en las
ciencias a través de modelos de
relación que pueden ser observables fácilmente
desde las ciencias sociales, pero que
desde las ciencias naturales, como las
ciencias que tienen que ver con los
animales, es necesario desentrañar
porque se encuentran implícitos y responden a intereses, teóricos, económicos y
políticos, más que sociales o éticos.
Pérez Tapias (2000)
manifiesta que cuando se llega a
reconocer el sistema filosófico que
originó el marco teórico en el cual
nos movemos, habitamos, moramos o
residimos, hay una mayor aproximación
a la comprensión de este y se puede hallar el por qué de sus afirmaciones, causas y
consecuencias, apartándose de las
solas explicaciones técnico-instrumentales y metodológicas, que generalmente son las que
guían al profesional, lo que
le ofrece nuevas herramientas
conceptuales que podrían ayudarle a
interpretar de una manera más crítica
la relación humano-animal- ambiente,
vislumbrando otras alternativas de
acción, técnicamente realizables y
éticamente deseables.
Hablemos por ejemplo
del empirismo en la relación
humano-animal ambiente. Primero debe
indicarse que dentro de la filosofía
de la ciencia, el empirismo es una
teoría que destaca los aspectos del
conocimiento científico que están
muy relacionados con la experiencia,
haciendo de la experimentación el centro de acción (Herstein, 2008). La influencia
del empirismo comienza a fines del S.
XVI y se extiende a los largo de los
dos siglos siguientes; sus
antecedentes se remontan a Bacon,
quien busca establecer a partir de la
experimentación, leyes generales que
permitan comprobar la correspondencia
entre un fenómeno y sus consecuencias
(I.E.S.-Santa Brígida, 2005). El método
de Bacon, la inducción, propone hacer
la mente libre de todos los falsos
modos de pensar (prejuicios),
para luego emprender el estudio del
mundo mediante la cuidadosa y
repetitiva observación, la recolección
de datos y la interpretación de los
mismos (Frost S.E., 2005).
Esta característica del
empirismo se hace evidente dentro de
las ciencias animales cuando se piensa que la sola enseñanza e implementación
de la tecnología acarrea desarrollo y
su presentación como algo “útil”
es única condición para que los dueños,
poseedores o tenedores de los animales
adopten
las técnicas y recomendaciones dadas
por los profesionales, en una especie
de adiestramiento
considerado como razón
suficiente. Se generaliza priorizando
la adopción (imitación, no innovación, inclusión o generación) de tecnologías-
consideradas de punta por provenir de
países industrializados- tomándolas
como fuente de progreso y de
conocimiento, sin tener en cuenta que
muchas de ellas pueden ir en
detrimento del bienestar animal o del
medio ambiente local y las características
culturales de los involucrados.
Otra característica que se considera muy asociada
al pensamiento empirista es el individualismo
que surge como reacción a las
formas de homogenización
impuestas por la técnica y la
industria, las cuales son reforzadas
por el sistema económico capitalista
(I.E.S.-Santa Brígida, 2005). Este
individualismo se difunde
dentro de las ciencias animales a través
de las
recomendaciones profesionales que
propenden exclusivamente por prácticas
productivistas que tienen en cuenta
rendimientos económicos sectoriales y
se acompañan por metodologías de
asesoría individual dejando de lado
los impactos sociales, culturales,
medioambientales y de bienestar
animal, lo que deteriora la relación
del humano con sus semejantes y la
naturaleza. (Ansorena, 1972; Sánchez
de Puerta, 2005; Barrientos, 2002).
J. Ballesteros, Catedrático de Filosofía del
Derecho, Moral y Política de la
Universidad de Valencia y autor del
libro personalismo
ecologista, (1985) dice al
respecto que en la edad moderna se
presentan dos formas de estudiar la
relación humano-naturaleza, el
antropocentrismo tecnocrático y el
biologismo. Considera que las
percepciones de Bacon y Descartes
(empiristas) se expresan en lo que se
conoce como antropocentrismo
tecnocrático, dónde lo ecológico
es tomado como un problema
exclusivamente técnico. Visión que
sitúa al humano por fuera y sobre la
naturaleza, en una relación de
dominio –subordinación; la
naturaleza, y en ella los animales, al
servicio del hombre son fuente
inagotable de recursos que pueden ser
explotados indiscriminadamente para la
industria como mercancía. Se habla de
desarrollo por todas partes y de que este sólo puede ser producto
del progresivo dominio que el hombre
consiga ejercer sobre la naturaleza y
los animales, encaminándose todos los
esfuerzos a la adquisición,
implementación y/o disposición de máquinas
que permitan su dominio. “Hay que
tecnificar” (sinónimo de mecanizar)
se convierte en la expresión más
frecuente en los profesionales del área
de las ciencias animales.
Se exalta así de alguna manera al homo
faber (hombre productor de mercancías)
frente al homo
laborans (hombre de supervivencia)
mencionados por Locke, filósofo
empirista del S. XVII, dejando de lado
el homo
ludens de Johan Huizinga.
Incluso autores como Adam Smith y Kant
defienden indirectamente esta posición
al tratar la propiedad (territorio)
como una mercancía de libre disposición.
Bajo este esquema las personas son
vistas como productores o compradores
dentro de un sistema de economía
(Ballesteros, 1985). Esta actitud es
patente en las ciencias humanas cuando
se habla de “productores”,
estableciéndose clasificaciones-
pequeño, mediano y gran productor –
y se toman los recursos agua, suelo,
plantas y animales como “medios”
de producción, siendo las fincas o
granjas unidades
productivas. Según Tiscornia, et al.
(2005) bajo este esquema se pregonan
el mito de crecimiento sin fin, el del
desarrollo lineal y progresivo de la
tecnología, y el de una naturaleza
humana individualista y posesiva. Actualmente se cree que la mirada de la naturaleza como fuente
inagotable de materia prima condujo a
la sobreexplotación del suelo y los
animales, la desertificación y la
contaminación del agua y el aire, así
como a la pérdida de la
biodiversidad.
El toque utilitarista
Pero también se puede hablar aquí del
utilitarismo, doctrina ética basada
en que lo útil es bueno, y que llevó
a considerar como recta conducta moral
la obtención de lo que podría ser útil
sin preocuparse por los medios
empleados -en este caso sin
preocuparse por los impactos negativos
sobre unos recursos naturales que
actualmente son considerados bien común
y sobre los animales- J. Stuart Mill,
filósofo inglés del S. XIX,
adoptando la perspectiva empirista de
Bacon se convierte en el principal
defensor del utilitarismo (Salvat,
1982; Quillet, 1970).
Mill al referirse a la individualidad como uno de los elementos del bienestar del hombre señala
que el individuo no debe dar cuenta a
la sociedad por sus actos, en cuanto
estos no se refieren a los intereses
de ninguna otra persona sino a él
mismo. Considera que la existencia de
diferentes opiniones, de diferentes
maneras de vivir, es deseable pues
preserva la individualidad y se
traduce en derecho a la libertad
(Mill, 2004).
Pero la palabra libertad puede
adquirir diversos sentidos, la
libertad de,
la libertad para y la libertad de sí
mismo (Llano, 2005). El más
frecuente es la libertad de, libre arbitrio, libertad
innata
que permite estar exento de
limitaciones u obstáculos para hacer
lo que se desea; en un sentido
positivo exige deliberar frente a las
posibilidades de acción y elegir,
asumiendo la responsabilidad de dicha
elección personal, pero en un sentido negativo, individualista,
consiste exclusivamente en liberarse
de obstáculos externos para hacer lo
que se quiere aún a costa del
bienestar ajeno, conduciendo a la
indiferencia en relación con el otro
(humano o animal).
En la -libertad
para- se procura alcanzar la
autorrealización, la propia identidad
en el seno de una comunidad; toma un
sentido negativo cuando desde una
posición dogmática se busca la
satisfacción de una ilimitada
autorrealización personal sin
interesar los otros (humanos o
animales), visión propia de las teorías
del súper-hombre o de aquellas que
consideran el progreso cívico como el
producto de la adopción continuada de
tecnología y de los avances científicos,
proceso en eterno ascenso que no mira
los costos culturales y
medioambientales (Llano, 2005). Se
buscan afanosamente “niveles
de vida más satisfactorios”
(Ansorena, 1972), aquellos que
responden más a valores culturales de
los llamados agentes de cambio que a
los del homo
laborans o del ludens, transformándose la relación humano-animal-ambiente en una
búsqueda permanente del bienestar
humano representado por su
disponibilidad de tecnología.
Puede aseverarse que los enfoques empiristas
promueven un efecto
“reduccionista” en la mirada de la
relación humano-animal-ambiente, pues
sitúan la comprensión de la relación
en lo
factual; dejan por fuera la
complejidad de las acciones humanas y
por lo tanto de sus múltiples
relaciones, como también las
consecuencias implícitas que de estas
se derivan; colocan los problemas en
el nivel abstracto, en los conceptos y
teorías que se pueden inferir de las
acciones observadas excluyendo su
comprensión crítica. Básicamente la
mirada se dirige en una sola dirección:
el hombre por y sobre la naturaleza.
©
Rosa
E. Pérez Peña (2009)
Médico
Veterinario
M.Sc.
en Estudios Humanísticos
Docente
Fundación Universitaria San Martín
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