ROSA ELSA PÉREZ PEÑA Médico Veterinaria Homeópata Universidad Nacional de Colombia  
                                          
    
                      M.Sc. en Estudios Humanísticos Docente Fundación Universitaria San Martín


  


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Rosa E. Pérez Peña

Médica Veterinaria Homeópata Universidad Nacional de Colombia

Candidata Maestría estudios Humanísticos ITESM-Virtual México.

Diplomada en Métodos Cualitativos y Participativos de Investigación Social UNAD

Estudios en Comunicación Social Comunitaria UNAD

Docente Universitaria de Etnoveterinaria y Comunicación Social Comunitaria Facultad MVZ-FUSM Bogotá.

Docente Universitaria de Etnoveterinaria Y Terapias alternativas Facultad MVZ-ULS  

M.Sc. en Estudios Humanísticos

Docente Fundación Universitaria San Martín




POR QUÉ NO DEBÍ SER VETERINARIA.

REFLEXIONES PERSONALES

 

 


 

Rosa Elsa Pérez Peña

MV - Homeópata

MSc. En Estudios Humanísticos con Especialidad en Ética

Diplomada en Métodos cualitativos y participativos de Investigación Social

Etnoveterinaria

 

Después de veintidós (22) años de ejercicio profesional y haciendo un recuento de mi vida como médica veterinaria he llegado a la conclusión de que tal vez no debí ser veterinaria. Recordando mis primeros pasos en la formación de pregrado debí sospecharlo cuando en la clase de biología (hoy área de formación básica), me pidieron llevar un sapo (Bufo bufo) para desarrollar una práctica de laboratorio, dónde se realizaría la disección del mismo para observar en “vivo y directo” el funcionamiento del corazón, pulmones y sistema músculo esquelético. Por razones obvias, la calificación, compré mi animalito en otra distinguida universidad bogotana, dónde se conseguían todos los “implementos” y guías de laboratorio.

Cuál no sería mi sorpresa al llegar preparada a la clase, después de cuidar durante todo un día el sapito, encontrarme con que dichas disecciones eran en realidad en “vivo”, es decir descerebrábamos al animal utilizando una aguja, se introducía en la base del cerebro para desensibilizarlo, luego se procedía a abrirlo ventralmente con un bisturí, se despejaban los órganos a estudiar, se hacían las observaciones y análisis correspondientes y finalmente se le quitaba la vida. Después de dicha explicación y antes de iniciar el “procedimiento”, mi corazón se encogió, el estómago me dolió y busqué sin pensarlo la ventana más cercana, disimuladamente (y después que verificaran que sí había llevado mi sapo para la práctica) dejé caer la caja en la que lo traía, con todo y animal adentro. Al finalizar la clase la recogí y finalmente lo liberé en una zona campestre. Hoy en día sé que no debí hacer esto “tampoco”, pues estos animalitos no eran nativos de mi país y posteriormente se convirtieron en plaga. Así que sin darme cuenta me convertí en una de las causantes del problema.

Siguiendo mi memoria también recuerdo “otro indicio” que debí acatar a su debido tiempo. Tenía que ver con lo relacionado con la clase de fisiología y de toxicología (hoy área profesional), dónde aprendí cómo funcionaba el cuerpo (animal).Me maravillaba, todos esos sistemas, tan perfectos, tan organizados, vaya las células saben lo que hacen, pensaba. Igualmente me gustaba aprender cuán sabio era el organismo para enfrentarse a todas esas sustancias que podrían causarle efectos nocivos. Pero mis queridos profesores, quizás preocupados porque las cosas fueran más “experienciales”, incluyeron en mi formación las prácticas. En ellas se nos proporcionaba un animal (doméstico) de diferente especie, al cual debíamos suministrarle, ya sea por vía oral, intravenosa, subcutánea o intramuscular,  sustancias que causaban efectos “nocivos”, bien porque no era la dosis recomendada o porque actuaban como venenos o tóxicos. La finalidad era observar los signos y síntomas que se producían y desarrollar inmediatamente el tratamiento “adecuado” para su recuperación. Todos debíamos hacerlo. Lo que no sabía era que estando en quinto o séptimo semestre (ya no recuerdo), las habilidades mías y de mis compañeros para canalizar una vena eran tan deficientes y  se agravaban aún más viendo las convulsiones del animal, su cianosis, taquicardia, salivación profusa y demás signos. Por supuesto muchos de los animales se murieron durante la práctica, sobre todo aquellos enfrentados a las sustancias más activas química y fisiológicamente. Me correspondió, junto a un compañero,  “administrar” a una oveja cianuro. Aunque los dos teníamos la mejores intenciones, nunca encontramos la vena yugular a tiempo, mucho menos pudimos suministrarle el tratamiento adecuado para estos casos. De eso sólo me quedó el “remordimiento” y una sensación en el fondo de que quizás había “asesinado” un animal. Sobre  esto no se podía hablar públicamente y menos si se era mujer, porque esas “sensiblerías” sólo podían conducir a la burla general de mis compañeros y la mirada acusadora de mis profesores.

Creo que continúe debido a la terquedad que identifica mi carácter. Por las casualidades de la vida estando en sexto semestre (estoy hablando del siglo pasado), conocí estudiantes de psicología que desarrollaban prácticas de comportamiento animal en instalaciones cercanas a las de mi facultad. Entablé relación con ellos, los acompañé a sus prácticas y a través de ellos llegué al profesor encargado, quien me permitió asistir a sus clases. Lo hice por cinco semestres seguidos. Allí nació mi curiosidad por términos y conceptos relacionados con las pautas motoras, las pautas motoras fijas, el comportamiento natural, el comportamiento alterado, la etología, etc. y por conocer más sobre Konrad Lorenz y Tinbergen. Una luz de esperanza para mí, quizás podría aplicar en este espacio pensé. La oportunidad se vislumbró el día en que el profesor encargado de organizar charlas de casos clínicos y demás temas de interés en el auditorio de la facultad- a las cuales asistían tanto estudiantes como docentes interesados en el tema que se discutía- dijo que para el siguiente encuentro mi compañera y yo éramos las responsables. Convencí a mi compañera de invitar al profesor de etología. Hicimos los avisos respectivos, extendimos las invitaciones correspondientes, preparamos el auditorio y recibimos a nuestro invitado. Pasó la hora señalada, en el salón (para más de cien personas) sólo nos encontrábamos ella y yo. Esperamos media hora más sin que nadie llegara, entonces en mi desesperación (juvenil) y vergüenza con el profesor prácticamente obligué a 8 o 10 de mis compañeros que estaban en los alrededores a entrar y escucharlo. Las burlas no se hicieron esperar por parte de mis futuros colegas, algunos muy ladinamente me sonreían y explicaban a otros cómo “la mona” (como muchos me decían) iba a ejercer la psicología para perritos, para gatitos o gallinitas, así con diminutivo y todo. Eran épocas de auge del utilitarismo y positivismo decimonónico en las cuales hablar del comportamiento animal en veterinaria era una falacia (estoy hablando de los años 80).   

Me enconché aún más, caramba ahora sí que tenía que revisar qué diantres estaba haciendo allí. Consideren que era una adolescente, con muchos sueños e ideales y todos los problemitas psicológicos de la edad.  La cosa se agravó con las clases de ginecología y obstetricia. En estos espacios debíamos hacer cola para palpar una por una las 15 0 20 vacas dispuestas en las prácticas. Éramos como 30 estudiantes en el semestre, la minoría mujeres (ocho si no estoy mal). De tal manera que cada ocho días en el horario de clase nuestro, cada animal recibía 30 palpaciones en promedio, sin considerar si eran utilizados para otras clases. No sé por qué me enfermaba estar allí, el piso de la sala lleno de estiércol, pues el reflejo anal se activaba, humedad excesiva por todos lados, ya que permanecían abiertas unas mangueras que lavaban los pisos, haciendo que más bien se formaran charcos. Muchos de los animales llegaban a sangrar por el roce excesivo de los guantes sobre la mucosa vaginal. Disimuladamente dejaba pasar delante a los compañeros y para cumplir con lo requerido en la práctica palpaba unas cuantas vacas. No entendía por qué esta situación me molestaba tanto, si iba a ser “doctora”, era necesario aprender a enfrentar este tipo de situaciones “normales” en la vida real, aunque pensaba que  por lo menos existía aquí la posibilidad de no ser ginecóloga veterinaria.

Llegó la formación en cirugía. Qué manos tan diestras las de mi maestro. Había que verlo hablando y explicando los procedimientos mientras cortaba, limpiaba y suturaba. Todos alrededor observando, en un ambiente de silencio, inmaculado (blanco), vestidos con trajes especiales, guantes, tapabocas y cuadernos de anotación. Las prácticas se desarrollaban en grupos de máximo tres estudiantes dirigidos y acompañados por el profesor. Me gustaba mucho aquél ambiente. Pero las cosas cambiaron cuando después de la mitad del semestre tuvimos que practicar solos. Se nos entregaba un animal, un perro procedente de un centro “X”, en estado de abandono, para que practicáramos algunas de las intervenciones quirúrgicas enseñadas en clase. Ya no las hacíamos en la sala de cirugía sino en un salón (como un galpón) grande, dónde había dispuestas varias mesas en acero inoxidable.

Esto parecía un campo de combate, más de 25 estudiantes en un mismo espacio, divididos en grupos por mesas de trabajo, realizando al mismo tiempo diferentes intervenciones, desde una caudectomía hasta una enteroanastomosis o una esplenectomía. Para mí no había problema, hasta que el docente avisó que los estudiantes interesados en realizar otro tipo de intervención adicional debían “utilizar” el mismo animal. Así supe que en estas prácticas a un mismo animal se le pueden hacer hasta cuatro intervenciones quirúrgicas el mismo día. Con mis dos compañeros de hazaña decidimos que nuestro ejemplar no iba a sufrir otro tipo de intervención, la enteroanastomosis que le habíamos practicado era suficiente para él, incluso ya uno de ellos estaba dispuesto a conseguirle hogar. Lo llevamos a sala de recuperación, luego a la jaula, le acomodamos su cama y pusimos calefacción. Teniendo en cuenta sus signos vitales nos fuimos cada uno para su casa dispuestos a visitarlo en la mañana y continuar con el tratamiento posoperatorio. Esa mañana nuestro perro no apareció, investigando averiguamos que otros compañeros de semestre la noche anterior viendo el buen estado de salud del animal habían decidido no “desperdiciar” la oportunidad y realizarle dos prácticas quirúrgicas más. Por supuesto falleció. No quise enterarme de la suerte de los demás animales, aunque ahora sé que ninguno de estos es devuelto a la comunidad.

Durante todo el octavo y noveno semestre estuve pensando en renunciar a ser veterinaria. Mi promedio de calificaciones bajó, mi inasistencia a las clases aumentó, pero mi terquedad me mantenía viva en la facultad. Seguía asistiendo a las clases de etología, incluso los acompañé a algunas prácticas de las que recuerdo la visita a un parque privado dónde podíamos observar y desarrollar el etograma de diferentes especies de animales silvestres que allí se encontraban. Llegaron las clínicas de pequeños y grandes animales (hoy mascotas y animales de producción). Algunos docentes que intuían mi sensibilidad hacia los animales procuraron darme lo que ellos consideraban “buenos” casos. De esta manera llegó a mis manos “la nena”, una ternera cebú de apenas 20 días de nacida con problemas de fractura completa abierta de miembro anterior derecho, con indicios de infección localizada, a la cual se le hizo una fijación externa. Con ella me volví “famosa” en la facultad, pues practicando lo que me habían enseñado en etología (corriente conductista) la nena me seguía por todos lados como si yo fuera su mamá, incluso sabía en qué salones localizarme y bramaba frente a la puerta hasta que salía a darle su tetero. Duró bajo mí cuidado en recuperación más de dos meses, desafortunadamente un buen día presentó parálisis, convulsiones fuertes y murió rápidamente. En la necropsia se descubrió que la infección bacteriana había formado trombos que viajaron al cerebro causando encefalitis aguda. Allí supe que los veterinarios no deben “relacionarse” emocionalmente con los animales bajo su cuidado, sobre todo si estos son de producción. Afortunadamente recibí el acompañamiento de algunos docentes en mi duelo, porque lloré delante de todos sin que me importara. Qué iba a hacer con mis sentimientos si era que decidía graduarme de veterinaria me pregunté.

Finalmente llegó el día en que debíamos tomar la decisión sobre el lugar en que haríamos la pasantía, el equivalente al año rural de los médicos. Me inclinaba sobre todo por los pequeños animales (mascotas o animales de compañía), consideraba que allí había más herramientas para trabajar de acuerdo a mis sensibilidades. Pero la vida te da vueltas que ni te imaginas.  Mis compañeros, quienes eran mucho más avezados que yo, ya habían copado todos los sitios de práctica disponibles en clínicas y hospitales de pequeños animales que tenían convenio con la facultad. Quedaban frigoríficos (¡que Dios me ayude!  Grité para mis adentros), industrias avícolas y porciculturas. Todos sistemas de producción intensivos, en los que el sacrificio animal iba incluido y por supuesto reñían conmigo. Dije, esto es una señal, definitivamente no debo ser veterinaria. Sin embargo el docente encargado se acercó para informarme que siendo la única que andaba sin sitio de pasantía podía darme un plazo adicional (una semana) para encontrarlo y ponerme bajo la tutela de un profesional médico veterinario graduado. La oportunidad, acorde a mis sensibilidades, se me presentó por colaboración de un familiar, era con una entidad que tenía proyectos agropecuarios con colonos en zonas consideradas selváticas. Fue así como empecé mi trabajo como veterinaria de campo.

Cualquier Jean Cousteau (otro de mis favoritos), me quedaba pequeño. Había tanto que ver, tanto que aprender, tanto que oler, tocar y admirar. El paisaje era espectacular, el trabajo aunque muy agobiante por las intensas caminatas, los días enteros en el monte, satisfacía esa parte exploradora que “muchos” veterinarios tenemos. La pasantía pasó volando, y aunque tuve mis casos clínicos, lo que más llamó mi atención fue los problemas que tenían que enfrentar a diario los dueños de los animales. En definitiva me gradué y pasé a trabajar con la misma entidad en otras zonas, también en condiciones sociales difíciles. Las relaciones con las personas se me dificultaban, aunque personalmente llegábamos a ser amigos, en la parte profesional no aplicaban casi nada de lo que recomendaba. Llegué a pensar que lo que aprendí como veterinaria no me servía, pues había un corto circuito entre esto y la realidad que me circundaba. Comencé a relacionarme con ellos más como compañera que como profesional, pues sentía que lo que hacía sólo aportaba pañitos de agua tibia. Les escuchaba sus cuentos, narraciones historias de vida, los acompañaba en sus labores, aprendí algunas de ellas y los coreé en sus conocimientos en torno a tratamientos que en la universidad me habían dicho eran inapropiados, peligrosos, empíricos, de teguas, etc. Fui dándome cuenta que el problema de comunicación no radicaba en ellos sino en mi, por mi formación profesional, así que decidí estudiar comunicación social comunitaria, la cual no terminé, pero me dio muchas herramientas que cambiaron mi percepción personal sobre lo que hacía.

Con el tiempo re-aprendí mi profesión, le di otro significado fundamental para mí. La etología por sí sola ya no era importante, debía estar imbricada en mi labor cotidiana, pues de ella dependía el bienestar del animal y mi seguridad al trabajarlo; la cirugía no significaba nada cuando los costos superaban las posesiones de  los dueños del animal; la fisiología y semiología se convirtieron en mi mejor herramienta a falta de un laboratorio de diagnóstico clínico cercano; la sociología, extensión y desarrollo rural perdían toda su riqueza cuando se quedaban al otro lado de la relación, dejando por fuera la participación y la comunicación dialógica; la innovación y tecnología no tenían soluciones frente a las problemáticas de supervivencia que enfrentan los dueños de los animales, gente de carne y hueso que lucha día tras día por conseguir satisfacer sus necesidades básicas primarias; nutrición, genética, reproducción, conceptos importantes que se tornan términos de cliché al ser utilizados agrediendo la gente, las especies animales y vegetales y el medio ambiente; terapéuticas que mal empleadas buscan más el desarrollo comercial que la salud animal y ambiental. Todo, todo lo que un día se me dijo que era fundamental para ser veterinaria ha ido desdibujándose ante mis ojos con los años.

Para agotar mi reflexión debo mencionar que actualmente soy docente universitaria, que sigo insistiendo en que quizás no debí ser veterinaria, pues aún a mi alrededor y sobre todo en lo académico persisten muchas de las cosas que como estudiante de pregrado rechazaba. Hablar de participación comunitaria,  terapéuticas tradicionales y alternativas, revalorización del saber, respeto mutuo y  de la importancia de ser un humano antes que un profesional  hace que volteen a mirar con el ceño fruncido como preguntándose ¿ Y esta qué hace aquí?

©Rosa Elsa Pérez Peña (2010)

 

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