Rosa
E. Pérez Peña
Médico
Veterinario
M.Sc.
en Estudios Humanísticos
Docente
Fundación Universitaria San Martín
Palabras claves: Positivismo decimonónico, animales
de producción, granjas
experimentales, transferencia de
tecnología, bienestar animal,
bienestar humano.
Para hablar del papel del positivismo decimonónico
en la relación humano-animal de
producción-ambiente necesariamente se
tiene que mencionar los centros de
experimentación o granjas
experimentales, dónde se produce y/o
adapta la tecnología a transferir,
para lograr la modernización,
desarrollo e integración al mercado mundial. Su objetivo es
desarrollar al máximo la investigación
científica y la experimentación en
condiciones controladas y transferir
luego los resultados obtenidos a los
productores agropecuarios como
“paquetes tecnológicos”
replicables en cualquier situación.
Bajo este esquema son realizadas
actividades como estudios
agro-socio-económicos,
caracterizaciones de la producción,
generación de tecnologías en
condiciones controladas, ensayos de
finca, parcelas demostrativas o de
validación, biotecnología
(Barrientos, 2002).
El positivismo es una escuela filosófica que nace
en el S. XIX y asegura que el único
conocimiento auténtico es el científico,
y que tal conocimiento solamente puede
surgir de la afirmación positiva de
las teorías a través de la aplicación
del método científico (Herstein,
2008). Augusto Comte, filósofo Francés,
fundador
del positivismo y primero en
idear una ciencia de la sociedad, la
sociología, junto a Durkheim- quien
desarrolla el proyecto- pretende positivizar las
ciencias humanas para elevarlas al
rango de ciencias y responder así a
las demandas de los centros de
investigación de su época así como
a las demandas de quienes generaban
los recursos para su desarrollo,
tratando de ajustarlas al mismo
procedimiento de las ciencias de la
naturaleza, únicas que se
consideraban aportaban al desarrollo
militar e industrial (Smilg
Vidal, 2008).
Cuatro aspectos configuran el contenido del vocablo positivismo
acuñado por Comte; el monismo
metodológico (un solo método), el
modelo de las ciencias naturales
exactas (modelo físico-matemático),
la explicación causal o Erklären
(no la comprensión) y el interés
dominador que guía el conocimiento (Mardones, 1991). La
observación sistemática directa, la
manipulación experimental de los fenómenos
y el uso de documentos escritos como
únicas fuentes válidas de
conocimiento son algunas características
que lo acompañan (Mardones, 1991;
Torres 1995).
Entre
algunos de los problemas causados por
asumir este enfoque en la relación
humano-animal de producción-ambiente
se cuentan la ausencia de mecanismos
claros de innovación tecnológica
(tecnologías no aptas para ciertos
tipos de zonas, culturas o animales),
la separación entre las acciones de
transferencia tecnológica y la
investigación agropecuaria (producción
de tecnologías importantes para los
investigadores pero no indispensables
para los posibles usuarios de las
mismas), la ausencia de un enfoque del
desarrollo rural que permita responder
puntualmente a las necesidades y
demandas de los diferentes territorios
rurales locales (costos elevados,
contraposición a saberes locales,
desconocimiento de la tradición y las
costumbres, uso de lenguaje académico,
pérdida de la biodiversidad animal,
cultural y medioambiental) (Mora y
Fernández, 2003).
Es decir el enfoque positivista marca una
desarticulación evidente entre lo que
se produce a nivel experimental en los
centros de investigación agropecuaria
y lo que puede ser utilizado por parte
de los productores rurales
(Ramakrishna, 1985) o promueva el
bienestar animal y medioambiental. Al
centralizarse la innovación tecnológica
en la mecanización de los procesos,
el uso de agroquímicos, plaguicidas,
introducción de forrajes de alto
rendimiento y especies animales
mejoradas genéticamente, primando el
logro del incremento de la producción
y la productividad (González, 2005), la información y los productos científicos y tecnológicos
producidos en los centros
experimentales y transferidos por los
sistemas de extensión, tienden a
ensanchar aún más la diferenciación
social y a limitar las oportunidades
de generación de ingresos, de
mejoramiento continuo de la calidad de
vida de los pobladores de más bajos
ingresos restringiendo
su bienestar (Barrientos, 2002); además
contribuye a los procesos de
desertificación del territorio, la
pérdida de saberes locales en relación
con este y la utilización de los
animales como máquinas productivas en
contra del mínimo bienestar animal.
Tal como los positivistas aspiran por todos los medios a
alejarse de la realidad tratando de
conservar la “neutralidad” para
conseguir la pregonada objetividad y
validez, los profesionales que tienen
relación con los animales de producción
establecen una relación alejada del
contexto en el que trabajan, trasladan
mecánicamente unos conocimientos
obtenidos en los centros de
investigación y academia bajo unas
condiciones “ideales” a unos
“receptores” que aparentemente no
tienen conocimiento alguno, en unas
condiciones socio-económico-ambientales
no controlables; actúan con cierta indiferencia, insensibilidad, superioridad
autoritaria, asistencialismo técnico,
estableciendo una comunicación
vertical unidireccional, una extensión
“para el otro” o “sobre
el otro” tal como lo señala Freire
(1984).
Bajo esta mirada tanto los humanos, como los
animales y el medio ambiente son
considerados como “cosas”,
“hechos” y “objetos” de
estudio, sin interrelaciones más allá
de las evidentes a través la
experimentación.
Inician las críticas.
Las críticas al pensamiento positivista no es algo
reciente, puede reconocerse desde lo
que se conoce como “giro lingüístico”,
movimiento originado por Wittgenstein,
filósofo alemán, quien con la
publicación del Tractatus
logico-philosophicus (1921-1922),
intenta dar salida a los problemas no
resueltos del positivismo respecto a
la relación matemáticas- ciencia-
filosofía. Este autor expone que
sirviendo el lenguaje sólo para
“describir hechos” y compartiendo
con el mundo la misma estructura lógica,
se puede considerar la lógica como el
“lenguaje ideal”, perfecto, en el
que no existe la ambigüedad, la
multiplicidad, la equivocidad y todos
los restantes problemas que presenta
el lenguaje común, por lo cual puede
ser el “lenguaje único y
perfecto” para la ciencia.
Pero él mismo en su segunda etapa, en el “giro
pragmático”, con sus Investigaciones
Filosóficas (1953), abandona esta
idea admitiendo que el significado del
lenguaje no sólo depende de su análisis
lógico, sino también del uso que los
hablantes hacen de él; por lo tanto
una misma secuencia lingüística
puede tener distintos significados
dependiendo del uso particular dado,
lo que dificulta la interpretación y
comprensión de los hechos humanos
(Wittgenstein, 1981, 1997).
Dificultad que también esta presente en la relación
humano-animal-medioambiente, dada la
influencia que puede ejercer el
lenguaje utilizado por los
profesionales frente al lenguaje común
de los propietarios, dueños,
poseedores o tenedores de los animales
y la comprensión de los significados,
que permite afirmar que el lenguaje
científico utilizado por muchos
profesionales y técnicos que trabajan
con animales, muchas veces no es
comprendido y asumido por los
propietarios, dueños, poseedores o
tenedores de los animales, pues se
localiza muy lejos de sus significados
y significaciones cotidianos
(Delgado, 2004), así como el sentido
que le dan a “poseer” un animal
puede no concordar con el que el
profesional tiene en su imaginario, lo
que dificulta el establecimiento de
las acciones necesarias para lograr
las intervenciones que el profesional
recomienda.
Adicionalmente
en 1923 el Instituto de Investigación
Social, vinculado a la Universidad de
Frankfurt, intenta devolverle a la
ciencia su carácter crítico-analítico,
exponiendo la importancia, cada vez
mayor, de lo simbólico y lo cultural
(Reyes, 2004). De este Instituto,
hacia 1932, nace la Escuela de Frankfurt que rechaza el hecho que los enunciados tengan
que ser comprobados para ser
aceptados, considerando que esta idea
fue desarrollada desde una sociedad
enfocada en las técnicas de producción
industrial y condicionada a ver lo
meramente tecnológico.
Su trabajo se centra en la “Teoría Crítica” de
Horkheimer (filósofo y sociólogo
alemán) la cual afirma que el
positivista no advierte que su hacer,
pensar, ver, percibir, está mediado
por la sociedad en que vive y por lo
tanto sus teorizaciones no se pueden
desvincular del contexto histórico-social-económico-político-ambiental
en el cual se dan, siendo una falacia
el ideal de la ciencia positiva
respecto a que sus resultados están
garantizados, en relación con su
verdad, por un método formal que los
hace independientes de las condiciones
que los rodean. A
este conjunto de condicionantes
Horkheimer y Adorno (sucesor del
primero) los denominan totalidad
social (Thiebaut,
2000).
La Teoría Crítica será retomada posteriormente por Jürgen Habermas (1929), pensador, sociólogo
y filósofo alemán, estudiante de la
Escuela de Frankfurt, quien elabora
una teoría crítica de la sociedad
fundada en los conceptos de una
acción comunicativa, base de su
teoría de la ética discursiva,
importante en los procesos
comunicativos.
Estas críticas al
pensamiento positivista permiten que
se inicie a hablar de la importancia
de los símbolos y los significados,
así como de la intersubjetividad, diálogo
intersubjetivo y saberes locales, de
sujetos, procesos y sistemas,
conceptos todos elementales dentro de
la comprensión de la complejidad de
la relación
humano-animal-medioambiente.
©
Rosa
E. Pérez Peña (2009)
Médico
Veterinario
M.Sc.
en Estudios Humanísticos
Docente
Fundación Universitaria San Martín
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