Rosa
E. Pérez Peña
Médico
Veterinario
M.Sc.
en Estudios Humanísticos
Docente
Fundación Universitaria San Martín
Palabras claves: Símbolos y significados,
interpretación relación
humano-animal-medioambiente, comprensión
relación humano-animal-ambiente,
Hablar de signos, significados y significaciones
tiene mucho que ver con los autores y
corrientes provenientes del giro
lingüístico, ilustrado
anteriormente, quienes coinciden en señalar,
como lo indica Alegre (2002), que el
lenguaje no es un simple medio, ni
tampoco un vehículo transparente o
elemento accesorio para mostrar lo que
se piensa, sino que posee una
identidad propia que impone límites y
determina las formas de pensar y
apropiar la realidad,
expresadas a través de formas de
hacer muy particulares.
Vemos por ejemplo como en
el giro
pragmático, del segundo Wittgenstein, se
busca la investigación de los usos
que del lenguaje se hace, más que de
las formas científicas subyacentes en
él y de los factores sociales tras
las expresiones lingüísticas, antes
que de los aspectos formales de los
actos lingüísticos y en lo que se
conoce como el
giro hermenéutico, Heidegger,
Gadamer, Ricoeur y Vattimo reconocen
el papel que juega el lenguaje en la
posibilidad de conocer y comprender el
mundo, creyendo que es en lo simbólico
donde los actos adquieren significado
(Mardones, 1991).
Es
precisamente por no entender lo simbólico
desde esta perspectiva - con lo que
sus símbolos y significados
representan- que los programas
implementados para mejorar o cambiar
algunos tipos de relación
humano-animal-ambiente han sido
duramente criticados, pues se dirigen
exclusivamente a la transmisión de
unos contenidos técnicos, definidos
de manera unilateral por los expertos
desde falencias teórico-técnico-económicas
y no desde realidades concretas,
haciendo de la participación de los
dueños, poseedores o tenedores de
animales algo pasivo o convirtiéndolos
en “barreras” a vencer.
Seguramente si esta labor se pudiese desarrollar
desde el acercamiento a la comprensión
de los significados que rodean las
diferentes formas de pensar y hacer en
relación con las dinámicas
humano-animal-medioambiente
consideradas tradicionales, así como
de las expresiones llamadas
“populares”, estas adquirirían un
valor diferente al que se le dio desde
la mirada teórico-técnica-productiva,
y los calificativos de
“atrasadas”,
“subdesarrolladas”, no las definirían
tan exactamente como se quiso y se
advertiría la posibilidad no sólo de
cambiar (metamórficamente) la relación,
sino de conocerla, interpretarla,
analizarla y establecer acciones que
permitan conservar las prácticas
existentes si son aceptables,
modificarlas si existen algunas que no
lo son o cambiarlas si en realidad
atentan contra el humano, el animal o
el medio ambiente, sin buscar “un
ideal” universal, sino la mejor
situación posible dentro de las
condiciones reinantes donde la relación
se da (apreciación personal).
Gadamer, filósofo alemán (1900-2002), afirma que toda
comprensión surge del diálogo, pues
generalmente cuando se quiere llegar a
un acuerdo de sentido sobre un hecho o
acción, se utilizan las palabras;
“sólo cuando es posible ponerse de
acuerdo lingüísticamente en virtud
del hablar unos con otros, puede
convertirse en problema la comprensión”
afirma (Mardones, 1991:291). P. Winch
agrega, que para hallar el significado
de las palabras
se debe partir de las reglas
propias de uso a que éstas son
sometidas socialmente. Criterios que
no han sido claros en los diferentes
programas que se establecen para
caracterización, estudio e intervención
de las problemáticas que afectan la
relación humano-animal-medioambiente,
pues aún en muchas ocasiones se busca
transmitir
conocimientos, valores y normas que no
guarda relación con el contexto
socio-cultural-ambiental en el que se
actúa; incluso los temas
son seleccionados por los
profesionales o técnicos y centran su
interés en lo técnico-económico sin
tener en cuenta los intereses de las
personas dueñas, poseedoras o
tenedoras de los animales, desarrollándose
eventos para responder a unas metas
estadísticas, sin establecer procesos
de evaluación o seguimiento
participativos, importando más el número
de eventos alcanzado que los cambios
obtenidos.
Podría decirse que más que un diálogo, la
capacitación ha sido y continúa
siendo una especie de charla magistral
no un proceso de “formación”. Se
aboga porque la participación no se
limite sólo a la colaboración con
las ideas que presenta el profesional
o técnico, la educación o capacitación
para mejorar la relación
humano-animal-medioambiente debe tomar
al hombre como sujeto de su
propio desarrollo dentro de su
comunidad, dirigiéndose a lograr su
desarrollo pleno como persona,
proveyendo el espacio para su
participación responsable en
decisiones y acciones, es decir
permitiéndole ejercer libremente su
capacidad decisoria; pero considero la
debilidad de todas estas propuestas se
encuentra en la formación
profesional, estructurada para la
transmisión vertical del
conocimiento, donde uno sabe y los demás
no, dónde uno posee el
“conocimiento”, desconociendo las
diferencias que ante este se puedan
dar.
©
Rosa
E. Pérez Peña (2009)
Médico
Veterinario
M.Sc.
en Estudios Humanísticos
Docente
Fundación Universitaria San Martín
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