Rosa Elsa Pérez Peña
MV - Homeópata
MSc. En Estudios Humanísticos con Especialidad en Ética
Diplomada en Métodos cualitativos y participativos
de Investigación Social
Etnoveterinaria
Después
de veintidós (22) años de ejercicio
profesional y haciendo un recuento de
mi vida como médica veterinaria he
llegado a la conclusión de que tal
vez no debí ser veterinaria.
Recordando mis primeros pasos en la
formación de pregrado debí
sospecharlo cuando en la clase de
biología (hoy área de formación básica),
me pidieron llevar un sapo (Bufo bufo)
para desarrollar una práctica de
laboratorio, dónde se realizaría la
disección del mismo para observar en
“vivo y directo” el funcionamiento
del corazón, pulmones y sistema músculo
esquelético. Por razones obvias, la
calificación, compré mi animalito en
otra distinguida universidad bogotana,
dónde se conseguían todos los
“implementos” y guías de
laboratorio.
Cuál
no sería mi sorpresa al llegar
preparada a la clase, después de
cuidar durante todo un día el sapito,
encontrarme con que dichas disecciones
eran en realidad en “vivo”, es
decir descerebrábamos al animal
utilizando una aguja, se introducía
en la base del cerebro para
desensibilizarlo, luego se procedía a
abrirlo ventralmente con un bisturí,
se despejaban los órganos a estudiar,
se hacían las observaciones y análisis
correspondientes y finalmente se le
quitaba la vida. Después de dicha
explicación y antes de iniciar el
“procedimiento”, mi corazón se
encogió, el estómago me dolió y
busqué sin pensarlo la ventana más
cercana, disimuladamente (y después
que verificaran que sí había llevado
mi sapo para la práctica) dejé caer
la caja en la que lo traía, con todo
y animal adentro. Al finalizar la
clase la recogí y finalmente lo liberé
en una zona campestre. Hoy en día sé
que no debí hacer esto “tampoco”,
pues estos animalitos no eran nativos
de mi país y posteriormente se
convirtieron en plaga. Así que sin
darme cuenta me convertí en una de
las causantes del problema.
Siguiendo
mi memoria también recuerdo “otro
indicio” que debí acatar a su
debido tiempo. Tenía que ver con lo
relacionado con la clase de fisiología
y de toxicología (hoy área
profesional), dónde aprendí cómo
funcionaba el cuerpo (animal).Me
maravillaba, todos esos sistemas, tan
perfectos, tan organizados, vaya las células
saben lo que hacen, pensaba.
Igualmente me gustaba aprender cuán
sabio era el organismo para
enfrentarse a todas esas sustancias
que podrían causarle efectos nocivos.
Pero mis queridos profesores, quizás
preocupados porque las cosas fueran más
“experienciales”, incluyeron en mi
formación las prácticas. En ellas se
nos proporcionaba un animal (doméstico)
de diferente especie, al cual debíamos
suministrarle, ya sea por vía oral,
intravenosa, subcutánea o
intramuscular, sustancias
que causaban efectos “nocivos”,
bien porque no era la dosis
recomendada o porque actuaban como
venenos o tóxicos. La finalidad era
observar los signos y síntomas que se
producían y desarrollar
inmediatamente el tratamiento
“adecuado” para su recuperación.
Todos debíamos hacerlo. Lo que no sabía
era que estando en quinto o séptimo
semestre (ya no recuerdo), las
habilidades mías y de mis compañeros
para canalizar una vena eran tan
deficientes y
se agravaban aún más viendo
las convulsiones del animal, su
cianosis, taquicardia, salivación
profusa y demás signos. Por supuesto
muchos de los animales se murieron
durante la práctica, sobre todo
aquellos enfrentados a las sustancias
más activas química y fisiológicamente.
Me correspondió, junto a un compañero,
“administrar” a una oveja
cianuro. Aunque los dos teníamos la
mejores intenciones, nunca encontramos
la vena yugular a tiempo, mucho menos
pudimos suministrarle el tratamiento
adecuado para estos casos. De eso sólo
me quedó el “remordimiento” y una
sensación en el fondo de que quizás
había “asesinado” un animal.
Sobre esto
no se podía hablar públicamente y
menos si se era mujer, porque esas
“sensiblerías” sólo podían
conducir a la burla general de mis
compañeros y la mirada acusadora de
mis profesores.
Creo
que continúe debido a la terquedad
que identifica mi carácter. Por las
casualidades de la vida estando en
sexto semestre (estoy hablando del
siglo pasado), conocí estudiantes de
psicología que desarrollaban prácticas
de comportamiento animal en
instalaciones cercanas a las de mi
facultad. Entablé relación con
ellos, los acompañé a sus prácticas
y a través de ellos llegué al
profesor encargado, quien me permitió
asistir a sus clases. Lo hice por
cinco semestres seguidos. Allí nació
mi curiosidad por términos y
conceptos relacionados con las pautas
motoras, las pautas motoras fijas, el
comportamiento natural, el
comportamiento alterado, la etología,
etc. y por conocer más sobre Konrad
Lorenz y Tinbergen. Una luz de
esperanza para mí, quizás podría
aplicar en este espacio pensé. La
oportunidad se vislumbró el día en
que el profesor encargado de organizar
charlas de casos clínicos y demás
temas de interés en el auditorio de
la facultad- a las cuales asistían
tanto estudiantes como docentes
interesados en el tema que se discutía-
dijo que para el siguiente encuentro
mi compañera y yo éramos las
responsables. Convencí a mi compañera
de invitar al profesor de etología.
Hicimos los avisos respectivos,
extendimos las invitaciones
correspondientes, preparamos el
auditorio y recibimos a nuestro
invitado. Pasó la hora señalada, en
el salón (para más de cien personas)
sólo nos encontrábamos ella y yo.
Esperamos media hora más sin que
nadie llegara, entonces en mi
desesperación (juvenil) y vergüenza
con el profesor prácticamente obligué
a 8 o 10 de mis compañeros que
estaban en los alrededores a entrar y
escucharlo. Las burlas no se hicieron
esperar por parte de mis futuros
colegas, algunos muy ladinamente me
sonreían y explicaban a otros cómo
“la mona” (como muchos me decían)
iba a ejercer la psicología para
perritos, para gatitos o gallinitas,
así con diminutivo y todo. Eran épocas
de auge del utilitarismo y positivismo
decimonónico en las cuales hablar del
comportamiento animal en veterinaria
era una falacia (estoy hablando de los
años 80).
Me
enconché aún más, caramba ahora sí
que tenía que revisar qué diantres
estaba haciendo allí. Consideren que
era una adolescente, con muchos sueños
e ideales y todos los problemitas
psicológicos de la edad.
La cosa se agravó con las
clases de ginecología y obstetricia.
En estos espacios debíamos hacer cola
para palpar una por una las 15 0 20
vacas dispuestas en las prácticas. Éramos
como 30 estudiantes en el semestre, la
minoría mujeres (ocho si no estoy
mal). De tal manera que cada ocho días
en el horario de clase nuestro, cada
animal recibía 30 palpaciones en
promedio, sin considerar si eran
utilizados para otras clases. No sé
por qué me enfermaba estar allí, el
piso de la sala lleno de estiércol,
pues el reflejo anal se activaba,
humedad excesiva por todos lados, ya
que permanecían abiertas unas
mangueras que lavaban los pisos,
haciendo que más bien se formaran
charcos. Muchos de los animales
llegaban a sangrar por el roce
excesivo de los guantes sobre la
mucosa vaginal. Disimuladamente dejaba
pasar delante a los compañeros y para
cumplir con lo requerido en la práctica
palpaba unas cuantas vacas. No entendía
por qué esta situación me molestaba
tanto, si iba a ser “doctora”, era
necesario aprender a enfrentar este
tipo de situaciones “normales” en
la vida real, aunque pensaba que
por lo menos existía aquí la
posibilidad de no ser ginecóloga
veterinaria.
Llegó
la formación en cirugía. Qué manos
tan diestras las de mi maestro. Había
que verlo hablando y explicando los
procedimientos mientras cortaba,
limpiaba y suturaba. Todos alrededor
observando, en un ambiente de
silencio, inmaculado (blanco),
vestidos con trajes especiales,
guantes, tapabocas y cuadernos de
anotación. Las prácticas se
desarrollaban en grupos de máximo
tres estudiantes dirigidos y acompañados
por el profesor. Me gustaba mucho aquél
ambiente. Pero las cosas cambiaron
cuando después de la mitad del
semestre tuvimos que practicar solos.
Se nos entregaba un animal, un perro
procedente de un centro “X”, en
estado de abandono, para que practicáramos
algunas de las intervenciones quirúrgicas
enseñadas en clase. Ya no las hacíamos
en la sala de cirugía sino en un salón
(como un galpón) grande, dónde había
dispuestas varias mesas en acero
inoxidable.
Esto
parecía un campo de combate, más de
25 estudiantes en un mismo espacio,
divididos en grupos por mesas de
trabajo, realizando al mismo tiempo
diferentes intervenciones, desde una
caudectomía hasta una
enteroanastomosis o una esplenectomía.
Para mí no había problema, hasta que
el docente avisó que los estudiantes
interesados en realizar otro tipo de
intervención adicional debían
“utilizar” el mismo animal. Así
supe que en estas prácticas a un
mismo animal se le pueden hacer hasta
cuatro intervenciones quirúrgicas el
mismo día. Con mis dos compañeros de
hazaña decidimos que nuestro ejemplar
no iba a sufrir otro tipo de
intervención, la enteroanastomosis
que le habíamos practicado era
suficiente para él, incluso ya uno de
ellos estaba dispuesto a conseguirle
hogar. Lo llevamos a sala de
recuperación, luego a la jaula, le
acomodamos su cama y pusimos calefacción.
Teniendo en cuenta sus signos vitales
nos fuimos cada uno para su casa
dispuestos a visitarlo en la mañana y
continuar con el tratamiento
posoperatorio. Esa mañana nuestro
perro no apareció, investigando
averiguamos que otros compañeros de
semestre la noche anterior viendo el
buen estado de salud del animal habían
decidido no “desperdiciar” la
oportunidad y realizarle dos prácticas
quirúrgicas más. Por supuesto
falleció. No quise enterarme de la
suerte de los demás animales, aunque
ahora sé que ninguno de estos es
devuelto a la comunidad.
Durante
todo el octavo y noveno semestre
estuve pensando en renunciar a ser
veterinaria. Mi promedio de
calificaciones bajó, mi inasistencia
a las clases aumentó, pero mi
terquedad me mantenía viva en la
facultad. Seguía asistiendo a las
clases de etología, incluso los
acompañé a algunas prácticas de las
que recuerdo la visita a un parque
privado dónde podíamos observar y
desarrollar el etograma de diferentes
especies de animales silvestres que
allí se encontraban. Llegaron las clínicas
de pequeños y grandes animales (hoy
mascotas y animales de producción).
Algunos docentes que intuían mi
sensibilidad hacia los animales
procuraron darme lo que ellos
consideraban “buenos” casos. De
esta manera llegó a mis manos “la
nena”, una ternera cebú de
apenas 20 días de nacida con
problemas de fractura completa abierta
de miembro anterior derecho, con
indicios de infección localizada, a
la cual se le hizo una fijación
externa. Con ella me volví
“famosa” en la facultad, pues
practicando lo que me habían enseñado
en etología (corriente conductista) la
nena me seguía por todos lados
como si yo fuera su mamá, incluso sabía
en qué salones localizarme y bramaba
frente a la puerta hasta que salía a
darle su tetero. Duró bajo mí
cuidado en recuperación más de dos
meses, desafortunadamente un buen día
presentó parálisis, convulsiones
fuertes y murió rápidamente. En la
necropsia se descubrió que la infección
bacteriana había formado trombos que
viajaron al cerebro causando
encefalitis aguda. Allí supe que los
veterinarios no deben
“relacionarse” emocionalmente con
los animales bajo su cuidado, sobre
todo si estos son de producción.
Afortunadamente recibí el acompañamiento
de algunos docentes en mi duelo,
porque lloré delante de todos sin que
me importara. Qué iba a hacer con mis
sentimientos si era que decidía
graduarme de veterinaria me pregunté.
Finalmente
llegó el día en que debíamos tomar
la decisión sobre el lugar en que haríamos
la pasantía, el equivalente al año
rural de los médicos. Me inclinaba
sobre todo por los pequeños animales
(mascotas o animales de compañía),
consideraba que allí había más
herramientas para trabajar de acuerdo
a mis sensibilidades. Pero la vida te
da vueltas que ni te imaginas. Mis compañeros, quienes eran mucho más avezados que yo, ya
habían copado todos los sitios de práctica
disponibles en clínicas y hospitales
de pequeños animales que tenían
convenio con la facultad. Quedaban
frigoríficos (¡que Dios me ayude! Grité
para mis adentros), industrias avícolas
y porciculturas. Todos sistemas de
producción intensivos, en los que el
sacrificio animal iba incluido y por
supuesto reñían conmigo. Dije, esto
es una señal, definitivamente no debo
ser veterinaria. Sin embargo el
docente encargado se acercó para
informarme que siendo la única que
andaba sin sitio de pasantía podía
darme un plazo adicional (una semana)
para encontrarlo y ponerme bajo la
tutela de un profesional médico
veterinario graduado. La oportunidad,
acorde a mis sensibilidades, se me
presentó por colaboración de un
familiar, era con una entidad que tenía
proyectos agropecuarios con colonos en
zonas consideradas selváticas. Fue así
como empecé mi trabajo como
veterinaria de campo.
Cualquier
Jean Cousteau (otro de mis favoritos),
me quedaba pequeño. Había tanto que
ver, tanto que aprender, tanto que
oler, tocar y admirar. El paisaje era
espectacular, el trabajo aunque muy
agobiante por las intensas caminatas,
los días enteros en el monte,
satisfacía esa parte exploradora que
“muchos” veterinarios tenemos. La
pasantía pasó volando, y aunque tuve
mis casos clínicos, lo que más llamó
mi atención fue los problemas que tenían
que enfrentar a diario los dueños de
los animales. En definitiva me gradué
y pasé a trabajar con la misma
entidad en otras zonas, también en
condiciones sociales difíciles. Las
relaciones con las personas se me
dificultaban, aunque personalmente
llegábamos a ser amigos, en la parte
profesional no aplicaban casi nada de
lo que recomendaba. Llegué a pensar
que lo que aprendí como veterinaria
no me servía, pues había un corto
circuito entre esto y la realidad
que me circundaba. Comencé a
relacionarme con ellos más como compañera
que como profesional, pues sentía que
lo que hacía sólo aportaba pañitos de agua tibia. Les escuchaba sus cuentos, narraciones
historias de vida, los acompañaba en
sus labores, aprendí algunas de ellas
y los coreé en sus conocimientos en
torno a tratamientos que en la
universidad me habían dicho eran
inapropiados, peligrosos, empíricos,
de teguas, etc. Fui dándome cuenta
que el problema de comunicación no
radicaba en ellos sino en mi, por mi
formación profesional, así que decidí
estudiar comunicación social
comunitaria, la cual no terminé, pero
me dio muchas herramientas que
cambiaron mi percepción personal
sobre lo que hacía.
Con
el tiempo re-aprendí mi profesión,
le di otro significado fundamental
para mí. La etología por sí sola ya
no era importante, debía estar
imbricada en mi labor cotidiana, pues
de ella dependía el bienestar del
animal y mi seguridad al trabajarlo;
la cirugía no significaba nada cuando
los costos superaban las posesiones de
los dueños del animal; la
fisiología y semiología se
convirtieron en mi mejor herramienta a
falta de un laboratorio de diagnóstico
clínico cercano; la sociología,
extensión y desarrollo rural perdían
toda su riqueza cuando se quedaban al
otro lado de la relación, dejando por
fuera la participación y la
comunicación dialógica; la innovación
y tecnología no tenían soluciones
frente a las problemáticas de
supervivencia que enfrentan los dueños
de los animales, gente de carne y
hueso que lucha día tras día por
conseguir satisfacer sus necesidades básicas
primarias; nutrición, genética,
reproducción, conceptos importantes
que se tornan términos de cliché al
ser utilizados agrediendo la gente,
las especies animales y vegetales y el
medio ambiente; terapéuticas que mal
empleadas buscan más el desarrollo
comercial que la salud animal y
ambiental. Todo, todo lo que un día
se me dijo que era fundamental para
ser veterinaria ha ido desdibujándose
ante mis ojos con los años.
Para
agotar mi reflexión debo mencionar
que actualmente soy docente
universitaria, que sigo insistiendo en
que quizás no debí ser veterinaria,
pues aún a mi alrededor y sobre todo
en lo académico persisten muchas de
las cosas que como estudiante de
pregrado rechazaba. Hablar de
participación comunitaria,
terapéuticas tradicionales y
alternativas, revalorización del
saber, respeto mutuo y
de la importancia de ser un
humano antes que un profesional hace
que volteen a mirar con el ceño
fruncido como preguntándose ¿ Y esta
qué hace aquí?
©Rosa Elsa Pérez Peña (2010)
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