ROSA ELSA PÉREZ PEÑA Médico Veterinaria Homeópata Universidad Nacional de Colombia  
                                          
    
                      M.Sc. en Estudios Humanísticos Docente Fundación Universitaria San Martín


  


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Rosa E. Pérez Peña

Médica Veterinaria Homeópata Universidad Nacional de Colombia

Candidata Maestría estudios Humanísticos ITESM-Virtual México.

Diplomada en Métodos Cualitativos y Participativos de Investigación Social UNAD

Estudios en Comunicación Social Comunitaria UNAD

Docente Universitaria de Etnoveterinaria y Comunicación Social Comunitaria Facultad MVZ-FUSM Bogotá.

Docente Universitaria de Etnoveterinaria Y Terapias alternativas Facultad MVZ-ULS  

M.Sc. en Estudios Humanísticos

Docente Fundación Universitaria San Martín




PAPEL DE LA FILOSOFIA EN LA RELACIÓN

 HUMANO-ANIMAL-MEDIO AMBIENTE
.
©2009
 

La importancia de conceptos como cultura, interculturalidad y
transculturalidad
 


 


 

Rosa E. Pérez Peña

Médico Veterinario

 M.Sc. en Estudios Humanísticos

Docente Fundación Universitaria San Martín

 

En ocasiones cuando se intentan establecer acciones para mejorar la relación humano-animal-ambiente, se busca romper las resistencias culturales para generar cambios, pretendiendo unos cambios de tipo metamórfico, según la clasificación de Sánchez Gamboa (1998), donde las prácticas comunes o habituales deben desaparecer para dar lugar a unas nuevas a través del cambio permanente de conducta de quien las ejercita.

Sánchez y Erbetta et al (2008), al analizar históricamente el trabajo de las instituciones gubernamentales en la extensión rural, por tomar el ejemplo de lo productivo,  manifiestan que cada uno de los actores necesita de una intervención específica, algunos requerirán  transferencia de tecnología y convenios de vinculación tecnológica, mientras otros de unas propuestas de corte participativo que les permitan acercarse a la comprensión integral de las situaciones y con ella a la inclusión en la toma de decisiones. Presno Amodeo (2006), amplía un poco más el panorama señalando la importancia no sólo de establecer metodologías alternativas sino de la construcción de relaciones de tipo horizontal y el apoyo para la emergencia o consolidación de las mismas. Lo que en definitiva lleva a la necesidad de “comprender” no sólo explicar lo cultural.

Romero Morett (2003), Licenciado en Filosofía y Doctor en Educación mexicano, aclara que aunque nos encontremos inmersos en contextos culturales, no significa que tengamos claro que las actitudes, los gestos, valores, y expresiones materiales que vivimos, están rodeados de cargas de significaciones, esto como consecuencia de nuestra pobre noción de cultura desprovista de su enfoque sígnico-simbólico característico. Para Romero la cultura no es otra cosa que la sociedad misma vista en su dimensión simbólica, luego si deseamos entender los acontecimientos colectivos -como las formas de relación humano-animal-medioambiente- es necesario desentrañar sus cargas de significación, para lo cual no basta el sentido común (que también tienen los profesionales), tan lleno de prejuicios, es preciso un análisis detallado producto de reflexiones teóricas provenientes de la relación sociedad-ambiente-cultura-filosofía. El concepto cultura ha sido y sigue siendo objeto de múltiples definiciones, de aquí la necesidad de incursionar tanto en su definición semántica como antropogénica y semiótica.

 

De los conceptos de cultura.

Siguiendo a Giménez (s.a.) en su teoría y análisis de la cultura, la etimología  y la historia semántica del término admite dos acepciones, las que se refieren a la acción o proceso de cultivar, donde caben significados tales como formación, educación “paideia”, “cultura animi”, “cultura vitae”; y las que se refieren al estado de lo que ha sido cultivado, primero las  asociadas a estados subjetivos,  como buen gusto, hábitos o maneras distinguidas, modelos de comportamiento, acervo de conocimientos, estilos de vida, “habitus” o “ethos cultural” en el sentido de Bourdieau- sociólogo francés que contribuyó a desestigmatizar ciertas concepciones de tinte racista en practicas rituales, tradiciones matrimoniales y sexuales de algunas culturas- y segundo las asociadas a estados objetivos, como cuando se habla de “patrimonio” cultural, material, científico, artístico, literario, entre otros. Históricamente hasta el siglo XV predomina el sentido activo del término haciendo referencia al cultivo de las facultades o capacidades humanas, con una connotación fuertemente elitista e individualista.

En el Siglo XVIII los filósofos alemanes lo sitúan en lo colectivo, confiriéndole un sentido totalizante; pasa a ser un ideal de vida colectiva que abarca la totalidad de las acciones humanas o un vasto conjunto de rasgos histórico-sociales que caracteriza una nación y garantiza la identidad de los pueblos y bajo el nombre de civilización promueve valores utilitaristas burgueses basados en el progreso material. Con esta mirada en el siglo XIX se suscitan  dicotomías, buen gusto/mal gusto, distinguido/bajo, civilizado/ bárbaro, valioso/trivial, nuevo/antiguo. A partir de 1900 se abre una fase de institucionalización de la cultura, apareciendo los agregados culturales, casa de la cultura, institutos culturales. Giménez hace una observación crítica a estas miradas semánticas, pues considera que dicotomías como cultura/incultura, moderno/tradicional, son discriminatorias y excluyentes y responden a visiones jerarquizantes, restrictivas y etnocéntricas.

Desde la definición antropogénica, introducida por Edward Burnet Tylor en 1871, y citada por el mismo Giménez (s.a.), la cultura es “el conjunto complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, la costumbre y cualquier otra capacidad o hábitos adquiridos por el hombre en cuanto miembro de la sociedad”, por lo tanto encierra la expresión de hábitos sociales y sus productos intelectuales o materiales sin establecer algún tipo de jerarquía entre ellos.

A partir de los años treinta, se acentúa en esta definición una dimensión normativa, hablándose de modelos, parámetros, esquemas o sistemas de reglas o comportamientos sociales, que el antropólogo francés Lévi-Strauss piensa ofrecen a los fenómenos sociales un carácter sígnico, el cual puede ser estudiado como un sistema. Para él la sociedad se estructura con base en las estructuras mentales de sus individuos [el Pensamiento Colectivo de Durkheim], las cuales al ser expuestas  pueden relacionarse entre sí a través de los signos y señales de carácter simbólico que allí se dan. Vincula de este modo el mundo de los símbolos, convirtiéndose en el precursor de la concepción semiótica planteada por Clifford Geertz (Giménez, s.a.) y afirma que la explicación científica de los hechos sociales no consiste por tanto en la reducción de lo complejo a lo simple, como se cree,  pues en el estudio del hombre la explicación a menudo consiste  en sustituir cuadros a primera vista simples por unos más complejos, porque lo que el hombre es puede estar entretejido con el lugar de dónde es y con lo que él cree y expresa que es de una manera inseparable (Geertz, 2000).

Tanto Clifford Geertz en la interpretación de las culturas y Pérez Tapias en Filosofía y Crítica de la Cultura, integran el concepto al hombre. Coinciden en afirmar que no se puede hablar de una “cultura universal”, mirada eurocéntrica y restrictiva, pues la naturaleza humana no sólo responde a una naturaleza biológica, sino que abarca tanto lo objetivo como subjetivo, siendo preciso tener en cuenta esta totalidad sin reduccionismos. Para Pérez Tapias (2000) fue la evolución biológica la que condujo al hombre hasta el umbral en que estuvieron dadas las condiciones de lo cultural, pues gracias a la configuración de características orgánicas, fisiológicas y conductuales se produjeron el desarrollo y complejización del cerebro, accediéndose a la constante innovación tecnológica, complejización de las relaciones y potencialización del lenguaje simbólico.

Susodicha complejización cerebral (mencionada en estos términos por Pérez Tapias), deriva de los múltiples factores que exigen al hombre construir complejos sistemas de respuesta que exceden lo meramente instintivo, sistemas que tienen que ser aprendidos e interiorizados por el colectivo para su pervivencia, a los que se les ha nombrado como memoria social, herencia social, capital social o habitus, tan importantes como la biología y expresados en pautas, instituciones, conocimientos, instrumentos, lenguajes, modos de acción, en general  cultura (Pérez Tapias, 2002).

La cultura desde esta definición compleja aborda tres grandes problemáticas, los códigos sociales, la producción del sentido con sus representaciones o visiones del mundo y su interpretación o “reconocimiento” (Giménez, s.a.).  Todo acercamiento intercultural de un hecho social por tanto debe incluir no sólo el conocimiento del mismo sino su profundización, interpretación análisis y reconocimiento, que lo hace inteligible ante los “ojos” de los demás. Giménez (s.a.) afirma que la problematización de la cultura surge en la antropología, de una preocupación esencialmente interpretativa frente al interés por comprender las costumbres observadas en sociedades diferentes a la propia.

Comprender al “otro”: Intersubjetividad.

Considero muy vigente el texto de Buber (1878-1965), filósofo, teólogo y escritor judío, sobre todo su obra Yo y tú (1922), quién haciendo una diferenciación en las relaciones que establecen los hombres, nombra por un lado las relaciones directas o mutuas , a las que llama “relación Yo-tú” o del diálogo, donde el hombre como ser social por naturaleza instaura como relación primera aquella que establece con otro igual a él, actitud que le da una dimensión interhumana, interpersonal y que permite confirmar a la otra como valor único (Buber,1999). 

Por otro lado habla de unas relaciones indirectas o utilitarias, denominadas yo-él o del monólogo, en las que se conoce y utiliza a los demás pero no se les ve ni valora por sí mismos y se acerca a la relación con “objetos”. Esta relación  se establece en términos yo-él / yo-ellos donde se “cosifican”, las personas, los animales, los hechos sociales,  actuando el Yo-humano aislado. Agrega Buber que únicamente cuando el individuo reconoce al otro en toda su alteridad, como se reconoce a sí mismo como hombre, es que puede darse una relación incluyente, de respeto y de participación. 

© Rosa E. Pérez Peña (2009)

Médico Veterinario

 M.Sc. en Estudios Humanísticos

Docente Fundación Universitaria San Martín

BIBLIOGRAFIA

Buber Martín (1999). Yo y Tú. 1ª edición. Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires.

Geertz Clifford (2000). La interpretación de las culturas. Editorial Gedisa. 10ª edición. Barcelona.

 

Giménez M. Gilberto. La teoría y análisis de la cultura. Capítulo: “La problemática de la cultura en las ciencias sociales”. (pp. 1-113) SEP Universidad de Guadalajara. Consejo Mexicano de Ciencias Sociales. México.

Pérez Tapias José Antonio (2000). Filosofía y crítica de la cultura. Editorial Trotta.

Ricoeur P. (1996). Sí mismo como otro. Editorial Siglo XXI.

Romero Morett Miguel (2006). “El humanismo en las universidades”. En: Revista Querens. Nº 19. Editorial Universidad del Valle de Atemajac. México.

Sánchez Gamboa Silvio (1998). La investigación como estrategia de innovación educativa. Los abordajes prácticos (pp. 79-105). En Seminario Internacional de Investigación Educativa e Innovación. Memorias. Editorial magisterio. Colombia.

DOCUMENTOS ELECTRONICOS

Sánchez Sonia. Erbetta Hugo (2008) Aproximación a un concepto de Extensión Rural como base para la formación del grado universitario. Facultad de Ciencias Agrarias, Universidad Nacional del Litoral, en convenio con el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria. Tomado del Internet  febrero de 2009. agr.unne.edu.ar/Extension/JorRural/Aprox_a_un_concepto_de_ext_rural-ponencia.pdf

 

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