Rosa
E. Pérez Peña
Médico
Veterinario
M.Sc.
en Estudios Humanísticos
Docente
Fundación Universitaria San Martín
En
ocasiones cuando se intentan
establecer acciones para mejorar la
relación humano-animal-ambiente, se
busca romper las resistencias
culturales para generar cambios,
pretendiendo unos cambios de tipo
metamórfico, según la clasificación
de Sánchez Gamboa (1998), donde las
prácticas comunes o habituales deben desaparecer
para dar lugar a unas nuevas a
través del cambio permanente de
conducta de quien las ejercita.
Sánchez
y Erbetta et al (2008), al analizar
históricamente el trabajo de las
instituciones gubernamentales en la
extensión rural, por tomar el ejemplo
de lo productivo, manifiestan que cada uno de los actores necesita de una
intervención específica, algunos
requerirán transferencia de tecnología y convenios de vinculación
tecnológica, mientras otros de unas
propuestas de corte participativo que
les permitan acercarse a la comprensión
integral de las situaciones y con ella
a la inclusión en la toma de
decisiones. Presno Amodeo (2006), amplía
un poco más el panorama señalando la
importancia no sólo de establecer
metodologías alternativas sino de la
construcción de relaciones de tipo
horizontal y el apoyo para la
emergencia o consolidación de las
mismas. Lo que en definitiva lleva a
la necesidad de “comprender” no sólo
explicar lo cultural.
Romero
Morett (2003), Licenciado
en Filosofía y Doctor en Educación
mexicano, aclara que aunque nos
encontremos inmersos en contextos
culturales, no significa que tengamos
claro que las actitudes, los gestos,
valores, y expresiones materiales que
vivimos, están rodeados de cargas de
significaciones, esto como
consecuencia de nuestra pobre noción
de cultura desprovista de su enfoque sígnico-simbólico
característico. Para Romero la
cultura no es otra cosa que la
sociedad misma vista en su dimensión
simbólica, luego si deseamos entender
los acontecimientos colectivos -como
las formas de relación
humano-animal-medioambiente- es
necesario desentrañar sus cargas de
significación, para lo cual no basta
el sentido común (que también tienen
los profesionales), tan lleno de
prejuicios, es preciso un análisis
detallado producto de reflexiones teóricas
provenientes de la relación
sociedad-ambiente-cultura-filosofía.
El concepto cultura ha sido y sigue
siendo objeto de múltiples
definiciones, de aquí la necesidad de
incursionar tanto en su definición
semántica como antropogénica y semiótica.
De
los conceptos de cultura.
Siguiendo
a Giménez (s.a.) en su
teoría y análisis de la cultura,
la etimología y la historia semántica del término admite dos acepciones,
las que se refieren a la acción o
proceso de cultivar, donde caben
significados tales como formación,
educación “paideia”, “cultura
animi”, “cultura vitae”; y las
que se refieren al estado de lo que ha
sido cultivado, primero las
asociadas a estados subjetivos,
como buen gusto, hábitos o
maneras distinguidas, modelos de
comportamiento, acervo de
conocimientos, estilos de vida,
“habitus” o “ethos cultural”
en el sentido de Bourdieau- sociólogo
francés que contribuyó a
desestigmatizar ciertas concepciones
de tinte racista en practicas
rituales, tradiciones matrimoniales y
sexuales de algunas culturas- y
segundo las asociadas a estados
objetivos, como cuando se habla de
“patrimonio” cultural, material,
científico, artístico, literario,
entre otros. Históricamente hasta el
siglo XV predomina el sentido activo
del término haciendo referencia al
cultivo de las facultades o
capacidades humanas, con una connotación
fuertemente elitista e individualista.
En
el Siglo XVIII los filósofos alemanes
lo sitúan en lo colectivo, confiriéndole
un sentido totalizante; pasa a ser un
ideal de vida colectiva que abarca la
totalidad de las acciones humanas o un
vasto conjunto de rasgos histórico-sociales
que caracteriza una nación y
garantiza la identidad de los pueblos
y bajo el nombre de civilización
promueve valores utilitaristas
burgueses basados en el progreso
material. Con esta mirada en el siglo
XIX se suscitan
dicotomías, buen gusto/mal
gusto, distinguido/bajo, civilizado/ bárbaro,
valioso/trivial, nuevo/antiguo. A
partir de 1900 se abre una fase de
institucionalización de la cultura,
apareciendo los agregados culturales,
casa de la cultura, institutos
culturales. Giménez hace una
observación crítica a estas miradas
semánticas, pues considera que
dicotomías como cultura/incultura,
moderno/tradicional, son
discriminatorias y excluyentes y
responden a visiones jerarquizantes,
restrictivas y etnocéntricas.
Desde
la definición antropogénica,
introducida por Edward Burnet Tylor en
1871, y citada por el mismo Giménez
(s.a.), la cultura es “el conjunto
complejo que incluye el conocimiento,
las creencias, el arte, la moral, el
derecho, la costumbre y cualquier otra
capacidad o hábitos adquiridos por el
hombre en cuanto miembro de la
sociedad”, por lo tanto encierra la
expresión de hábitos sociales y sus
productos intelectuales o materiales
sin establecer algún tipo de jerarquía
entre ellos.
A
partir de los años treinta, se acentúa
en esta definición una dimensión
normativa, hablándose de modelos, parámetros,
esquemas o sistemas de reglas o
comportamientos sociales, que el
antropólogo francés Lévi-Strauss
piensa ofrecen a los fenómenos
sociales un carácter sígnico, el
cual puede ser estudiado como un
sistema. Para él la sociedad se
estructura con base en las estructuras
mentales de sus individuos [el
Pensamiento Colectivo de Durkheim],
las cuales al ser expuestas
pueden relacionarse entre sí a
través de los signos y señales de
carácter simbólico que allí se dan.
Vincula de este modo el mundo de los símbolos,
convirtiéndose en el precursor de la
concepción semiótica planteada por
Clifford Geertz (Giménez, s.a.) y
afirma que la explicación científica
de los hechos sociales no consiste por
tanto en la reducción de lo complejo
a lo simple, como se cree, pues en el estudio del hombre la explicación a menudo
consiste
en sustituir cuadros a primera
vista simples por unos más complejos,
porque lo que el hombre es puede estar
entretejido con el lugar de dónde es
y con lo que él cree y expresa que es
de una manera inseparable (Geertz,
2000).
Tanto
Clifford Geertz en la interpretación
de las culturas y Pérez Tapias en
Filosofía y Crítica de la Cultura, integran
el concepto al hombre.
Coinciden
en afirmar que no se puede hablar de
una “cultura universal”, mirada
eurocéntrica y restrictiva, pues la
naturaleza humana no sólo responde a
una naturaleza biológica, sino que
abarca tanto lo objetivo como
subjetivo, siendo preciso tener en
cuenta esta totalidad sin
reduccionismos. Para Pérez Tapias
(2000) fue la evolución biológica la
que condujo al hombre hasta el umbral
en que estuvieron dadas las
condiciones de lo cultural,
pues
gracias a la configuración de
características orgánicas, fisiológicas
y conductuales se produjeron el
desarrollo y complejización del
cerebro, accediéndose a la constante
innovación tecnológica, complejización
de las relaciones y potencialización
del lenguaje simbólico.
Susodicha
complejización cerebral (mencionada
en estos términos por Pérez Tapias),
deriva de los múltiples factores que
exigen al hombre construir complejos
sistemas de respuesta que exceden lo
meramente instintivo, sistemas que
tienen que ser aprendidos e
interiorizados por el colectivo para
su pervivencia, a los que se les ha
nombrado como memoria
social, herencia
social, capital social o habitus,
tan importantes como la biología y
expresados en pautas, instituciones,
conocimientos, instrumentos,
lenguajes, modos de acción, en
general
cultura (Pérez Tapias, 2002).
La
cultura desde esta definición
compleja aborda tres grandes problemáticas,
los códigos sociales, la producción
del sentido con sus representaciones o
visiones del mundo y su interpretación
o “reconocimiento” (Giménez,
s.a.). Todo
acercamiento intercultural de un hecho
social por tanto debe incluir no sólo
el conocimiento del mismo sino su
profundización, interpretación análisis
y reconocimiento, que lo hace
inteligible ante los “ojos” de los
demás. Giménez (s.a.) afirma que la
problematización de la cultura surge
en la antropología, de una preocupación
esencialmente interpretativa frente al
interés por comprender las costumbres
observadas en sociedades diferentes a
la propia.
Comprender
al “otro”: Intersubjetividad.
Considero
muy vigente el texto de Buber
(1878-1965), filósofo, teólogo y
escritor judío, sobre todo su obra Yo
y tú (1922), quién haciendo una
diferenciación en las relaciones que
establecen los hombres, nombra por un
lado las relaciones directas o mutuas
, a las que llama “relación Yo-tú”
o del diálogo, donde el hombre como
ser social por naturaleza instaura
como relación primera aquella que
establece con otro igual a él,
actitud que le da una dimensión
interhumana, interpersonal y que
permite confirmar a la otra como valor
único (Buber,1999).
Por
otro lado habla de unas relaciones
indirectas o utilitarias, denominadas
yo-él o del monólogo,
en las que se conoce y utiliza a los
demás pero no se les ve ni valora por
sí mismos y se acerca a la relación
con “objetos”. Esta relación
se establece en términos yo-él
/ yo-ellos donde se “cosifican”,
las personas, los animales, los hechos
sociales, actuando
el Yo-humano aislado. Agrega Buber que
únicamente cuando el individuo
reconoce al otro en toda su alteridad,
como se reconoce a sí mismo como
hombre, es que puede darse una relación
incluyente, de respeto y de
participación.
©
Rosa
E. Pérez Peña (2009)
Médico
Veterinario
M.Sc.
en Estudios Humanísticos
Docente
Fundación Universitaria San Martín
BIBLIOGRAFIA
Buber
Martín (1999). Yo y Tú. 1ª edición.
Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires.
Pérez
Tapias José Antonio (2000). Filosofía
y crítica de la cultura. Editorial
Trotta.
Ricoeur
P. (1996). Sí mismo como otro.
Editorial Siglo XXI.
Romero
Morett Miguel (2006). “El humanismo
en las universidades”. En: Revista
Querens. Nº 19. Editorial Universidad
del Valle de Atemajac. México.
Sánchez
Gamboa Silvio (1998). La investigación
como estrategia de innovación
educativa. Los abordajes prácticos
(pp. 79-105). En Seminario
Internacional de Investigación
Educativa e Innovación. Memorias.
Editorial magisterio. Colombia.
DOCUMENTOS
ELECTRONICOS
Sánchez
Sonia. Erbetta Hugo (2008) Aproximación
a un concepto de Extensión Rural como
base para la formación del grado
universitario. Facultad de Ciencias
Agrarias, Universidad Nacional del
Litoral, en convenio con el Instituto
Nacional de Tecnología Agropecuaria.
Tomado del Internet
febrero de 2009. agr.unne.edu.ar/Extension/JorRural/Aprox_a_un_concepto_de_ext_rural-ponencia.pdf
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