¡Alma e’ reptil!
Los contenidos
mentales de los reptiles y su procedencia filética
Introducción a
una próxima edición de
Biomedicina de
reptiles,
por Juan Carlos Troiano y colaboradores
Es alto honor y el mayor gusto introducir
el presente libro con esta sinopsis, sobre la mente reptiliana y sus orígenes
que naturalmente también abarcan los del psiquismo animal en general, tal
como me lo solicitara su autor. Mucho le agradezco la ocasión de expresarle
públicamente mi respeto y afecto. El doctor Juan Carlos Troiano es un antiguo
becario del Ministerio de Salud en este Centro de Investigaciones, hoy
monumento histórico nacional, que corporiza la tradición investigativa
informalmente conocida como escuela neurobiológica argentino-germana. ... El
doctor Troiano es un argentino leal ante todo a la verdad, temiblemente
experto, asustantemente lúcido e inmoderadamente franco para la moda
hodierna, jamás desentendido de cambiar el mundo. En prueba de sus
patoruzadas (generosos esfuerzos en pro de noble fin), vaya este utilísimo y
hermoso tratado.
Las eclosiones de los psiquismos o mentes
¿Y qué puedo
yo decir acá? Aunque no carezco del todo de credenciales herpetológicas, fue
nuestro primer director, Christofredo Jakob (1866-1956) quien dedicó el mayor
esfuerzo investigativo al psiquismo reptiliano. Sus investigaciones
paleoneurobiológicas y neuropaleontológicas a partir de 1899, en particular -
para este tema del alma de los reptilomorfos - aquellos trabajos desde 1903
dedicados a la filogenia de las kinesias y a comparar los cerebros de
gimnofiones y otros anfibios con los de anfisbenas y otros reptiles, fueron
coronados por su magistral síntesis de 1945 que constituye el tomo cuarto de
la Folia Neurobiológica Argentina. Se intitula “El yacaré (Caiman
latirostris) y el origen del neocórtex: estudios neurobiológicos y
folklóricos del reptil más grande de la Argentina” y es hoy obra clásica,
fundamental para la formación de todo biólogo o médico veterinario interesado
en reptiles - y también para todo filósofo interesado en las
existencialidades que se hallan arrojadas a vivir en un cuerpo no elegido,
para todo psicólogo interesado en el desarrollo de las diferenciaciones
mentales y la filogenia de las emociones básicas, para todo etnólogo
interesado en los vínculos de las culturas nativas y rurales con psiquismos
de baja empatía. Yo por mi parte, montado en los resultados del trabajo de
ese gigante que fuera Jakob y de sus numerosos colaboradores, traté de
ahondar en la selección natural de los procesos neurodinámicos que generan
contenidos mentales, tanto en la faceta electroneurobiológica de tales
procesos cuanto en la reactividad de las mentes, es decir en la cuestión que
Jakob nos enseñó a denominar “el problema de las entonaciones subjetivas”.
Fíjese
amablemente el lector en que hablo del origen de las diferenciaciones
mentales en la biósfera de nuestro planeta, no del origen de los psiquismos
que aparecen en ella. Los psiquismos, existencialidades o mentes son
eclosiones, no procesos. Ello es siempre así, ya sea que se encuentren
circunstanciados al cuerpo de una anfisbena (“víbora ciega”) taladrando sus
subterráneos, o bien al cuerpo de quien lee ahora estas líneas. Claro que al
psiquismo circunstanciado en una anfisbena su cerebro no le brinda nada que
leer, no sólo porque en sus galerías haya poca luz sino, ante todo, porque la
eclosión de existencialidades dentro de la evolución biológica opera sólo
como un medio instrumental - en un ratito veremos para qué le sirve - y no
como un fin. Pero ese psiquismo o existencialidad hubiera podido ser el del
lector.
Al igual que
las eclosiones de “partículas” microfísicas que bullen en el mal llamado
vacío, apareciendo y desapareciendo dentro de los confines de la
indeterminación cuántica y que por ello son llamadas “partículas virtuales”
(también mal llamadas “virtuales”, porque no tienen ninguna otra diferencia
con las “partículas reales”), asimismo los psiquismos, existencialidades o
mentes afloran sin determinación de parte de los antecedentes del proceso
substrato (tejido cerebral) donde tales mentes aparecen. Son eclosiones, no
emergencias. Por eso no hay selección natural de psiquismos: sería imposible
e inútil.
Hay en cambio
selección natural de contenidos mentales. La selección natural selecciona la
producción de cada proceso substrato y, si tal proceso es adecuado, en él
siempre eclosiona una existencialidad. Quién es esta, es decir - tomando
ejemplos concretos - por qué el lector o su tortuga no se hallaron
circunstanciados a otro cuerpo, otra familia, otra especie o planeta o época,
no es una determinación que provenga del cuerpo o cerebro desde donde el
lector interactúa con la extramentalidad y avista este texto, ni del cuerpo o
cerebro desde donde la tortuga mastica calmosa sus legumbres.
La característica fundamental de los psiquismos
Este modo de
establecerse señala que el rasgo principal de las existencialidades o
psiquismos es su cadacualtez, el hecho de que cada psiquismo se constituye
con una distintiva singularidad tal que incluye su aparecer en cierta
circunstancia en vez de ninguna otra. De la cadacualtez, pues, deriva que no
sea otra existencialidad o psiquismo quien eclosiona a sentir y controlar
parcialmente cada cuerpo. La cadacualtez por ende incluye la determinación
por la cual cada cual no eclosionó en otra circunstancia. De ella proviene
que uno despierte siempre experienciándose detrás de su nariz y no de ninguna
otra, igualmente compatible con la vida (lo que desmiente la fatua quimera
del “principio antrópico”), o a veces más - como a menudo comprobamos
dolorosamente en los hospitales. Es la cadacualtez lo que hace que no sea
indiferente que cierto evento biográfico, por ejemplo una próxima desgracia,
esté por acaecerle a usted o en cambio le ocurra a algún otro. Nosotros
podemos formar un cuerpo, incluso elegir algunos de sus rasgos (si se me
encapricha tener un niño mulato, rubio natural, parecidísimo a mí o incapaz
de digerir leche de vaca, buscaré consorte adecuado o clonador
inescrupuloso), pero jamás podremos determinar quién nos dirá “papá” o “mamá”
desde ese cuerpo que, con los medios apropiados, somos capaces de formar.
Lo mismo
ocurre con cada anfisbena, y con cada animal empsiqueado. La selección
natural, durante el curso de eones, seleccionó cerebros como medios para que
las mentes eclosionadas en ellos desarrollaran inteligencia y sensaciones
adecuadas a la supervivencia en el nicho ecológico donde se encontrasen. Para
esa selección natural no importa quienes fueren existencialmente estas
mentes; a la evolución como simple proceso de relajación física no le
conciernen sus cadacualteces ni sus suertes particulares, sino la utilidad
biológica de sus comportamientos regulares. Así, pues, la selección natural
filogenética selecciona desarrollos intelectuales individuales. Los cerebros
son, a su vez, seleccionados como sus instrumentos, diferentes en cada
especie y también algo variables entre individuos. Los cerebros son los
instrumentos que permiten diferentes desarrollos intelectuales individuales a
las existencialidades circunstanciadas a interactuar con la extramentalidad
desde ellos.
En resumen,
las existencialidades, mentes o psiquismos no son substituibles; al
contrario, sí lo son los medios para producirles contenidos mentales que esas
existencialidades puedan diferenciar. Estos medios físicos son, pues,
fungibles: tal como para beber puedo tomar un poco de agua potable o
cualquier otro poco, sacado de cualquier rincón del universo, o pagar algo
con un billete o bien con otro, igualmente con la combinación dinámica de
cualesquiera cargas eléctricas en un substrato puedo producirle sensaciones a
la mente que previamente hubiera eclosionado a ese substrato. Pero no a
ninguna otra mente. Esos medios son fungibles, las mentes no. No es
existencialmente lo mismo que algo muy malo - o algo muy bueno - le pase a
usted que a mí, aunque biológicamente ambas alternativas pueden ser
equivalentes. Funcionalmente, para la biósfera es lo mismo que usted hubiera
eclosionado en un cuerpo de crótalo, o en el mío, o que la existencialidad
que se halla circunstanciada a un yacaré se hubiese hallado en el feto humano
que su madre dio a luz el día que usted nació. No es lo mismo, por cierto,
para cada uno de los aludidos. Las mentes son cadacuálticas; no son
fungibles.
Distinguir los
elementos fungibles y los no fungibles en materia de psiquismos es un punto
esencial de su descripción por las ciencias naturales, no sólo para el
estudio de las relaciones mente-cerebro y del puesto de las existencialidades
en el cosmos, sino para la neurobiología clínica del recobro de comas y
estados vegetativos, humanos y veterinarios y, asimismo, para la
neurobiología de la memoria - ya que nos dice donde podemos intervenir
terapéuticamente y en qué nos lo está físicamente vedado. Como veremos es
también particularmente importante para el médico veterinario interrogado por
el dueño o la dueña de mascotas herpetológicas
que quiere saber si está simpatizando con una inteligencia sentiente, aunque
sus contenidos mentales sean elementales o rudimentarios, o en cambio con
alguna suerte de robot incapaz de tener experiencias, hecho de puros reflejos.
Es precisamente por confundir mentes con contenidos mentales que algunas
culturas - por ejemplo, muchos angloamericanos –
pierden de vista ese contraste y llegan a creer que las mentes pueden
fusionarse o que se originan del mismo modo que sus diferenciaciones
internas; pero medio o un cuarto de existentialidad cadacuáltica no cabe. O
bien hay una, o bien no la hay y en su lugar se encuentran solamente
porciones de extramentalidad, interactuando con otras similares.
Despejado así
en substancia este punto, podemos comenzar a aproximarnos al estudio del
psiquismo reptiliano. Para ello debo exponer en esta Introducción cómo se
originaron los medios biológicos para forjar contenidos mentales y, ajustando
esos contenidos al ambiente, permitir a las existencialidades conocientes y
sintientes de esos contenidos internos que obren sobre ellos con resultados
eficaces y adaptativos fuera de la mente. El tema requiere base en
paleoneurobiología y neuropaleontología. Exponerla empleará la mayor parte de
esta Introducción, pero ello es necesario.
Bocetemos pues (seguiré aquí unos resúmenes compuestos hace
tiempo,
)
la selección natural de tales medios para generar, en las mentes, contenidos
mentales adecuados a las necesidades de la adaptación de los organismos
empsiqueados a sus distintos ambientes.
Quadragesimus annus
Esta selección comenzó hacia
la mitad de la historia de la vida en nuestro planeta. Los primeros mil
ochocientos millones de años, o algo más, en la historia de los organismos
biológicos terrestres habían sido densísimos en eventos evolutivos. Pero esos
medios que alguna vez se usarían
para generar contenidos mentales
todavía no habían entrado en juego para ninguna otra función - es que los
antepasados de los animales con cerebro aún diferían de estos profundamente.
No faltándole mucho para terminar a este largo primer período, hace unos 2500
millones de años, cuando el año terrestre contaba 645 días de trece horas y
media, nuestros antepasados eran las cianobacterias fotosintéticas que
colonizaban todas las aguas. Hacía ya bastante que habían consumido el metano
y amoníaco de la atmósfera y soltado suficiente oxígeno para formar una
incipiente capa de ozono que, escudándolas de la radiación ultravioleta, les
dejó colonizar también las tierras. Se habían extinguido todas las formas de
vida que habían dependido de aquel metano y amoníaco atmosférico y las
carentes de tolerancia a las iniciales pero crecientes cantidades del
terrífico oxidante, oxígeno.
El largo primer período
terminó hace 2050 millones de años, cuando comenzaron los tiempos del
Paleoproterozoico terminal. Por entonces nuestros antepasados eran ya
complejas Archaebacteria, por supuesto sin ningún psiquismo circunstanciado a
controlar su conducta. Ya tenían núcleo, es decir eran procariotas, aunque no
sabemos bien desde cuándo. Y en los próximos 450 millones de años despunta lo
apasionante de esta interesantísima evolución - porque algunos de sus
descendientes habrían de tornarse eucariotas Archamoebae, por otra parte ya
existentes hace 1750 millones de años.
Aquellos 450
millones de años del erathem Paleoproterozoico (cada era geológica es
geocronométricamente llamada un erathem y se divide en períodos, según las
definiciones de la Commission on Stratigraphy de la International Union of
Geological Sciences) abarcaron dos períodos: el Orosirio, que se mantuvo
entre 2050 y 1800 millones de años ha, y su sucesor el período Statherio que
perduró entre 1800 y 1600 millones de años ha. Antes de estos dos períodos,
nuestros antepasados habían adquirido citosqueleto, que fijaba y estructuraba
buena parte del agua citoplasmática y acomodaba espacialmente reacciones,
organelas y la forma corporal; núcleo (y por esto se los llama eucariotas, es
decir por llevar la mayoría de sus genes y su aparato controlador en una
bolsa especial o glóbulo interno mantenido a diferente potencial eléctrico,
llamado núcleo) y endomembranas. Finalmente, para esta etapa habían adquirido
cilias. El fosil eucariota más antiguo, afín a Grypania, tal vez con
primitivas y poco eficientes mitocondrias, tiene 2100 a 1900 millones de
años, aunque no parece ciliado. Cavalier-Smith, entre otros, subraya que las
evidencias, especialmente la genealogía reflejada por el ácido ribonucleico
de la subunidad 18S en los ribosomas, sostienen “that cilia evolved at the
same time as the nucleus”.
Pero desde entonces se obtuvieron indicios de que el núcleo podría haberse
adquirido incluso hace 2700 millones de años (véase ref. 6).
Lo que sabemos
con suficiente seguridad es que las Archaebacteria procariotas ya habían
originado Archamoebae eucariotas hace unos 1750 millones de años.
Las evidencias
por el momento convergen en indicar que estas Archamoebae adquirieron las
cilias hace algo más de 1800 millones de años. Su control para “remar” y
alimentarse capturando presas lo alcanzaron casi inmediatamente, es decir
hace no menos de unos 1750 millones de años - “fecha” que conviene retener.
Lo decisivo es que el sistema de control de esas cilias no actuaba ajeno a
las presas sino que se refería a ellas; es decir, su estructura hacía
referencia a los cambiantes objetos. Es por vía del control electrobiológico
de estas cilias que, andando los eones, se seleccionaron los mecanismos para
inducir contenidos mentales adaptativos en existencialidades circunstanciadas
a mantener sus intercambios operativos desde el asiento histológico de tales
mecanismos, asiento histológico que por entonces habría llegado a
transformarse en tejido neuronoemático: el gris cerebral o “substancia gris”,
das nervöse Grau como decimos en nuestra tradición
neurobiológica.
Pero ya
Aristóteles observaba que las cosas se entienden mejor cuando las contamos
desde sus primeros principios. Así que antes de continuar conviene que me
presente un poco y, entretejiendo algunos asuntos personales, anticipe con
más nitidez cómo es esto de que tenemos que vérnoslas con cilias de protistas
para entender la mirada de un reptil - y también la de un ser querido - que
nos observa. Gozo de miopía, es decir comparto el privilegio de percibir
cosillas tan pequeñas que muchos no alcanzan a distinguir a ojo desnudo. Por
eso aprendí a caminar y hablar en un mundo de pequeñeces movedizas que otros
me oían señalar sin poderlas ver, como el abrir y cerrar mandíbulas de las
larvas de mosquito, la natación de los protozoos de gran tamaño, la precisión
de los contactos entre hormigas o los rudimentos de patas en una “viborita de
cristal”. Mis observaciones de párvulo eran mucho más ricas que lo que podía
contar y cuando recibí un cuentahilos de cuatro aumentos avanzó mi
infancia, o incapacidad de hablar: la lupa me confirmaba como obvio que
cierto hormiguear en escalas progresivamente minúsculas sostenía el cosmos.
Tal metáfora raíz se consolidó aún más cuando pude manejar libros. Tras
aprender a leer con “¡Upa!” descifraba deslumbrado el Traité de Zoologie
de Perrier, los Souvenirs entomologiques de Fabre y antropologías
transformistas decimonónicas llegadas por motivos ideológicos a la biblioteca
de una activa asociación social y deportiva a metros de casa. Mi labor
conceptual no iba muy a fondo, que digamos. Pero los copiaba con deleite,
calcaba sus dibujos y los cotejaba con nuestra fauna, repasaba y cultivaba lo
que se me iba haciendo inteligible, y confrontaba las explicaciones genéticas
de uno con genealogías haeckelianas de otro. A fines de 1951 el esfuerzo de
mis padres me compró mi primer microscopio. Este, con el consabido sobresalto
inolvidable al enfocar de improviso las contorsiones de un nematodo, me
enseñó indeleblemente que al aumentar una escena se aumenta también su
velocidad. Me figuré que por éso era que apenas podía vislumbrar las
ciliaturas, el tapiz de cilias con que los paramecios a diario se meneaban
burlones ante mis narices, nadando o más bien atornillándose en sus gotitas
de agua de florero. ¿Pero cómo podían maniobrar así? ¿Y cómo esas maniobras
podían acertar con sus conveniencias? En febrero de 1952 mis mayores me
regalaron un muy completo “juego” de química, porque nuestra sociedad por
entonces veía natural proveer en serio oportunidades para que niños y jóvenes
crecieran intelectualmente, y los mejores científicos e intelectuales no
desdeñaban escribir en revistas infantiles y producir manuales escolares o
cuentos para niños. Vivía por entonces Jakob y aun tocaba el piano, en un
caserón de tejas del barrio de Belgrano, y los fascinantes fascículos de su
“Tratado de Biología General y Especial para el uso de la enseñanza
elemental, secundaria y superior en la República Argentina” eran música para
mis observaciones e iluminaban mis experimentos.
A ello siguió la física y me evoco calculando con toda seriedad la
capacitancia y la descarga del Arca de la Alianza. Tras componer con devoción
un par de libros que por piedad prefiero olvidar, en 1959 obtuve un primer
resultado serio, la medida de la superficie del lecho vascular dentro del
cerebro humano. En realidad yo no medí superficies, como se había intentado
hasta entonces, sino la diferencia en el cuello entre energía hidrostática
entrante al cráneo y saliente de él, a la que dividí por el coeficiente de
fricción. Ello me dio un primer resultado del orden de unos siete mil metros
cuadrados, que un par de años más tarde pude refinar a unos 3500 m2
y me valió el importante impulso de uno de los antiguos alumnos de Jakob.
Este me estimuló a dedicarme a describir otro intersticio cerebral, no ya el
vascular sino el que separa las células. Me dediqué a ello con afán y
resultados de algún interés - hallándome en realidad ante un nuevo subórgano
anatómico con funciones propias, el subórgano intersticial del encéfalo -
mientras por separado (yo lo creía por separado) seguía investigando cilias.
A fin de revelar su ritmo propio de batido, procurando superar las ingentes
dificultades para lograr imágenes y obtener un resultado cuantitativo,
primero superponía microfotografías rápidas, de paramecios en agua espesada
con tragacanto; y más tarde usaba otro proceder, microfilmando y
superponiendo las instantáneas como un vernier sucesivo. De pronto me
encontré con las cilias en el subórgano intersticial cerebral.
¿Qué tenían
que hacer allí? Don Pío del Río Hortega, fenecido entre nosotros menos de
veinte años antes, había sido el primero en describirlas e identificarlas, en
1916. Mientras en la guerra europea los hombres se mataban, el cadencioso
batir de una solitaria cilia neuronal en Madrid, flagrantemente fútil,
fascinaba a don Pío. ¿Diría algo sobre el origen del sistema nervioso? Luego
me enteraría que el tema apenas se tocaba en el orbe angloamericano.
Calificando las investigaciones sobre el origen de los sistemas nerviosos
efectuadas en las tres décadas anteriores a 1960, Bullock y Horridge
proclamaban: “Recent years have added virtually nothing, except perhaps a
pinch of scepticism and a dash of disinterest” (“Los años recientes
practicamente no agregaron nada, salvo quizás una pizca de escepticismo y una
rayita más de desinterés”). Por suerte aún nos manejábamos en modo
independiente. Mi tanteo estaba suficiente maduro para la hipótesis que me
llevó a titular un trabajillo intermedio “La cilia de las neuronas centrales,
reliquia del tronco común de motilidad y percepción”. Pero entonces otra
pregunta se hizo obvia y tornóse título de otro trabajo: ¿por qué se asemejan
los ritmos propios del batido ciliar en protozoos y del electroencefalograma
en mamíferos? La respondía hipotéticamente un último trabajo de 1963,
titulado “Cilias, infraciliatura y neuronización: filogénesis de las ondas
estacionarias de Jakob por superposición fisiológica de ritmos ciliares y
después neuronales”. Pero había que establecerlo con rigor observacional.
Para marzo de 1964 - ¡Qué! ¿Ya cuarenta años, pardiez? - era claro que la
contrastación debía ser inicialmente asunto de anatomía comparada. En un
trabajo de entonces, “Formación de ondas estacionarias en el control ciliar
de paramecios y en circuitos reverberantes de la corteza cerebral: tronco
común en la filogénesis de la motilidad y la percepción”, llegaba a la
necesidad de cotejar las cilias existentes en los diferentes grupos de
organismos, tarea en que me empeñé de inmediato. Sin llegar a realizarla
exhaustivamente, me tomó seis años. Durante ellos no comuniqué nada, salvo
unas fotografías de “Cilias en las neuronas del seno de la substancia blanca
(centro oval) en Vertebrados” presentado en la sección Herpetología del Museo
Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” (Dra. N. Cattoi) en
1965; a la postre surgieron los resultados que narraré. Fallecidos Jakob y
Braulio Moyano, los presenté preliminarmente
a otro de los discípulos de Jakob, el profesor Fernando Orioli, quien me
trajo a este Laboratorio - el mismo donde casi un cuarto de siglo después
dejaría tan gratos recuerdos el paso del Dr. Troiano.
Los temas que
debemos tratar tocan cuestiones neurobiológicas fundamentales. Una consiste
en la selección natural del neuropilo, es decir del meandroso y convoluto
entremezclamiento de un tercio por volumen de axones y arborizaciones
axonales (sin contar el volumen de sus botones) con otro tercio - aunque esta
fracción del volumen es más variable - de dendritas (sin contar sus espinas),
formando con los restantes elementos presentes (botones, espinas, glía, e
intersticio o espacio intercelular) una masa enredada que ocupa la mayor
parte del gris cerebral, tanto en reptiles como en humanos. La textura de
este neuropilo es la mayor diferencia anatómica entre ganglios nerviosos y
cerebros. Los ganglios, por ejemplo los ganglios cerebroides de artrópodos y
los de moluscos con una importante excepción comentada luego, presentan un
neuropilo sencillo, casi geométrico, que recuerda al cableado racional del
acúmulo de conductores detrás de algún aparato eléctrico. Los cerebros
presentan una maraña muchísimo más desordenada cuyo funcionamiento, en seres
humanos, gasta la mayoría de los casi veinte watts que consume nuestro
cerebro - un veinte por ciento de nuestro metabolismo, un quinto de nuestro
presupuesto en comer. ¿Cómo no lo ajustó la selección natural? ¿De
derrochona, nomás? La diferencia neuropilar es muy notoria al oir con
adecuada velocidad el electroencefalograma: los ganglios presentan un
característico ruido de fritura mientras que los cerebros zumban modulados,
pese a que muy numerosos ganglios nerviosos se conservan inmersos en esta
anatomía cerebral. ¿Qué le brinda el enmarañamiento a la adaptación, para que
ésta le tolere su costo energético?
Otro punto
neurobiológico fundamental concierne a cómo se conservó la referencia a
objetos en el pasaje del control ciliar de acelulares al marañoso neuropilo
de cordados. Ya Jakob observó el neuropilo del Amphioxus, que es
típicamente craniota aunque el anfioxo, un cefalocordado, sea previo a la
“invención” del cráneo. Tal vez en nuestro ancestro cordado nunca existió una
etapa adulta regulada puramente por ganglios nerviosos, como en los otros
fila animales; los ganglios funcionan en base a rutas, no a mapas. Vale decir
que los ganglios rutean localmente la continuación de sus procesos y por eso
en cada etapa del proceso destruyen los caminos previamente seguidos por cada
elemento funcional.
En contraste, en los cordados el nivel más superior de las regulaciones
orgánicas quizás siempre estuvo orientado a objetos, con conformaciones de
campo eléctrico antes de disponerse de psiquismos - y después con modulación
de la dinámica de esas conformaciones para generar contenidos mentales en
tales psiquismos, cuando se formaron y seleccionaron tejidos orgánicos donde
estos psiquismos eclosionaban regularmente, con lo cual las mentes empezaron
a estar disponibles como medio adaptativo. Como veremos en esta sinopsis, las
funciones nerviosas no principian con la conducción sino con las
interferencias de distribuciones de portadores móviles de carga eléctrica,
interferencias que forman objetos aludibles. Ahora bien, debido a que estas
interferencias ocurren entre distribuciones de iones, exponer el mencionado
pasaje evolutivo exige tratar algunas cuestiones físicas, sobre todo entender
como puede sentirse una brisa. El “ruido” de las moléculas de aire en
movimiento térmico, podría pensar alguno, debiera encubrir la “señal” que
constituye la brisa. ¿Cómo percibirla? Un viento suave mueve aire a escasa
velocidad, mientras las moléculas de ese aire se movilizan a velocidades
mayores que una bala. Sin embargo se puede sentir la brisa, porque es el
componente de todas las otras velocidades en cierta dirección no cancelada.
También por eso podemos tomar el pulso: se pueden sentir los pulsos
hidráulicos de la circulación sanguínea ya que el más fuerte movimiento de
las moléculas no los sofoca. Lo mismo ocurre con el movimiento de cargas
desplazables en el citoplasma: la estructura de cargas hidratadas móviles que
en una célula mantiene una referencia a algún hecho exterior puede inducir
electromagnéticamente una estructura que mantenga la misma referencia en
otras células aunque no exista ningún tejido de conducción que las comunique.
En 1971 compuse, a más de los debidos informes de los resultados obtenidos,
un par de divulgaciones, y noté cierta dificultad conceptual generalizada
para entender tanto la posibilidad de detectar una brisa cuanto el moldeo,
por inducción, de interferencias que conserven referencias a objetos. La
cuestión ciliar había desarrollado nuevas exigencias en los veinte años desde
mi primer microscopio. Empero, esclarecer aquí este punto es necesario para
entender la formación de los contenidos de cualquier psiquismo, reptiliano o
no; y ese esclarecimiento a su vez requiere consideración de los organismos
acelulares.
Es por ello
que para apreciar cómo se llegó al menú de contenidos mentales del psiquismo
reptiliano, así como de cualquier otro psiquismo en nuestra biósfera, ante
todo hemos menester de una breve incursión en protistología - una suerte de
necesaria zambullida protistológica. Pongamos manos a la obra. Para los
ajustes en las agrupaciones taxonómicas protistológicas, alejadas a veces
tanto de herpetólogos cuanto de psicofisiólogos, seguiremos, como otrora
temiese
algún editor de la Society of Protozoologists, la selección de Cavalier-Smith
de sinapomorfías - empleada abajo para Metakaryota - contrastada con las más
tradicionalistas propuestas de Corliss
y los estudios de Patterson
y Siddall et al.
(Para taxonomías infrafilum véase Sogin et al.
e Hirt et al.) Aunque contencioso,
el desarrollo de taxonomías suprafilum es una herramienta conceptual esencial
para nuestro tema. Su valor reside en la capacidad de suministrar mejor
comprensión de las conexiones evolutivas entre organismos y de la consecuente
variación en su capacidad de representar el cambiante entorno y conducirse en
él.
Adquisiciones tempranas y
características de las cilias
Las cilias
fueron pues adquiridas por nuestros antepasados Archamoebae más o menos
cuando estos, de complexión no muy diferente a las actuales amebas, todavía
estrenaban la combinación de citosqueleto, núcleo y endomembranas, en el
período Orosirio o inicios del Statherio. Antes que sus futuros undulipodios,
es decir las cilias y flagelos, hubieran sido así adquiridos, ya habían
tenido una larga historia. Los undulipodios habían sido Eubacteria libres,
afines a las espiroquetas comensales que hoy nos causan enfermedades como la
artritis de Lyme, la fiebre recurrente o la sífilis. Cosas mucho mejores les
debemos de antaño, sin restarle cierta amarga razón a un neurobiólogo
misántropo que deplorase nuestra descendencia de “amebas sifilíticas”. Por
supuesto tales espiroquetas hasta entonces no habían necesitado vivir en
ningún ambiente enriquecido en trifosfato de adenosina o ATP, un nucleótido
que es la principal fuente de energía para las reacciones celulares. Se las
arreglaban bien, ondulando por aguas con pizcas de materia orgánica para su
austera dieta. Pero el citoplasma de nuestros antepasados resultó demasiado
tentador y se le adosaron a su superficie, como moscas a la miel. Y en vez de
enfermar a los hospedadores se beneficiaron mutuamente: ellas recibían ATP a
montones y ellos recibieron movimiento, porque al ondular los undulipodios
movían al hospedador - que pronto aprendió a controlar su movimiento en la
dirección conveniente. Ya veremos cómo; de ese control, que esculpe una
estructura volumétrica de interferencia en el tensor de potencial eléctrico
en la base de las cilias, deriva la capacidad de nuestro gris cerebral para
brindar sensaciones y un mapa del entorno (montado por medio de articular y
situar mutuamente esas sensaciones) al psiquismo allí circunstanciado.
Control ciliar: adaptación del desempeño de las cilias a eventos
relevantes (p.e., para que el hospedador capture presas móviles), que
resulta en un preciso direccionamiento de la natación. Siempre existió un
nivel de regulaciones orgánicas que, dentro del organismo biológico, era el
más superior de todos; este nivel siempre fue el que atendía las
relevancias más rápidamente cambiantes que el organismo debía atender para
subsistir. En nuestro organismo tal nivel lo desempeña la mente que
adquirió, durante nuestro desarrollo intelectual, representaciones
adecuadas (“conocimientos”) de la realidad que fue relevante para nuestro
ancestro. En los Cilióforos el mismo nivel lo desempeña el control ciliar.
Coordinación ciliar: la cadencia fisiológica colectiva del batir
de las cilias (basada en mecanismos físicos similares a los que agilizan el
vuelo de aves en bandada) que permite propulsión, sin hallarse adaptada a
ninguna ocurrencia exterior en particular, y cuya modulación es el control
ciliar. Las cilias baten, y así fustigan el agua “remando” en dirección
opuesta. Ello ocurre porque dentro de cada cilia la coordinación de la
actividad de las moléculas de dineína en su “eje” o axonema es puramente
intrínseca a la maquinaria mecanoquímica del axonema,,
cuyos ciclos de translocación molecular se completan cada cinco a diez
milisegundos - proporcionando prototipos de motilidad incorporados y
alistados de antemano,
que sólo requieren un apropiado medio iónico alrededor del
axonema e hidrólisis del ATP.
Los axonemas son cilindros estructurales, embutidos en extensiones de la
membrana celular de alta resistencia eléctrica, que generan
mecanoquímicamente la fuerza ciliar por ciclos a partir del ATP disuelto,
al par que proveen el módulo de Young para transmitirlo al agua (“latigazo”),
soltando los desechos de su actividad cíclica dentro y fuera de la
membrana del organismo. El lugar de la oscilación yace pues dentro de cada
cilia,
y genera oscilaciones quimioeléctricas. Por eso las cilias formadas en
cualquier tejido, incluso en nuestro propio parénquima neuronoemático o
substancia gris cerebral, aunque no desempeñen ningún papel funcional se
tornan automáticamente mótiles al rodearse de las condiciones apropiadas;
las cilias adquiridas fueron capaces de batir autónomamente desde su
primera adquisición en la era Statheria. Cuando las cilias están dispuestas
en filas, su batir se acopla hidrodinámicamente y por ello las cilias baten
metacrónicamente, es decir como en la caída de un dominó. Ello brinda la
coordinación ciliar, también automática. Así, en las filas, cada cilia
añade momento impulsor al agua ya puesta en movimiento (“cuchareada”, como
veremos luego) por la cilia adyacente, propulsando al organismo entero. A
su vez, el sistema de control ciliar le superpone comandos moduladores a
este metacronismo.
Y aquí
comienza nuestra historia familiar, con este matrimonio. Porque se “casaron”:
el conjunto de instrucciones codificadas, o genes, para armar las moléculas
cuyo arreglo forma las cilias, fue transferido desde las eubacterias
espiroquetoides al hospedador Archamoeba. Este empezó a generarlas en su
superficie - donde le convenía a él para moverse - como pequeños órganos
suyos, u organelas. ¿Puedo mencionar que esa superficie es el segmento
corporal que mucho más tarde iba a generar el ectodermo, de donde se origina
el sistema nervioso?
Los nuevos
genes, pues, se alojaron en el núcleo del hospedador. Todavía ahora los
tenemos en el núcleo de cada una de nuestras células nucleadas, sus
descendientes. Allí los “expresamos” dejándoles formar cilias solamente en
los tejidos en que nos conviene, como en porciones del epitelio interno de
los oviductos o la tráquea - aunque muchas veces no los regulamos del todo y
los dejamos formar cilias sin función específica pero que no molestan; ello
nos pasa en cualquier tejido y especialmente ocurre en muchas neuronas en el
seno de nuestra substancia gris. A los reptiles les pasa lo mismo; pero
volvamos a nuestros lejanos antepasados comunes, las Archamoeba, primeros
hospedadores de los genes para formar cilias.
Los nuevos
genes incorporados al núcleo de las Archamoeba producían y soltaban en su
citoplasma las proteínas que iban a dirigir la formación de cilias; desde el
citoplasma las moléculas precursoras así inicialmente formadas eran tomadas
por otras organelas internas para dejarlas autocomponerse formando cuerpos
basales, cada uno de los cuales minimizaba sus inestabilidades termodinámicas
haciendo crecer una cilia sustentada en su continuidad con el nutritivo
citoplasma del hospedador - por donde la cilia siempre continuaba disponiendo
de más energía y materiales. Por cierto tal nicho era para cada cilia más
acogedor que ondular vagarosa, suelta pero necesitada, en aguas libres.
Pero tampoco
era tan, pero tan ubérrimo, que se diga: por medio eón, o unos quinientos
millones de años todavía, el hospedador no tenía mucho más que dar. Sólo tras
ese tiempo el hospedador Archamoeba adquirió peroxisomas, también del mismo
modo (llamado endosimbiosis). Así los ejemplares que incorporaron peroxisomas
comenzaron a sobrevivir mucho mejor porque un veneno, el oxígeno soltado por
la proliferación de algas verdiazules, se había acumulado tanto en el aire y
en las aguas que mataba por oxidación a todos los otros. Había habido un gran
evento de oxidación hace unos 2300 millones de años, disparado por una
gigantesca glaciación previa, pero el oxígeno no había aumentado tanto aunque
posiblemente indujo la primera adquisición de mitocondrias (ref. 6 sugiere
una antigüedad de 1967 ± 65 millones de años para el último antepasado común
de los eucariotas mitocondriados, y otros estudios sugieren 1840 ± 200
millones de años). Ahora los peroxisomas gastaban el nefasto oxígeno antes
que destruyese al organismo. Y aún algo después el hospedador adquirió de
igual modo mejores mitocondrias, para aprovecharlo combinándolo con la
ingente energía disponible por vía del ATP.
Es muy
importante tener claro qué se había conseguido con todo esto. Antes de
procurarse sus cilias, las Archamoebae no carecían de reacciones bien
adaptadas. Seguramente habrán tenido varias clases de receptores
quimiotácticos de membrana, iniciadores de diversas rutas de transducción de
señales que se cruzaban e interactuaban entre ellas. Todavía medio lerdas
(menos lerdas, también con seguridad, que su alimento), estas Archamoebae
holozoicas probablemente detectaban químicamente las acumulaciones de sus
presas bacterianas a cierta distancia por medio de las delatoras emisiones de
ácido fólico de las bacterias, antes de topar con ellas y cuando estas se
desplazaban por alguna superficie subacuática. A fortiori, deben haber
podido identificar con su consecuente conducta todos los episodios de
contacto pleno con tales presas, a fin de englutírselas. No carecían, por
cierto, de potencia locomotiva. Las fuerzas tractivas obtenidas por la
afiatada contractibilidad de la actomiosina deben haberlas dotado de una
maquinaria contráctil bien desarrollada, capaz de controlar la adhesividad,
en conexión estructural con la superficie del organismo unicelular. Pero ...
la ingesta alimentaria no debe haberse practicado por ningún sitio fijo -
citostoma o “boca” - ni debe haber requerido, en consecuencia, la adopción de
ninguna postura especial para alimentarse. Estas Archamoebae holozoicas deben
haber dispuesto de aprendizaje adaptativo en la forma de algún ajuste de sus
quimiosensitividades, hasta el punto de cesar reversiblemente de responder a
cambios en la intensidad del estímulo,
re-adquiriendo su quimioresponsividad tras un período adaptativamente
adecuado sin cambios detectables. Igualmente es lo más probable que estas
Archamoebae paleoproterozoicas degradaran rápidamente sus señales
intracelulares, para afinar el curso temporal de sus respuestas a las señales
solubles del alimento y a las posibles feromonas de recombinación genómica.
También es lo más probable que ya poseyeran los receptores altamente
conservados afines a los neurotransmisores con siete regiones transmembrana
desensibilizadas por fosforilación, e incluso varios caminos reaccionales
paralelos a los presentes en Cordados modernos. De lo que nuestros
antepasados las Archamoebae paleoproterozoicas nunca podrían haber dispuesto
antes de adquirir cilias, es de ningún mapa ambiental, allende el mero
muestreo de gradientes.
Cambiando su
forma se deslizaban por los gradientes (quimiocinesis orientada por
gradientes, gradient-oriented chemokinesis) englutiendo cuanto
nutriente contactaban. ¿Para qué más? Vivían donde los nutrientes abundaban.
¿Para qué registrar tales novedades antes de englutirselas, aunque fuera
apenas antes? ¿Cuándo llegaría la hora de mapear los eventos del entorno?
Aporte del sistema electrobiológico de control ciliar
a las funciones integrativas de relación
Representarse
(procesalmente, no mentalmente; ya mencioné que no había ninguna
existencialidad circunstanciada a estos organismos) algún contenido
particular de la situación ambiente, representando la situación y procesando
al contenido relevante como tal - es decir distinguiéndolo como singular -
por medio de transiencias fisiológicas cuya interactividad fuese explotada
para “gatillar” conducta eficaz, es una referencia a objetos por mapeo. Esta
referencia a objetos es epigenética. Vale decir que no ocurrió con la mera
incorporación, al núcleo de las Archamoebas, de genes para formar cilias.
Necesitaba otro hecho paleoneurobiológico adicional, que muy pronto fue
objeto de selección natural: la adquisición de sistemas electrobiológicos de
control ciliar. Estos fueron capaces de formar los primeros contenidos de
alusión en la biósfera terrestre (alusiones no mentales, repito):
relacionando relaciones la semiosis analógica trazó mapas. Tal avance en las
funciones integrativas de relación fue seleccionado por la colonización de
nichos ecológicos loculados diferentemente; veamos cómo posiblemente ocurrió.
Ante todo ha
de verse que las cilias eran baratas. La “baratura” o módico costo
proporcional de la energética ciliar para la economía energética de su
hospedador fue inicialmente una verdadera simbiosis. Aunque también
los músculos de los animales surgieron remotamente de efectores
ciliares
que asimismo acomodan moduladores de actomiosina, a diferencia
de la musculatura los metacrónicos efectores ciliares no exigen distraer del
organismo ninguna costosa provisión de energía dedicada especialmente para
las cilias. En un cómputo de costo/beneficio, las cilias no consumían mucha
energía del hospedador pero le proveían de muchos más recursos que los que
consumían, transportándolo a cazar sus presas. Es como si las pulgas nos
trasladaran a banquetear gratis para mantenerlas. Esto fue lo que permitió
ingresar mapas de eventos en el control ciliar, antes de la adquisición
endosimbiótica de peroxisomas y mejores mitocondrias. Tal adquisición de
peroxisomas y nuevas mitocondrias sólo ocurrió alrededor de 1200 millones de
años ha, quinientos o más millones de años después de la incorporación de los
genes para producir cilias del tipo axonemático (9 + 2) al genoma del
hospedador, incorporación que había traído, con gran rapidez en escala
evolutiva, el mapeo de eventos o representación de singularidades en su
ambiente. La añeja adquisición de undulipodios, con toda posibilidad, fue
completada por dos pasos en secuencia que, como vimos, habían sido ya
adquiridos alrededor de 1750 millones de años ha:
·
Ante todo, seguramente las cilias recién adquiridas
simplemente siguieron proveyendo el mismo vagabundeo estocástico sin mapeo,
previamente brindado, a algunas Archamoebae, por bacterias espiroquetoides
simbióticas adosadas a su superficie, cuya re-producción no se había
incorporado aún al genoma del hospedador. Incluso posiblemente las cilias
recién adquiridas, formadas por el genoma del hospedador como endosimbiontes
de superficie, se entremezclaban todavía en la superficie de la Archamoeba
con bacterias espiroquetoides extrañas, recién capturadas, que habían estado
nadando libremente y formaban undulipodios genéticamente aparte.
·
En tal estado, el próximo paso evolutivo, prontamente
alcanzado, consistió por cierto en dirigir ese vagabundeo estocástico hacia
cualquier agregación flotante que interfiriese por su contacto viscoso con el
batido automáticamente coordinado de las cilias. Para ello fue necesario
estar mapeando fisiológicamente, es decir con posibles reacciones, toda el
área corporal de posibles contactos e identificar reaccionalmente dónde había
sobrevenido cada contacto viscoso, establecer la nutrimentalidad de su
causante y, si resultare ser en realidad un nutriente, capturarlo y
englutirlo.
Esta capacidad de cambio
oportuno, desde un vagabundeo sin meta a una conducta de captura, es la
diferenciación evolutiva clave, orientada hacia objetos, de nuestro
interés.
Estimemos la
rapidez de esta selección: ¿cuántos miles de generaciones puede haber
tomado la selección natural del control adaptado a eventos, por sobre la
recién adquirida coordinación ciliar automática con quimiocinesis orientada
por gradientes? Debe valorarse la gran importancia, de los ajustes del
organismo en tiempo y posición a las más efímeras relevancias ambientales no
rutinarias, en el proceso de colonizar nuevos nichos donde la siempre
cambiante distribución de nutrientes se hallare menos aglutinada, repartida
en pequeñas porciones móviles separadas entre sí por distancias mucho mayores
que la escala de tamaños ingeribles. Debido a la frecuente ocurrencia y
disponibilidad de esos nichos, las presiones de selección deben haber sido
ingentes a favor de un control ciliar ajustado a eventos, versus las
favorables a mantener una mera lectura-ajustada-a-gradientes de relevancias
ambientales que se transformasen a un compás más lánguido.
Además, las
transiciones cruciales suelen proceder con gran rapidez. Las señales de la
primera vida microbiana en nuestro planeta remiten a la mismísima época de la
era Eoarcaica (o Hadeana) terminal, 3900 millones de años atrás, en que el
planeta se tornó capaz de sostener una biósfera más o menos estable - tal vez
aprovechando alguna reducción en el último bombardeo intenso de cometas y
grandes asteroides, que duró desde 4100 a 3800 millones de años ha. Ello
ocurrió dentro del eón Arcaico, el mismo que comenzó con la formación del
planeta,
en años que contaban mil setecientos días de sólo cinco horas, y duró unos
mil millones de años que al terminar, hace 3600 millones de años, ya contaban
cada uno mil cien días de ocho horas. Aquellos primeros organismos terrestres
se originaron pues muy velozmente, incluso bajo grandes impactores que
crearon más de diecisiete mil cráteres de gran tamaño, centenares de ellos
mayores que las actuales Europa o Australia, cuyas salpicaduras deben haber
llegado hasta Marte; y, también tal vez, aprovecharon la caída diaria de
varias toneladas de moléculas orgánicas (que aún persiste, pero no halla ya
las condiciones para producir el mismo efecto) en el polvo cósmico originado
en las regiones frías de la nube interestellar que había engendrado el
sistema solar. ¿Más ejemplos? Las cianobacterias “saltaron” del agua a la
tierra firme ni bien la capa de ozono las escudó de la radiación
ultravioleta, hace 2700 o 2600 millones de años en el Neoarcaico medio. Y si,
bajo presiones selectivas mucho más endebles que aquellas mencionadas en pro
de un control ciliar ajustado a eventos, una docena de millones de
generaciones, cada una de las cuales llevó años, limpiamente convirtió en
mamíferos marinos a los antepasados de nuestros felinos y vacunos, y sólo
medio millón de generaciones con una mutación en el gen ASPM cada 300.000 o
400.000 años más que triplicó nuestros substancia gris desde los homínidos
tempranos del Mioceno superior, como Sahelanthropus, Orrorin y
Ardipithecus kadabba, a los de nuestra financiarizada aldea
planetaria, también el añadido de un control ciliar
ajustado a eventos sobre las instrucciones recién introducidas al genoma para
hacerse con un equipamiento ciliar debe, igualmente, haber sido
paleontológicamente instantáneo.
¿Cuánto tiempo
demoró? Para estar extremadamente seguros, digamos que menos de alrededor de
un cinco por ciento del tiempo transcurrido desde entonces. Eso significa,
seguramente, menos de cien millones de años, y todavía muy
probablemente (considerando que el período de generación de protistas y
protozoos, que toma sólo algunas decenas de minutos, es mucho más breve que
el de cetáceos y homínidos)
menos que unos pocos millones de años, que las evidencias actualmente
disponibles sitúan sin ninguna duda entre 2000 y 1650 millones de años ha,
con las posibilidades centradas alrededor de 1750 millones. Tal vez lo mismo
que la más que triplicación de nuestro gris cerebral. Otra rapidísima,
crucial innovación paleoneurobiológica.
Para
asegurarle oportuna adecuación espaciotemporal al “mordisco”, es decir a la
respuesta de alimentación dirigida a objetos, este mapeo de eventos requiere
la interferencia entre (1) los efectos disruptivos del
contacto viscoso con un posible alimento y (2) la frecuencia
espacial del patrón de oscilaciones de las fuentes de campo eléctrico en
la corteza citoplásmica del ciliado (sea que tales fuentes estén moviéndose
en el citoplasma como iones libres envueltos en sus capas de hidratación, o
bien que se organicen por otra vía, por ejemplo por plasmones
citoesqueléticos), oscilaciones que controlan el batido ciliar ya coordinado
a su vez por otros medios. Esa interferencia forma ondas estacionarias, las
que fueron científicamente descriptas por primera vez por Galileo pero objeto
de altísima curiosidad para la física décimonónica. Esta se ocupó mucho de
ellas, en una línea como las resonancias de Chladni (1802) y en otra línea
como las ondas estacionarias en las interferencias de sonido estudiadas por
Young (1800), Savart (1819), Hopkins (1834), Quincke (1866), Helmholtz (1871)
y Lissajous (1873). Jakob, trabajando en el laboratorio donde trazo este
relato, las describió a partir de 1906 en la neurodinámica cerebral, en lo
que hoy conocemos como sus modelos holográfico-holofónicos. Desde los años de
1960 a tales ondas estacionarias las comprendemos como partes de estructuras
de interferencia conocidas indeterminadamente como correlogramas, partes que
conservan información acerca del evento que las generó. Pero cuando se
corporizaron fisiológicamente, en la electrodinámica del control ciliar que
permitía a los primitivos eucariotas dirigir su natación hacia el alimento,
no existía aún ningún cerebro en la biósfera terrestre, ni neurodinámica
alguna que aprovechase las aptitudes de estas “ondas estacionarias” para
aludir a los eventos de contacto viscoso que, al generarlas transitoriamente,
habían perturbado la regularidad de la estructura espaciotemporal que
controlaba el batido de las cilias.
Esas
transiencias internas estructurales eran articulables para representar
homeomórficamente - o sea, por similitud de forma - eventos ambientales e
intraorgánicos (ambiente e introyente, en términos de Jakob).
También permitían amplificar adaptativamente sus propias interacciones
físicas recíprocas, por las que ellas se enlazan como unidades dentro del
resultante “mapa” bicontinuo de eventos ambientales e intraorgánicos.
Tal
interferencia fue el medio físico que posibilitó la mencionada novedad
evolutiva en nuestros antepasados, las “amebas sifilíticas” convertidas ya en
florecientes ciliados. Esta segunda fase principal de la evolución de
los eucariotas ocurrió en el Mesoproterozoico medio y final; recordemos que
los tiempos llegados después del Paleoproterozoico, es decir las últimas dos
eras geológicas del Proterozoico, son esta era Mesoproterozoica, que perduró
entre 1600 y 1000 millones de años ha, y la era Neoproterozoica que le
sucedió y se mantuvo entre 1000 y 542 millones de años ha. Y bien: la
mencionada novedad evolutiva ocurrió probablemente entre 1300 y 1100 millones
de años ha, es decir durante el intervalo que reúne los cien millones de años
finales del período Ectasiano y los cien millones iniciales del período
Steniano. Consistió en la crucial transformación, de nuestros antepasados
Archamoeba mapeadores, con la mencionada adquisición endosimbiótica - también
termodinámicamente preferida - de peroxisomas y mejores mitocondrias. Estos
pudieron utilizarse porque se disponía de un medio para mapear los eventos
del entorno con una velocidad adecuada para seguirlos.
Sin ese medio
no hubiera habido presión de selección para retener esas mitocondrias y
peroxisomas, tal como tampoco podría haber presión de selección para retener
patines de carrera a fin de que los no videntes se desplacen más ligero en
nuestras calles. Y este medio era la reacción del control ciliar a los
encuentros con que el ciliado se topaba en el entorno.
Por entonces
los ciliados mapeadores de eventos ya llevaban largo tiempo nutriéndose en
base a esta habilidad, como vimos. Considerémoslo nuevamente, añadiendo ahora
algún detalle importante más a la escena. Pronto algunos de estos ciliados,
que hace unos 1750 millones de años estaban dotados de crestas mitocondriales
discoides (no aún tubulares, y menos lisas), habían evolucionado formando los
primeros metacariotas capaces de nadar – más bien, atornillarse en el medio
acuoso – con vigor suficiente para moverse raptorialmente (es decir,
“cazando”) con provecho a través de distribuciones de presas mucho más
dispersas.
Estas eran
distribuciones “ralas”, que no proveían alimento con la isotropicidad antes
explotada. En esta isotropicidad, o prodigalidad similar a la de los sitios
donde nosotros podemos hallar oxígeno que respirar al movernos por la
atmósfera, el hospedador Archamoeba de hace 1800 millones de años no había
sacado beneficio de las pocas cilias que casualmente se le adosaban a la
superficie, porque había podido moverse al azar, hacia cualquier lado (“isotrópicamente”,
como nosotros para seguir respirando), y no obstante obtener alimento
suficiente; no le hacía falta cazar sus bacterias, tal como en pasturas
abundantes nuestro ganado no necesita cazar esculentas matitas de forraje.
Esta necesidad en cambio empezó a imponerse cuando se comenzaron a explotar
distribuciones donde las presas no eran tan numerosas ni permanecían tan
cerca y se hacía menester seguirlas, es decir, cobrarlas. Estas nuevas
distribuciones estaban, pues, repartidas o loculadas en una nueva
escala de grano y exigían mayor rapidez de captura. Se estaba
conquistando un nuevo nicho ecológico. Y alrededor del tránsito del período
Ectasiano al Steniano, hace 1200 millones de años (cien millones más, cien
menos), la disponibilidad de mucha mayor energía en el organismo con
peroxisomas y mitocondrias perfeccionadas permitió explotarlo mucho mejor.
Dióse un gran salto en velocidad y capacidad de movimiento sin ningún cambio
substancial en el mecanismo de base: el control ciliar siempre explotaba la
interferencia de la presa con la coordinación ciliar.
La nueva
capacidad, de “pastar” en aguas loculadas con nutrientes en una escala de
granulación ampliada, requirió este gran salto crucial en las funciones
integrativas de relación. “Funciones de relación”, recordemos, son las que
relacionan al organismo con su ambiente. Tal salto llevaría, más de otro
medio eón más adelante o sea hace menos de 700 millones de años, a la
selección natural de medios para generar, en las mentes que en aquel
momento comenzarían a eclosionar regularmente en estructuras
espaciotemporales de campo sostenidas por el funcionamiento de ganglios
nerviosos, contenidos mentales adecuados a las necesidades de la adaptación
a sus distintos ambientes, mapeando los eventos del entorno.
En torno a los “goznes” – la
diferenciación del reino animal
¿Qué había
ocurrido en el eón precedente? Toda ampliación de la escala espacial del
reparto o loculación de los nutrientes conlleva acortar proporcionalmente la
escala duracional de su encuentro. Se hace necesario comerse lo que
casualmente se nos acerca antes de que vuelva a alejarse fuera de alcance.
Esto suministró la presión de selección para refinar la conducta
ingestiva de nuestros predatores antepasados (ancestro también de todos los
Animalia, va sin decir) de modo de nutrirse explotando encuentros más
elusivos, o eventos más efímeros ... que exigen al cazador direccionamiento
más preciso. Para lo que se usa el mapa fisiológico y se lo actualiza
siguiendo el progreso de los hechos con suficiente proximidad.
En los nuevos
nichos, más gruesamente loculados, los eventos de cercanía al alimento se
hicieron más fugaces, y requirieron operar en una nueva escala duracional,
más breve. Las ocasiones de comer se desvanecían con una rapidez que
previamente había impedido explotarlas. Aprovecharlas exigía reacciones más
rápidas y dirigibles. Había que mapear mejor el ambiente y proceder sin
demora. Los lerdos habrían de volverse al viejo nicho, so pena de ayuno e
inexorable extinción.
Pero el hambre
aprieta. Las escaladas de conducta raptorial no aguardaron la
multicelularidad y la diferenciación de tejidos, mucho menos la de neuronas y
sinapsis, a fin de articular las acciones que forman el comportamiento
“celular”. Algunos de los primeros metacariotas, por supuesto acelulares
(aunque es posible que luego, aún antes de originarse la multicelularidad,
hayan mantenido dos o varios núcleos en su fase trófica, en algún momento
quizás alojados en sendos alvéolos), estaban detectando y reaccionando de
manera nueva a estos eventos desperdigados de cercanía al alimento. Lo hacían
mientras avanzaban, en las inestables posiciones de la natación libre
- proeza cardinal, que excede todas las posteriores adquisiciones del vuelo
aéreo.
Esa forma
nueva está probablemente conservada en los géneros de ciliados modernos,
entre los cuales Paramæcium constituye un locus classicus. Son
estos los ciliados que con sus reactivas cacerías mantienen cristalinos los
arroyuelos de montaña y barren de las aguas contaminadas muchos gérmenes
patógenos. Más llamativo aun es Didinium, similar a un barrilito con
punta, propulsado por cinturones de cilias, que ataca a los paramecios
con la punta por delante. Rodando veloz por el agua maniobra, alinea la presa
con su citostoma o “boca” y la ingiere abriendo tal “boca” y tragándose la
presa entera. Los Didinium pueden engullir paramecios que los duplican
en corpulencia y repetir su notable desempeño una docena de veces al día. Las
“amebas felizmente sifilíticas” lograron valerse de sus “patines de carrera”
porque no eran “ciegas” sino capaces de cazar aprovechando los “choques”.
Empero, en
estos modernos Protozoos maniobrantes, su alta complejidad genética, que
supera la de numerosos Animales, sus mitocondrias perfeccionadas, así como
los múltiples usos de sus alvéolos corticales, son todas diferenciaciones
seguramente mucho más frescas que el sistema de control de su coordinación
ciliar. Además, el filum Ciliophora, antes llamado Ciliata, es inadecuado
para considerarlo nuestro antepasado “protoopalozoario” del Mesoproterozoico;
ello es así porque, en los toscamente estimados tiempos en que el filum
Ciliophora emergía de protalveolados que conservaban crestas mitocondriales
tubulares, hacía ya mucho que nuestro ancestro Opalozoario estaba embarcado
en una via colateral platicristada bien diferenciada, que conducía hacia la
organization coanozoaria;
estos Coanozoos integran el último grupo común del que evolucionó todo el
reino animal.
Los parientes protistas más próximos a los Animalia son pues los
coanoflagelados.
El antecesor común apareció hará unos mil millones de años,
es decir con la iniciación del Neoproterozoico, y originó:
1)
El linaje coanoflagelado;
2)
El linaje animal (espongiarios, luego cnidarios,
luego el resto);
3) El linaje
fungal (primero quitridiomicetos, luego los zygo-asco-basidiomicetos; el
resto de los “fungi” no desciende filéticamente de estas formas).
No es posible
pues resucitar
por vía sincicial (un sincicio es una masa de citoplasma
multinucleado sin separación de células, que es posible haya precedido a la
multicelularidad) ningún extemporáneo “linaje paramecio para la humanidad”.
Pero los detalles de la situación, así como las etapas inmediatamente
conducentes a ella, son todavía controvertidos. No obstante, no es necesario
tenerlos establecidos para avanzar con el presente relato. Como los sistemas
undulipodiales (el ciliar y el flagelar eucariota) son muy anteriores a
cualquier postremo antepasado común putativo de los Animalia, el control
pre-Animal de la coordinación ciliar, reflejador de eventos y espacialmente o
volumétricamente distribuido, puede indistintamente haber pasado
conservadoramente a los fila animales de cualquier modo, via cualquiera o
cualesquiera linajes filogénicos pre-coanoflagelados, incluso a través de
para-coanoflagelados con nutrición abductiva. Incluso la situación no cambia
si, como algunos analizan, el origen de los “metazoos” hubiera acontecido
como pasaje desde un protozoo hacia un par simbiótico protocigota
ancestral a una cigota “metazoaria”
u otras endosimbiosis de varios protistas. A esta situación
paleoneurobiológica la llamamos en mi laboratorio “equivalencia de bisagras”,
en inglés “hinges equivalency”.
Vale la pena
recordar aquí que los cuatro reinos celularizados o multicelulares de nuestro
planeta (Animalia, Fungi, Chromista y Plantae; los otros cuatro son
acelulares, es decir mantienen una sola copia del genoma por cada individuo)
se diferenciaron bastante después de que se tornase ampliamente disponible la
implementación fisiológica que, por medio de dispositivos de interferencia,
ajustaba al entorno el nivel más superior de regulaciones orgánicas. En la
diferenciación de la biodiversidad terrestre, esta implementación fue
conservada a través de la segregación taxonómica en nivel reino, desde
Protozoa a Animalia, durante la evolución de las funciones integrativas de
relación.
Así pues, el
reino protista Protozoa es antecesor del reino animal, más reciente, en el
cual las regulaciones neuronoemáticas fueron seleccionadas. Fue en este
contexto que, entre 1964 y 1971 con resultados en 1969, el mencionado cotejo
detallado de las presentaciones de cilias en todos los taxones con cilias de
nuestro planeta me evidenció la necesidad de reivindicar formalmente la
homología filética (es decir, la derivación paleontológica por descendencia
histórica) del esqueleto electromagnético del parénquima neuronoemático - con
su función de proveer a los psiquismos en él eclosionados un desarrollo
intelectual adecuado a la supervivencia en cada entorno - a partir del
sistema neuroeléctrico de referenciamiento y control ciliar en los organismos
sin regulaciones mediadas por psiquismo que, por entonces, englobábamos como
Infusoria o ciliados: ancestro también del bien monofilético filum Ciliophora
de los actuales Alveolata Neozoa en Bikonta Dictiozoa. Precisamente a estos
se los agrupa según sus morfologias subciliares,
que constituyen la región anatómica capital (cuyas funciones luego asumiría
el ectodermo, en los multicelulares) para la evolución de las funciones de
relación capaces de resolver los eventos más rápidos de importancia
biológica.
Como vimos, para
nuestro linaje coanozoico los ciliados pre-Ciliophora son más importantes que
estos. La emergencia de los Ciliophora en el linaje eucariota, parte de un
proceso de diferenciación más amplio conocido como “radiación eucariota
terminal”, ocurrió relativamente tarde. En cuanto a datación absoluta, el
“reloj” del ARN ribosómico y otros se mantienen algo discrepantes y sus
lecturas extremas varían entre 1300 - ver Ref.
- y 800 millones de años ha.
La etapa ciliar en la filogenia de la inteligencia
Como los “infusorios” no
tienen sistema nervioso, concebir la implementación del nivel más superior de
regulaciones orgánicas en cualquier proceso de interferencia previo a la
subepitelización y fibrilarización de los incipientes sistemas neurales del
Proterozoico terminal (650 a
542
millones de años ha, todo el período Ediacareano y quizás algo del anterior)
fue un tanto inverosímil para los años sesenta. Algo similar había ocurrido
ocho décadas antes, al descubrirse la perfección de las pinturas
prehistóricas de Altamira: fina pintura artística en cavernas de antes del
Diluvio, y operación orientada hacia objetos antes de las sinapsis, parecían
irrazonables. Por fortuna Karl Pribram y otros numerosos neurobiólogos
angloamericanos habían redescubierto, entre 1966 y 1969, la capacidad de las
interferencias para aludir a sus propias estructuras implicadas como ondas
estacionarias, que Jakob señalara a partir de 1906. Claro que esos
neurobiólogos no las imaginaban para la función que les asignara Jakob, sino
como implementación de memorias “almacenadas” en el cerebro, lo que Jakob
rechazara ya desde el comienzo de sus trabajos al respecto. Empero, como
hecho histórico indeducible la evidencia me indicaba la existencia, no solo
desde el Neoproterozoico (1000 a
542
millones de años ha) sino desde el Mesoproterozoico (1600 a 1000 millones de
años ha), y aun antes (en un intervalo centrado hace 1750 millones de años,
en pleno Paleoproterozoico), de una implementación fisiológica ampliamente
disponible para que, aludiendo a objetos por vía de los medios de
interferencia, el nivel más superior de regulaciones orgánicas se ajustara a
las novedades del ambiente.
Para que un
proceso fisiológico arcaico hubiera sido así elegible como candidato para la
homología evolutiva, tanto
paleoneurobiológica
como neuropaleontológica,
con las principales funciones integradoras de los más complejos sistemas
nerviosos terrestres de la actualidad, el rasgo crucial residía en su
capacidad para definir diversos contenidos internos eventualmente capaces de
interactuar causalmente entre ellos (por medio de cadenas causales que
involucrasen cualquiera de las modalidades de interacción físicamente
posibles) como unidades elementales separadas, pero en el extremo opuesto al
que ocupa el genoma en la serie de regulaciones orgánicas. Esto significa
que, mientras el genoma no responde adaptativamente a los eventos del
entorno, mal que a los lamarckianos les pese, y el soma surgido de él sí lo
hace pero con cierta lentitud, este proceso que aquí nos ocupa debía hacerlo
con la más fina resolución temporal que tuviera valor adaptativo.
El proceso
de interés paleoneurobiológico que evoluciona sobre todos los
escenarios alternativos de incepción de los “metazoos”, es la capacidad
orientada a objetos (no meramente obediente a gradientes) de transformar la
mecanoquímica del citosqueleto por medio de señales provinientes de eventos
ambientales.
Antes de que
ninguna selección natural, sirviendo a ajustar la conducta del organismo en
un simulacro interno especializado de las secuencias causales entre
relevancias ambientales, hubiera podido refinar las cadenas de interacciones
posibles entre contenidos neuronoemáticos utilizando como medio la eclosión
de psiquismos que captaran gnoseológicamente esos contenidos (es decir, que
los conocieran) e inauguraran por sí mismos nuevas cadenas causales
atendiendo sus emociones y percepciones, era necesario contar con algún medio
fisiológico seguro para producir aquellos contenidos estructurales y
estructuralmente manejables referidos a los sucesos del entorno. Y el medio
fisiológico para componer tales contenidos estructurales velozmente
cambiantes resultó ser la interferencia definidora de lo que Jakob llamaba
“ondas estacionarias”, anteriores en mucho a los tiempos en que algún
circuito neural (“hodología”) hubiese podido llegar a existir. El hecho que
actualmente señala su rol de antecesor es pues la dispersión del
proceso
de control
ciliar a través de los
phyla
de Protozoos y de
Animales
y,
en este último reino,
en todas y cada una de
las clases de sus tejidos.
Lo que aquel
largo cotejo de todas las formas ciliares puso en claro fue la temprana
disponibilidad, selección y difusión, en las mencionados eras Proterozoicas,
del sistema citoeléctrico de referenciar eventos para el control ciliar como
regulaciones ajustadas a eventos superpuestas a los
modos generales de coordinación ciliar, que pre-operaban como su substrato
funcional y a los cuales modulaba, en un microorganismo eucariota antecesor
de los Animalia que, sensu lato, es visualizado como también
probablemente común a los dos constituyentes (Adictyozoa y Dictiozoa) del
reino Protozoa.
Como es
sabido, Protozoa es un reino fundamentalmente quimérico en origen (surgido de
las mencionadas endosimbiosis mitocondriogénicas y probablemente ya de las
peroxisomagénicas en un arquezoo metamonadal,
para detoxificarse del oxígeno proveniente del ambiente); fagotrófico sin
excepción y generalmente, pero no universalmente, precelular; es decir, no
compartimentador de las diferentes expresiones de muchas réplicas de su
genoma: “unicelular” en sentido virchowiano. Desde un último antecesor común
así dotado de esta capacidad (de referenciar eventos relevantes para el
control ciliar) que delineando apropiadamente el ambiente ajusta las acciones
sobre tales eventos (esto es: que trata con ciertas clases de acontecimientos
loculados en el medio, en vez de meramente depender de los gradientes de
factores físicos y quimiotácticos revelados por repetidos sondeos, sólo
direccionales y mucho menos loculados), tuvo lugar la derivación
paleontológica por descendencia, u homología filética, de las funciones
integrativas del parénquima neuronoemático, con su triple modo de operación
(representar acontecimientos, permitir la apertura de espacios operativos y
generar entonaciones sensitivas del sintiente allí circunstanciado).
Permítaseme
decirlo otra vez. Atravesando reinos taxonómicos y niveles de complejidad
orgánica nos encontramos formalmente con la homología filética del esculpido
electroquímico del control ciliar y las conformaciones electroneurobiológicas,
ambos definidores de transitorias estructuras espaciales en el campo
eléctrico por medio de la interferencia volumétrica entre los valores
instantáneos de su potencial que derivan del funcionamiento interno y los que
derivan de la presencia de estímulos. No tiene importancia que la mayoría de
los fila animales hayan perdido esta función e instaurado en su lugar
ganglios o plexos nerviosos - que operan sin ella - como su nivel más
superior de regulaciones orgánicas, ya que por lo menos uno de esos fila, a
saber los cordados, utiliza actualmente tales conformaciones
electroneurobiológicas. Tampoco importa que en alguno de esos otros fila tal
función perdida pudiera haber sido independientemente seleccionada otra vez,
tal vez 400 millones de años más tarde, como acaso podría ser la situación de
algunos cefalópodos comentada más abajo. Y tampoco importa que, en el origen
de los cordados, los fósiles de procordados del
Proterozoico terminal
lógicamente no preserven el tejido neuropilar que encontramos en sus
descendientes actuales de similar nivel organizacional; más importante aun
que ello es describir su conducta, cuyas grandes incertidumbres respecto a
cualquier organismo particular (por ejemplo, los yunnanozoos como
Haikouella)
se acotan muchísimo al considerar la variedad total de conductas predatoras
en las faunas ediacareanas y cámbricas recientemente reveladas. Nada insinúa
que la multicelularidad provenga de una rudimentarización o simplificación de
las funciones de relación, o que la exija. Tras la evolución precedentemente
delineada los multicelulares, como veremos, para desarrollarse en el
Cryogeniano y el Ediacareano no debieron renunciar a la conducta de caza y
recombinación sexual y estrenarse en nichos que no requiriesen moverse con
referencia a objetos y ofrecieran exceso de alimento - ni esperar la
diferenciación celular y orgánica de fibras, plexos o ganglios neurales. Pero
continuemos considerando las etapas anteriores.
La conducta
del organismo predator había quedado así orientada hacia esas transiencias
“objetales” que, estando causalmente ajustadas al estímulo que las origina,
determinan además la eficacia de esa conducta.
O, como decía en un resumen
algo posterior: “The most primitive sensory-effector peripheric devices,
supporting the construction of object worlds (or systems of interactive
object contents addressable for the organism’s internal operations that can
also result in its behaviour), and wherefrom all the succeeding forms
including chordate brains derive, are ciliary devices, which function by
transducing the primary messenger by ionic conductance changes across the
reinforced membranes of its prolongations (cilia) in response to forces
applied on them, as a kind of primaeval mechanoreceptors.”
[“Los más primitivos dispositivos periféricos sensoefectores, sostén de la
construcción de mundos objetales (o sistemas de contenidos objetales
interactivos aludibles por las operaciones internas del organismo que
asimismo pueden resultar en su conducta) y de los cuales derivan todas las
formas posteriores incluyendo los órganos cerebrales de cordados, son
dispositivos ciliares, que funcionan transduciendo mensajeros primarios en
cambios de conductancias iónicas a través de las membranas modificadas de sus
prolongaciones (cilias) en respuesta a las fuerzas aplicadas sobre ellas,
como una suerte de primitivos mecanorreceptores”]. Este cortex bajo la
ciliatura de los Protozoos ciliados, tal como los centriolos y membranas,
integra factores hereditarios no-genéticos de moldeado (“templating”)
que jugaron importante rol en la evolución. La novedad pues consiste en que
el control ajustado a eventos (de la coordinación ciliar automática) fue
conservado, durante la morfogénesis evolutiva de las funciones de relación,
como la interferencia de formas o estructuras espaciales de concentración y
dispersión iónicas distribuidas volumétricamente en el citosol de la
infraciliatura.
Estas
interferencias no requieren ningún dispositivo hereditario para iniciarse.
Del mismo modo que en presencia de nutrientes doquiera se forme una cilia
bate, igualmente doquiera se coordinen cilias la estructura instantánea de
portadores de carga en su base puede interferir con la estructura derivada de
un contacto viscoso y modifica el batido en referencia al mismo. Por supuesto
el sistema puede refinarse de mil formas, preservando su principio. “Nervous
functions do not begin with conduction but with the distributed interferences
making addressable objects” (“Las funciones nerviosas no se inician con
la conducción sino con las interferencias distribuídas que forman objetos
aludibles”).
Ello es
indicado por aquel hecho anatómico extendido en el grado más extraordinario:
en practicamente todos los multicelulares complejos se preservan
instrucciones para producir en cualquier tejido cilias automáticamente
mótiles - funcionalmente inútiles inclusive. Ello abarca por supuesto nuestro
propio parénquima neuronoemático, como don Pío del Río Hortega descubriera en
1916 (en cerebros adultos luego las cilias fueron demostradas en todo tipo
celular: neuronas, glía, neoplasmas; además, las cilias fueron
experimentalmente inducidas en el córtex cerebral y en muchos núcleos grises
en reacción al tratamiento antidepresivo con inhibidores de la
monoaminooxidasa,
que permiten a las monoaminas acumularse). Flagrantemente fútil, como
mencioné, fascinaba a don Pío.
¿Qué podría
significar tan inútil batir en el tejido orgánicamente especializado para
introspeccionar simulaciones dinámicas del ambiente e insertar en él nuevas
series causales?
Los modelos de
Jakob, avanzados desde diez años antes, y mi propia revista de esa
extraordinaria ubicuidad medio siglo después del hallazgo de don Pío,
indicaron que junto a las instrucciones para formar cilias los multicelulares
preservan también las determinaciones que, epigenéticamente, desarrollan el
sistema referenciador de control ciliar por interferencia distribuída de
potentiales, como simple producto secundario físico de la geometría y la
dinámica de un colectivo ciliar. Estas novedades en neurobiología evolutiva
no fueron muy conocidas en ultramar, en ámbitos extrarregionales donde sólo
los aspectos químicos de la sensitividad protozoica alcanzaron bastante
después cierto tímido interés neurocientífico.
Tal interés se restringe a comparar las rutas de reacción de
los quimiorreceptores a cargo de la transducción de señales en Protozoa y en
neuronas receptoras. Deja completamente de lado el estudio de las
estructuraciones espaciotemporales, filéticamente conservadas en las
funciones de relación más superiores, obtenidas por concentración y
dispersión de iones en la escala celular, tanto en Protozoos como en
el mapeo neuronal de los eventos relevantes a la supervivencia. Quizás una
valla conceptual yaciese en la falta de cierta perspectiva de estas funciones
de relación orientada a objetos. Esta perspectiva hoy es común
por la comprensión de las computadoras existente entre biólogos y
psicofisiólogos. ¿Quién la ignora hoy? En cambio en los años de 1960 recién
escapaba, con el advenimiento de hologramas y holofonos, de las flagrantes
metáforas de los modelos psicoanalíticos (p.e. Melanie Klein, Bion, Edith
Jacobson) y del appetitus naturale. Y en 1906, fuera de los modelos de
Jakob, por culpa del exagerado ascendiente y la ofuscante sobresimplificación
de la teoría de la neurona una perspectiva orientada a objetos
de las funciones de relación sólo había sido patrimonio casi ininteligible de
los asociacionistas más acérrimos. Pero retornemos a nuestro linaje
proterozoico, incompatible con la absolutización de redes neurales en
neurobiología. Utilizo el ya añoso cuadro general siguiente (Crocco 1971)
como recurso docente para presentar una perspectiva integral del proceso de
desarrollo evolutivo, que enseguida pasaré a comentar:
ETAPAS EVOLUTIVAS DE LAS FUNCIONES DE
RELACIÓN MÁS SUPERIORES
1.
Membrana exterior ciliada, que habilita arcaicos hospedadores
Archamoebae primitivamente mitocondriados y todavía carentes de peroxisomas
para mejorar el muestreo procariota de gradientes, llevándolo a gruesos
mapeos de eventos medioambientales donde la representación interna de los
acontecimientos relevantes es una transiencia fisiológica (esculpida en las
conformaciones de concentración y dispersión de iones para el control
ciliar) referenciable para articular respuestas globales orientadas a
objetos, integrables con sumación y habituación;
2.
Sincicio ciliado, que habilita acelulares (con uno, dos o varios
núcleos en su fase trófica), prealveolados o alveolados, para refinar su
mapeo de objetos conforme a su recién adquirido aerobismo, incluyendo
eficaz beta-oxidación lipídicas y fosforilación oxidativa como recursos
aparte de la energética de la coordinación ciliar;
3.
Epitelio ciliado, en multicelulares (probablemente diferenciadores
de células germinales) análogos a los moruloidea, probablemente capaces de
condicionar respuestas reflejas irreproducibles tras su extinción;
4.
a 10. Las señales
bioeléctricas pasivamente propagadas no se ciñen a las simples noticias que
pueden describirse con la ecuación del cable, pero en el linaje cordado
estas evolucionan paralelamente con aquellas.
Se origina así un sistema nervioso que incluye
tanto funcionamiento ganglionar como referencia a objetos por
estructuración de potenciales. Sus etapas son subepitelización,
fibrilarización (ambas alcanzadas por primera vez en nuestra biósfera antes
de los tiempos del Proterozoico terminal, 650 a 542 millones de años ha, al
final de los cuales el año terrestre contaba 403 días de 21 horas y 44
minutos), plexusificación, ganglionarización (ya alcanzados en dichos
tiempos), neuropilarización, corticalización y neocorticalización –
esta última a partir de los reptiles, unos 280 millones de años atrás.
Estas etapas 4 a 10 eran ya reconocidas previamente a mi citado cotejo
(1964-1971) como las etapas evolutivas de las funciones de relación más
superiores que desembocaron en la selección natural de procesos físicos
disimiladores de manifestaciones.
Más antiguo,
pues, que los cuatro reinos que operan en paralelo numerosas copias de cada
genoma, es decir, que los reinos multicelulares
1
Animalia
(que evolucionaron a partir de Protozoa por diferentiación de tejido
conectivo colagenoso encajado entre dos estratos celulares epiteliales que
muy pronto se diversificaron, transición que tuvo lugar de Choanozoa a
Porífera);
2
Fungi
(que
evolucionaron a partir de Protozoa por selección, para su fase trófica, de
paredes celulares quitinosas forzándose a cambiar desde fagotrofia -
nutrición por ingesta - a nutrición por absorción, transición que tuvo lugar
de Choanozoa a Chytridiomycetos); la ref. 6 sugiere una antigüedad de 1492 ±
46 millones de años para su divergencia de los animales;
3
Chromista
(que evolucionaron a partir de hospedadores Protozoa por fagocitosis de un
endosimbionte fotosintético eucariota que, por fusión de la membrana del
fagosoma con la envoltura nuclear del hospedador, entraron en general en el
lumen del retículo endoplásmico rugoso en vez de liberar cloroplastos en el
citosol, como hacen Plantae y Protozoa fotosintéticos), y
4
Plantae
(que evolucionaron a partir de Protozoa por diferenciación de plástidos con
doble envoltura, con almidón en sus plástidos o en el citosol, y generalizado
abandono de la fagotrofia; las plantas terrestres, en particular, si hemos de
seguir las nuevas indicaciones del análisis de secuencias proteínicas
habrían aparecido hace 700 millones de años),
este
dispositivo o implementación fisiológica distingue eventos ambientales
relevantes por medio de un proceso de interferencia que permite articular
representaciones y aprender rasgos ambientales operando con tales
representaciones, en una implementación que no es hodológica (es decir,
basada en circuitos) sino atañe a las reacciones del organismo como totalidad
espaciotemporal.
Sidney Tamm,
quien forma parte del pequeño número de científicos consagrados durante
décadas a escrutar cilias, subraya que la “Axonemal behavior was probably
invented by the early eukaryotic cell for its survival. The ability to change
cytoskeletal mechanochemistry by messengers elicited by environmental stimuli
is the fundamental process in such behavior” (“La conducta axonemal fue
probablemente inventada por la temprana célula eucariota para sobrevivir. La
capacidad de modificar la mecanoquímica citoesquelética con mensajeros
elicitados por estímulos ambientales es el proceso fundamental en esta
conducta”).
Y Cavalier-Smith subraya
que “all non-ciliate eukaryotes are ultimately derived from ancestors with
cilia” (“todos los eucariota no-ciliados derivan por último de
antecesores con cilias”), precisamente como en nuestra tradición local más de
veinte años antes me había tocado concluir pre-químicamente, en base al nudo
catalogar la distribución de cilias a través de los taxones.
Es hecho
ampliamente acreditado que las cilias se perdieron secundariamente con
frecuencia durante la evolución de los eucariotas. No obstante, donde se
conservaron, la descendencia del último antecesor común debe haber
evolucionado desarrollando diferentes relojes internos (“timing”) y
diferentes respuestas a señales similares. Sobre estos hechos, en nuestra
tradición local centramos el énfasis en las estructuras de interferencia para
el control distribuído del batido y para la distribución
espacial de las señales ambientales procesadas con mínima demora a fin de
lograr ese control. La mencionada homología fue reivindicada respecto a esta
interferencia, como parte de acentuar the spatially-distributed features
of the ciliary control system.
Vemos a este dispositivo en acción en los actuales Ciliophora. Estas
criaturas platicristadas de hoy “nadan” ágilmente, enfundadas en su
alfombrilla ciliar propulsora o fajadas por sus cinchas de cilias. Se
atornillan al agua, privadas casi de inercia por los bajos números de
Reynolds, y su mera coordinación ciliar les compone trayectorias
parahelicoidales, siempre descomponibles en segmentos de arco. ¿Cómo
controlan su batido ciliar para lograr direccionamiento y reversiones
del curso? ¿Cómo hacen para orientarse hacia eventuales estímulos, o
para retirarse lejos de ellos?
Fuentes y mecanismos del control ciliar
De acuerdo con
la denominada “equilibrium-point hypothesis”,
los organismos aprovechan las propiedades mecánicas y viscoelásticas de sus
efectores (es decir, de los miembros corporales que ponen en acción en sus
conductas) para resolver analógicamente - o, muy cerca del polo
analógico de la continuidad simulativa analogico-digital - los
complejos problemas computacionales vinculados al control y representación de
la postura y la motilidad. Los complejos animales multicelulares derivan de
un nivel organizacional protista común, el del postremo antecesor compartido.
La fisiología de éste incluía control de las organelas periféricas y
motilidad undulipodial por dineína-tubulina; el campo de fuerzas elásticas le
brindaba una caracterización adaptativamente suficiente o “completa” de la
postura y posición del organismo entre las circunstancias no-rutinarias más
velozmente cambiantes que habían resultado relevantes para su ancestro. Cuán
“completo” llega a ser tal mapa varía mucho en los organismos que hoy vemos
desplazarse con ayuda de undulipodios. Algunos se mueven completamente al
azar, ya que sólo necesitan ingerir y tratar de digerir todo cuerpo de
“tamaño vacuola” con el que se topen en contacto más o menos prolongado.
Otros son capaces de alternar derroteros al azar, o bien cursos dirigidos
por la detección química de cambios al cotejar sucesivas mediciones locales
de ciertos valores generales del ambiente, con respuestas ingestivas
dirigidas a objetos dentro de cierta acuidad duracional, tras lo cual
recomienzan aquella porción de su desplazamiento que es errática o bien sólo
dirigida por gradientes ambientales. ¿Cómo lo hacen?
“Una célula
puede controlar la conducta exacta de sus cilias”, señala Sidney Tamm, “por
un sistema de transducción de señales que incide sobre el oscilador
intrínseco de los axonemas en forma bastante parecida a como la palanca de
cambios afecta el acople de un motor en marcha con el eje motriz. Cambiando
la velocidad del dispositivo alternador, el sistema pone las organelas en
segunda o tercera velocidad, detención, quizás un estado neutral, y a veces .
. . un modo revertido de batir. Las señales derivan de la estimulación de la
célula, que normalmente abre canales de Ca2+ sensitivos al
voltaje en la membrana [que enfunda cada] cilia o bien cambia la
concentración de nucleótidos cíclicos dentro del axonema”.
En las cilias cada velocidad del automóvil sería uno de los modos
fundamentales de batido. La diversidad de los fenotipos de batido
proviene, simplemente, en parte de diferente “timing” intrínseco, y en
parte de diferentes respuestas a las mismas señales.
Dentro del
organismo de los diversos Ciliophora, “estilos” o formas de ondas químicas -
generadas por adición o substracción locales de las especies químicas en
difusión - circulan bajo la membrana citoplasmática o exterior, a menudo bajo
toda ella, alrededor de los axonemas activos. Estas formaciones
submembranales corporizan la intervención inaugural del hospedador en la
acción de fustigar el agua, que efectúan las cilias producidas por su genoma.
La coordinación ciliar, substrato funcional del control
ciliar, es como recalqué enteramente automática, bioquímica (consistente en
cambios conformacionales de la molécula de dineina con hidrólisis del ATP,
con ciclos de 5 a 10 ms), eléctrica (consistente en un gradiente de
potencial, observado hace ya mucho, a lo largo de cada cilia a medida que la
medición se acerca al citoplasma negativo, gradiente que durante el regreso
del “latigazo” permitiría un retorno de las cargas transferidas; y en la
oportuna operación de canales para iones externos en la membrana ciliar) y
mecánica (consistente en la autorregulación de la curvatura, que
retroalimenta torsiones e inflexiones vibracionales de los microtúbulos, y en
la geometría acollarada de las bases ciliares, que probablemente produce
eventos quimioeléctricos hasta cierta acumulación tope, como ocurre en las
espinas vibrátiles y los filopodia de las dendritas),
.
Las cilias deslizan lateralmente los microtóbulos enfundados que forman su
axonema y se curvan velozmente, azotando el agua (mejor dicho, “cuchareando”
el agua con una torsión longitudino-transversa, como habría de hacerse para
tomar sopa apresuradamente sin salpicar, y no barriéndola rectamente como si
la “paletearan” remos sólo capaces de virar sin alargarse), seguida
metacrónicamente (feliz término propuesto por Verworn en 1889) por toda
la fila hidrodinámicamente acoplada. En ella cada cilia adiciona momento
impulsor al agua ya “cuchareada” por la cilia vecina. Eso impele al
organismo, llevándolo por trayectorias ineluctablemente helicoides. El
sistema de control ciliar le superpone comandos moduladores a este
metacronismo, siguiendo el principio de superposición de ondas que Jakob
enfatizara para la fisiología de su descendencia neural.
Este sistema de
control ciliar se despliega espacialmente, en formas como Opalozoa,
Paramaecium y similares incluso sobre toda la
superficie exterior del organismo y sobre su volumen subyacente. Allí ejecuta
el nivel más superior de control unificado sobre la conducta precisa
de todas sus cilias, espacialmente distribuidas como una
única unidad orgánica de acoples metacrónicos. Así habilita todas las
efecciones aloplásticas u operantes sobre el ambiente. Estas son básicamente
tres: las posturas de conjugación, en los géneros conjugantes; la caza, en
los nichos donde el alimento es elusivo; y, finalmente, las especiales
posturas que deben asumirse para alimentarse si grandes porciones de la
superficie corporal están cubiertas por cilias fijadas, como vimos, a un
citosqueleto de ningún modo tan rápido de reciclar como la ingestión
demandaría, citoesqueleto que por lo tanto exige un estoma o “boca” - la cual
para englutir debe posicionarse. El sistema de control ciliar plasma todas
estas posturas vitales. Así, pese a no disponer de apoyos inerciales, se
alternan ágilmente las conductas de auto-situarse.
El sistema de
control opera o alcanza a surtir efectos sobre el medio y las presas. Alcanza
“ecforia”, pues, lo que significa que obra causalmente fuera del organismo;
“ecforia” es un término preciso que no se restringe a los sistemas nerviosos.
Lo hace por medio de una combinación interna de transducciones de señales.
Esta termina por incidir sobre los mencionados osciladores axonemales
intrínsecos (combinación principalmente mediada por Ca2+ y,
menos frecuentemente, por AMP cíclico y GMP cíclico), poniendo a la ciliatura
en alguno de los diversos modos fundamentales de batido. La corriente
de Na+ y, especialmente, una vasta disposición de corrientes de K+,
que establecen los potenciales de membrana en reposo sobre los cuales las
translocaciones de Ca2+ desencadenan el control de nuestro
presente interés, son críticas para que la excitabilidad eléctrica mantenga
los modos de
atornillamiento o “natación”
adecuados.
Recíprocamente
(“introyección” diría Jakob),
el eventual contacto viscoso de una presa o micela comestible - o algún otro
estímulo, reconocido como comestible de entre un pequeño menú selectivamente
tornado relevante en la filogenia - con la zona de captura
de las batientes cilias distribuye una alteración sistémica detectable
(ya que el bajo número de Reynolds retarda el borrado de las novedades que
afectan al movimiento). Esta alteración particular es bien diferente de la
alteración general que se observa al modificar muy gradualmente la viscosidad
del medio (por ejemplo al agregarle goma tragacanto) e interfiere en modo
también particular e identificable con la llegada a los osciladores
axonemáticos de los máximos y mínimos de la estructura de ondas.
Una
modificación precisa de la “natación”, ajustada al evento, resulta así
de ese bien definido moldeo de la interferencia. Esa modificación voltea con
precisión al cilióforo de modo que, por ejemplo, sitúe su citostoma (“boca”)
justamente en la postura adecuada para englutirse el micelo o la bacteria,
,
o que detenga la natación, o que revierta reactivamente su derrotero. Tan
complejo resultado, con efecto preciso sobre el
auto-situarse del
cilióforo,
involucra no sólo cambios en la diferencia de tensión superficial entre las
dos caras de la membrana celular, sino también
§
cambios auto-organizacionales en el mosaico flúido de la
membrana, que incluyen especiales regulaciones de la distribución y
biosíntesis de transportadores transmembrana pasivos y activos, con el efecto
de alterar la configuración del campo eléctrico y las ondas de presión
hidráulica derivadas de esa alteración;
§
arrastre de macromoléculas en gradientes de potential;
§
cambios conformacionales intraproteínicos con efectos en el
citosqueleto y la matriz extracelular;
§
ajuste de los valores de la viscoelasticidad de los dominios
de la membrana plasmática, ya que estos son predominantemente dependientes
del citosqueleto submembranoso; y
§
modulación local de las motilidades moleculares, todo también
relejando al estímulo.
Todo esto
altera o modula las bombas iónicas y las conductancias.
Afecta así la polaridad de la célula y las organelas submembranales, por
medio de las acciones en su interior de los gradientes del campo.
La
distribución espacial de estos efectos sobre las señales entrantes
mecánicas o bioquímicas es fundamental para la integración de más alto nivel
de la función axonemal en el comportamiento. En tal escenario, es esencial
discriminar los factores espaciales, a lo largo y lo ancho de la superficie
del dispositivo constituído por la entera población de cilias como un todo.
Esta
espacialidad de la señal (es decir, el emplazamiento de la entrada de Ca2+)
es crítica. Lo que cuenta son los efectos de la carga aportada con los iones
de calcio, no su idiosincrasia química, como subrayé: frecuentemente, qué
iones sean puestos en juego no importa, o importa para otra cosa. No
obstante, a menudo el calcio es el transportador de carga de elección, como
también lo es por ejemplo para generar la despolarización que “dispara” las
sinapsis renovando el potencial. Los efectos de la carga aportada con los
iones de calcio, es decir la intensidad resultante del campo eléctrico en
cada punto del volumen a cada instante y en algunos casos las tenues
densidades de flujo magnético (0,1 a 100 nanotesla, a lo más milésimos de las
intensidades que orientan nuestras brújulas en el campo terrestre) originadas
por su modificación, juegan un rol crucial en muchísimos ajustes celulares
que subyacen a las respuestas conductuales condicionadas y al aprendizaje
asociativo. Considerando justamente la espacialidad de la señal, pero desde
consideraciones por entero independientes y ajenas a nuestras cuestiones
paleoneurobiológicas, el prof. S. Tamm dividió las respuestas motoras
reguladas por Ca2+ en dos tipos fundamentalmente diferentes
de regulación axonemal,
que dependen de diferentes distribuciones espaciales del señalamiento
con Ca2+:
(I) ‘Reprogramming’
o cambios cualitativos en el modo de batido. Estos incluyen
reorientación de la dirección del batido ciliar (= “ciliary reversal”,
seriamente investigado en protozoos y animales diploblastos desde los años
1860)
y alternancia hacia modos de ondular flagelares (“flagellar waveform
patterns”), desencadenados por un rápido incremento global del Ca2+
ingresado por canales localizados todo a lo largo de la longitud ciliar,
los cuales, quisiera remarcar yo, en consecuencia no podrían sostener
por sí solos ninguna interferencia para mapear un esquema de algunos
eventos ambientales; y
(II) 'On-off'
o cambios cuantitativos en la actividad, que incluyen iniciación o
activación del batido, cambios en la frecuencia del batido y detención del
batido. Todos estos son cambios desencadenados por Ca2+
ingresado desde la infraciliatura o membrana citoplasmática en las bases del
conjunto de cilias (“at the bases of the ciliary flock”)
que, a la inversa del caso anterior, son en efecto capaces de hacer
referencia a eventos ambientales, mapeándolos en base a una distribución
interfiriente de los transportadores de carga.
Dentro del
primer caso, la entrada de Ca2+ adentro de las cilias y
flagelos que emprenden reprogramaciones o “reprogramming responses”
ocurre todo a lo largo de la cilia o del flagelo, debido a la distribución
uniforme de canales para Ca2+ activados por voltaje sobre
la superficie de la membrana que enfunda el axonema. La reversión del modo (“ciliary
reversal”) es, pues, desencadenada por una transiencia global axonemal de
Ca2+, que resulta de una distribución uniforme de los
canales Ca2+ excitados por diferencia de potencial (“voltage-dependent”)
localizados exclusivamente sobre la superficie de las membranas de las cilias
(en contraste, muchas otras conductancias iónicas residen en la membrana
somática). Mientras tanto, en otros axonemas, la alternancia desde el tipo
usual de brazada ciliar (“estilo pecho”, podríamos decir) a ondulaciones de
tipo flagelar es una acción directa de las altas concentraciones de Ca2+
(~104 M) sobre estos axonemas, ejemplificando una vez más
lo que el Prof. Jakob llamara la conversion de ciclos en ritmos.
Al contrario,
la activación ciliar y los incrementos en frecuencia de batido
son respuestas motoras comportamentales mediadas por incrementos en la
concentración del Ca2+ citosólico “only at the proximal
end of the axoneme”, bien por via de canales Ca2+
restringidos a la base de la membrana ciliar o por difusión de Ca2+
desde el cuerpo celular. (Ver el citado artículo del Prof. Tamm
y la literatura allí referida). Es este calcio el que modula tal
conversión, funcionalmente substratal. En ciertos casos, a saber, en ciertas
cilias animales carentes de canales de Ca2+ respondientes
al voltaje, la liberación de Ca2+ intracelular basta para desencadenar la
respuesta de encendido y apagado (“on-off”), mientras que en otras
cilias, en contraste, esos canales coexisten a lo largo del eje ciliar. En
cualquier caso es este segundo tipo de regulación que mapea eventos
ambientales el que modula al otro que no lo hace, determinando la adquisición
de la postura y conductas referidas al evento, por ejemplo ante la aparición
de una posible presa o nutriente.
Incluso parece
muy posible que la corriente de Ca2+ que, en la fototaxis,
se dispersa en torno al fotorreceptor y es factor clave para su adaptación,
actúe en o cerca de las bases de los axonemas, controlando el volverse del
organismo hacia la luz o rehuyéndola.
El Prof. Tamm concluye: “This
model also explains why reprogramming motor responses (i. e. ciliary
reversal) is usually accompanied by increases in beat frequency, whereas
on-off responses (increases in beat frequency) do not include reprogramming
responses. In the former case, a global Ca2+ increase
within the cilium would include the basal region of the axoneme, whereas in
the latter response the Ca2+ increase occurs only at the
base”.
(“Este modelo también explica por qué la reprogramación de
respuestas motoras, por ejemplo la reversión [del batido] ciliar se acompaña
por lo común con aumentos en la frecuencia de batido, mientras las respuestas
de encendido y apagado, cuando son aumentos en la frecuencia de batido, no
incluyen respuestas de reprogramación. En el primer caso, un aumento global
del Ca2+ dentro de la cilia incluiría la región basal del
axonema, mientras que en la segunda respuesta el aumento de Ca2+
solamente ocurre en la base.”)
Los dispositivos ciliares como efectores y como
configuradores de objetos
Lo esencial, de
todos estos procesos galvánicos espaciales y temporales corporizados por
distribuciones de especies químicas disueltas, es que solamente sus
interferencias distribuidas, similares a correlogramas, hologramas y
holofonos en cuanto a la unicidad de alguna pauta interna de
referencia (pero solamente en este respecto) brindada en este caso por la
regularidad del batido que acabo de describir, pueden disponer o “mapear”
referencias viscoelásticas del entorno (mapas que pueden ser tridimensionales
en base a la rigidez de los medios de trasmisión, que pueden ser ondas,
electromagnéticas o mecánicas, o bien efectores orgánicos),
en vez de meramente programar canales o rutas hacia las realidades
ambientales que, así, puedan ser reconocidas genéricamente sin recurso a la
subjetividad. De esta manera tales interferencias conducen a efectuar sobre
esos objetos las conductas adecuadas, función de la que proviene que el
ancestro ciliar sea común a los sistemas musculares y neurales.
Para los
sistemas neurales, un pertinaz, muy conocido y poco subrayado recordatorio de
este ancestro ocurre en el conservatismo de los Chordata: en la secuenciación
genómica de eventos químicos que desarrolla o despliega a todos los cuerpos
cordados. Esa secuenciación dispone espacialmente las reacciones químicas de
modo tal que la totalidad del tipo neuronal de células nerviosas se
origina, embrionariamente, en las llamadas zonas ventricular y subventricular,
en inmediata vecindad anatómica al canal central, otrora superficial o
externo, que compone las bases de los sistemas ciliares antaño a cargo de las
funciones de relación, o nivel regulativo más superior a cargo de manejar los
eventos más rápidos que el organismo está adaptado a tratar.
En cambio, con
excepción de unas pocas propuestas (por ejemplo, Ref.
),
el concepto de cualquier clase de precursor muscular, que interviniese
mecánicamente con fuerzas transversales locales en el control ciliar, túvose
por descontado por más de treinta años tras haber subrayado aquí la fuente
común de la motilidad y la sensibilidad en el arco que en el Proterozoico
terminal, tras la subepitelización y fibrilarización de algunos incipientes
sistemas neurales, habría de devenir sensocogitomotórico. Y fue así
descontado aun durante más tiempo, unos cuarenta años, tras el hincapié de
quien esto escribe en la irrazonabilidad paleoneurobiológica de contemplar
filogenias tempranas separadas - para lo que más adelante en la evolución
habría de ser recepción sensorial y efección muscular -
en base al incesante énfasis de Chr. Jakob’s en la seriación sensomotórica
de ciclos, ritmos, kinesias, praxias, gnosias y simbolias, tanto en la
filogenia cuanto en el desarrollo individual,
.
Sin embargo, la miosina fue demostrada en la infraciliatura de células de
aves hacia la mitad de los años de 1980,
.
Entonces comenzó a modelarse
la acción de fuerzas transversales sobre cilias individuales y
finalmente, en 1995, moléculas de miosina que podrían actuar de moduladores,
alterando la dirección del movimiento de cada cilia, fueron localizadas
en el conjunto de la cámara fibrilar del cuerpo basal (basal body-cage
complex) en Tetrahymena.
El punto
primario de la efección del control ciliar sobre cada cilia
individual, mediado por esas fuerzas transversales, es la distribución
espacial, a través de toda la infraciliatura, de los grados
simultáneamente diferentes de esas fuerzas mecánicas transversas. Esta
distribución proviene de la estructuración témporoespacial del campo
eléctrico en respuesta al estímulo. Tal distribución es necesaria para
configurar integralmente ese control, so pena que el organismo no se nutra ni
se conjugue. Pero la sensomotricidad, de la que esa distribución forma parte,
es una función integral e indivisible aun desde antes de que en su arco se
insertasen psiquismos.
Una aplicación
indiscriminante de fuerzas locales uniformes es, físicamente, inadecuada: no
sirve para aplicar la natación a estímulos loculados, especialmente en la
nutrición raptorial o cuasi-raptorial. Por cierto, los canales
transmembranales que detectan tensiones mecánicas independientemente del
citosqueleto subyacente, abriéndose en reacción a tensiones transferidas a
sus conformaciones por sus membranas, no han sido aún identificados
positivamente; pero no hay duda acerca de su realidad, ya que algún mecanismo
de ese tipo es biofísicamente palmario por sus efectos. Numerosas
conformaciones helicales transmembranales pueden efectuarlo. Como tal, la
posibilidad de una mecanodetección enteramente membranal fue
teóricamente asumida en los trabajos tempranos comentados.
Prioridad física y filética de los acoples efápticos sobre
los sinápticos
Las formas
cordonales consisten en una serie, ristra, o ringlera de algunas docenas de
células ciliadas. Tales células están fenotípicamente poco diferenciadas o
casi indiferenciadas y permanecen yuxtapuestas entre sí debido a incompleta
segregación postreproductiva.
A veces el cordón es delgado y todas las células contactan al exterior. Pero
las más de las veces algunas células quedan axiales o internas y sólo otras
forman en un momento dado la superficie del organismo. Los primigenios
Protozoos ciliados, con toda probabilidad, presentaron algunas formas
cordonales muy temprano en la selección natural de sus más complejas
conformaciones, dentro de su amplia variedad y a lo largo del vasto periodo,
comparable al que hoy nos separa de los tiempos cámbricos, en que la mayoría
de ellos sirvieron a la biósfera terrestre en el rol de predadores supremos
que hoy desempeñan las organizaciones humanas.
Estos cordones
celulares probablemente presentaban en el Neoproterozoico una morfología que
recordase a los Mesozoos. Éstos, los organismos del parvorreino Mesozoa en
Neozoa, son multicelulares - incluso en su fase trófica - con crestas
mitocondriales tubulares, y fueron incluídos entre los Protozoos porque, a
diferencia de los Animalia, carecen de tejido conectivo colagenoso. Pero
debemos notar que los Mesozoos del presente llegaron a su forma por una ruta
bastante distinta.
La
multicelularidad siempre crea problemas morfológicos y electrofisiológicos,
sin que importe por qué vía filética haya llegado el genoma a expresarse en
numerosas copias multicompartimentadas - que es lo que el concepto
“multicelularidad” significa. Algunas de estas copias crean problemas
menores, simples cuestiones de alternar adecuadamente la expresión de sus
genes, como quien toca las teclas adecuadas de un xilofón. Por ejemplo,
cuando hay células axiales presentes, naturalmente la expresión genética de
cilias de superficie celular en tales células que no asoman a la superficie
del organismo no habría sido seleccionada. No importa si, aparte de no
producir cilias, en sus otros rasgos estas células axiales estuvieran apenas
diferenciadas, conservándose casi tan totipotentes como en otros Protozoos
multicelulares; v. gr., como las esporas en Myxosporidia.
Ello es así
por ausencia de presión de selección para expresar, en tales células
internas, genes que codifiquen para formar cilias mótiles. Tampoco, claro
está, se expresarían en esas células los genes conducentes a formar moléculas
para su especial control - lo que no prevendría expresar accidentalmente
tales cilias y moléculas en una minúscula fracción estocástica, como ocurre
en las neuronas y glia del gris cerebral.
Tal como en el
mencionado sinapomorfismo de los Fungi (nutrición absortiva y desarrollo
micelial seguido por la selección de paredes quitinosas en la fase trófica,
que impidió continuar con la fagotrofia), también aquí, en la otra gran rama
de la descendencia coanozoica, otro simple constreñimiento geométrico indujo
una diferenciación genética de vasto alcance. Siempre he creído
importantísimo señalar que “the nervous system is ectodermic by hypothesis”,
para manifestar las consecuencias geómetro-funcionales de las sobresaliencias
anatómicas o “extrusiones” ciliares protistas.
Pero,
y he aquí el problema morfofuncional, si una partícula comestible es
contactada en, por ejemplo, una punta de la superficie de una ristra cordonal
de células, ¿cómo integrar la operación de las restantes células
periféricas para colaborar nadando hacia ella, o para controlar globalmente,
unitariamente, la alternación reactiva entre modos fundamentales de natación
en todas las células? ¿Cómo adaptar durante ello al multicelular a su propia
masa inercial, que comienza a incidir en sus desplazamientos y debe
compensarse? El medio de propagación es la inducción eléctrica del estado
celular que genera la reacción de movimiento adecuada para responder a la
presencia del objeto. ¿Puede hacerse sólo con medios electrotónicos o se
necesitan fibras para referirse a objetos? Las señales bioeléctricas
pasivamente propagadas no se ciñen a las simples noticias que pueden
describirse con la ecuación del cable, como ya mencioné. Explicarlo requerirá
el resto de esta sección; el tema es muy importante, pero más físico que
biológico. Luego, en la próxima sección comenzaremos a ver cómo
evolutivamente se aplicaron estos mecanismos para generar cierto menú de
contenidos mentales en psiquismos circunstanciados a ellos.
La cuestión
aquí es, pues, la propagación a células vecinas de la referencia a cada
encuentro.
En analogía a
los “Coelenterata” y a todos los fila animales modernos de mayor complejidad,
incluso a las señales eléctricas propagadas sin sistema nervioso en Porífera,
el informe intercelular debe ser necesariamente supuesto como medio
para compensar en las funciones de relación la compartimentación seleccionada
en la función reproductiva. Es un modelo familiar de problema filosófico. Tal
como todo dualismo supone mediación, también la celularidad virchowiana
requiere elementos mediadores intercelulares para explicar el
organismo. Pero, ¿cómo se propaga la adecuación del control ciliar referida a
un particular encuentro, cuando no hay tejido nervioso y las células son
iguales?
Las
mencionadas estructuras de interferencia del potencial de membrana
sobre una célula de superficie, referidas a algún evento relevante que
acontece afuera del organismo (tal como la vecina presencia de micelas
nutrientes o de presas, iniciación de tropismos de contacto, o concentración
química local), deben forzosamente propagarse sobre las membranas
celulares de las células superficiales vecinas y, con ello, propagar también
la referencia relevante a ese evento extraorgánico - que es relevante en
tanto típico. (Tal tipicidad o tipificación es un crucial rasgo
biofiláctico, que habrá de conservarse hasta en el
noûs
poieetikós).
Esto puede ocurrir controlando el batir ciliar por acción de actina-miosina
en el conjunto de la cámara fibrilar del cuerpo basal de cada axonema
individual o, de otra manera, por acción directa del campo eléctrico sobre
los cuerpos basales o sus otras estructuras supramoleculares. Pero en
cualquier caso la clave es modular las acciones de todas las células
involucradas. Ello implica distribuir, a través de la infraciliatura
completa, los simultáneamente diferentes grados de fuerzas transversales,
sean mecánicas o de campo, que integralmente disponen dicho control.
La distributividad es la
clave; el organismo es el dispositivo químico para alcanzar tal respuesta
analógica (precursora de todas las formas más complejas de simulación
estructural) por las rutas del arco hodológico comportamental,
sensoriomotriz o estímulo-respuesta. Fuerzas uniformes indiscriminadamente
aplicadas a las bases de todos los axonemas no pueden reaccionar
adaptativamente para aproximar a la ristra de células hacia estímulos
loculados (especialmente en modos de nutrición de tipo raptorial o afines)
porque, de acuerdo con la mencionada “equilibrium-point hypothesis”,
en esas circunstancias el “campo” (distribución) de fuerzas elásticas no
proveería una caracterización “completa” de la postura del organismo
suficiente, como señalé, para resolver analógicamente los problemas
computationales atingentes a su control y representación y a las
propiedades mecánico-viscoelásticas de la motilidad de los efectores. Esta
distributividad, por lo visto necesaria, requiere que el estímulo
desencadene una distribución iónica
(ningún otro tipo de portadores de carga, por ejemplo electrones, están
disponibles para ser reestructurados volumétricamente) que apareje la
respuesta comportamental apropiada.
Fuera de un
retardo simulativo adaptativamente breve, las otras variables “dimensiones”
de la simulación galvánica son aquellas de la superficie del organismo, es
decir al menos dos dimensiones si cierta distancia a la membrana
citoplasmática permanece constante (esto es, constante tanto para la
estructuración interna de la distributividad de los portadores de carga,
cuanto para los eventos externos aludidos).
Este aspecto analógico de la respuesta es lo que previene agotarla en
reacciones bioquímicas e inserta la necesidad de recurrir a un articulable
esqueleto galvánico.
Pero toda
variación espaciotemporal (mejor dicho, toda variación sobre la dispersividad
de las fuerzas y sobre la transformación causal de las estructuras) que
moldee la distribución de iones citoplásmaticos es atenuadamente detectada en
voltaje (voltage-sensed) por las concentraciones iónicas vecinas -
aunque apantallada a través de las dos membranas bilipídicas contiguas con
canales escasos o aún no especializados para la transmisión intercelular. Es
decir: aunque la atmósfera iónica se conduce no linearmente, cada cresta en
concentración en una primera célula todavía atrae un valle en el intersticio
intercelular y en la segunda célula o células vecinas. De modo que, en casos
de compartimentación geométrica de las fuentes del campo eléctrico, cada
variación periódica portadora de onda es inductivamente trasmitida allende la
membrana limitante de su célula, con un desfasaje centrado en la media onda.
Ello superpone
un oscilador forzado, de amplitud preponderantemente paralela a la membrana
local, sobre la isotropía termal de los desplazamientos de las fuentes
mocionalmente disponibles del campo eléctrico. Estas fuentes, claro está, son
principalmente los iones hidratados “libres” desplazados por causas que
remiten a los sucesos ambientales en curso.
Lejos de ser
completamente “libres”, esos iones arrastran su capa de hidratación, o
cortejo de moléculas de agua que se les adosan. Y tampoco el agua del
citoplasma les abre camino tan fácilmente como lo haría una masa de agua
pura. La viscosidad es mucho mayor que la del agua pura porque gran parte del
agua citoplasmática está estructurada,
como sucesivos mantos moleculares o capas adosadas al citoesqueleto y a las
macromoléculas del citoplasma. Pero con mayor o menor movilidad, todos los
portadores de carga desplazables reaccionan a las variaciones de la
intensidad intracelular del campo eléctrico. Estas variaciones, lejos de la
membrana celular, suelen oscilar bastante en torno a un valor medio de unos
diez voltios por metro. Algunas de esas cargas ejercen también acción
química, por la cual sus desplazamientos pueden generar ondas de presión o
pulsos hidráulicos, todavía mal investigados, por ejemplo al obrar esas
cargas en forma coordinada sobre muchos puntos del citoesqueleto o de
moléculas contráctiles asociadas con él. Hasta es posible que esos pulsos de
presión, que sólo se amortiguan a la mitad de su valor a distancias mayores
que el tamaño medio de las células, puedan volver a actuar sobre su propia
generación eléctrica y, en geometrías adecuadas, hasta causar así su
autopropagación. Ello puede ocurrir por vía de afectar los canales iónicos en
la membrana celular que esos pulsos deforman; estos canales a menudo no sólo
responden al voltaje sino son también mecanosensitivos.
Mientras los
momentos de fuerza se restrinjan a cotas razonables, y allí donde el acople
vibracional sea fuerte, para cada especie de ión o de molécula los estados
vibracionales pueden equilibrarse bastante rápidamente (comparados con el
rango de frecuencias de las variaciones de potencial relevantes). Pero la
variación estructurada (“patterned”) en posiciones de equilibrio y
amplitudes de vibración superpone inductivamente, sobre la agitación termal
del agua (en gran parte ordenada, como dije), una dinámica molecular global
diferente para cada cresta y cada valle de potencial surgido de cambios de
concentración/dispersion en la vecindad. Esta dinámica es de pequeña
amplitud, por cierto; pero es coherente respecto al batir ciliar. Y las
adiciones externas añadidas (“pumped in”) al potencial termodinámico
por cada ion, asociadas con la corrección a la energía libre, son
direccionales: su amortiguación difiere para ondas elásticas de
excitación transversal y longitudinal.
Estos cambios (= variaciones, hacia cierta dirección, en las distancias de
apantallamiento de todos los portadores de carga alineados en esa dirección),
localmente detectados como una deriva del campo alterno superpuesta sobre el
estado de campo de fondo uniforme (= con fluctuación media nula para esta
ventana de duración), seguramente no alcanzan a imponer una relación señal a
ruido suficiente para ser detectada en la escala de los originarios campos
iónicos de origen termal. Pero en cambio esos cambios llevan información
en la escala de estructuración (“patterning”) relevante para el control
global del batir ciliar. ¿Cómo pueden ser detectables?
Los vientos consisten en el desplazamiento de masa (convección) que forman
las moléculas atmosféricas. ¿Cómo lo originan? Sumando desplazamientos que
no se cancelan. Las brisas, mucho más lentas que los movimientos al azar de
sus portadores las moléculas de aire, son percibibles en escalas donde el
desplazamiento de estos portadores se ha tornado indiscernible. Uno puede
detectar cuando una brisa vira, se detiene, o recomienza debido a este
efecto de escala; los vientos no soplan para las moléculas individuales,
aceleradas a las velocidades de una bala o del sonido.
El comportamiento de la relación señal a ruido del efecto de deriva iónica
intercelular se asemeja al observado cuando las ondas de presión de una
suave brisa atmosférica - digamos, una de cinco kilómetros por hora -
requieren un cambio de escala para que su superpuesta anisotropía se torne
discriminable desde el mucho mayor, pero cancelado en isotropía, movimiento
termal al azar de sus moléculas atmosféricas portadoras. En ámbitos más
viscosos, ello permite detectar los pulsos hidráulicos de la circulación
sanguínea ¿Y qué decir de las corrientes marinas y otras convecciones? En
astronomía un similar efecto de escala segrega las estructuras ligadas por
gravitación.
El desfasaje es, pues,
importante para detectar este modo de señalar, porque en el citoplasma la
densidad de energía involucrada, de las variaciones absolutas direccionales
así externamente impresas sobre estos campos, es mucho menor, también por
varios órdenes de magnitud, que la densidad de energía asociada con el
movimiento termal. La intensidad de campo en el citoplasma, aunque basta para
orientar la polimerización de los componentes citosqueléticos, es al menos
diez mil veces más débil que la de membrana,
; y de este modo las
corrientes inducidas son mucho más pequeñas que las corrientes endógenas
asociadas con los procesos de membrana. Por esta razón son necesarias las
propiedades de amplificación “tipo vernier”, basadas en desfasaje, de las
estructuras de interferencia y correlogramas.
El énfasis sináptico
de la teoría de la neurona infería, al contrario, que el primer dispositivo
proterozoico propagador de señales fue también una translocación química
entre células. Esta errónea suposición acarreó forzosos dilemas referidos a
ruido, escalas, velocidades, canales, bombeo, recaptación, empobrecimiento y
ausencia de conducción antes de la selección natural y el circuitado de
tejidos especializados en la conducción. Tal suposición no es para nada
necesaria para conseguir sumación y habituación, que hace mucho se conocen en
organismos acelulares y eran piedra de escándalo para las explicaciones
celularistas de las funciones de relación. Pero para abandonar los modelos
hodológicos de la teoría de la neurona al modelar la primigenia función del
tejido neural, no necesitamos esperar un análisis completo de las
características electrodinámicas y densidades de corriente ligadas a la
ocurrencia de interacciones de luengo rango relacionadas al campo
electromagnético, como magnetofosfenos y magnetoestimulación transcraneal o
neuroprótesis implantadas para “visión artificial” en humanos, declinación
nocturna de la melatonina en mamíferos,
coordinación
electrotónica espinal de la
motricidad en reptiles,
regeneración de miembros en anfibios, electrosensitividad en algunos “peces”,
y otros putativos bioefectos del campo. Ni siquiera necesitamos esperar
algunos años más, a fin de disponer de la cuantificación de los atributos
elásticos, estructura micromecánica y cambios dinámicos de las células pese a
su “blandura”, midiendo con microscopía de fuerza atómica (tapping mode of
atomic force microscopy) sus curvas de fuerza: es decir, mapeando en
fuerza el módulo elástico y sus variaciones de campo o electrorreológicas.
Para abandonar las hodologías al concebir y modelar la conformación de
estacionaridades referibles por estructuración de campo, en el esqueleto
galvánico de cualquier atmósfera iónica de materia condensada en estado
líquido, es superfluo aguardar el conocimiento maduro de los mecanismos
biofísicos
en las subsecuentes escalas de tamaño y acuidad que, a lo alto y ancho
de la infraciliatura, logran debida distribución espacial de los portadores
de carga submembranales. Sería como diferir el uso diagnóstico del tomar el
pulso hasta poder modelar su producción en la escala atómica del flujo
arterial. Tal como las brisas, el pulso sanguíneo y las corrientes marinas se
“segregan” de sus otros movimientos componentes, mucho mayores en ciertos
aspectos, que distribuyen las presiones en la escala molecular de la dinámica
de flúidos, deformando la estructurada mecánica de estos movimientos
componentes como una solución acoplada de diferentes sistemas de ecuaciones
diferenciales parciales, igualmente los modos de variación de los valores de
campo intracitoplásmaticos o del plasmalema simplemente reflejan los modos de
variación en las circunstancias electrostáticas de los portadores de carga y
sus velocidades de cambio (estados de concentración-dispersión y
electrodinámica).
Volvamos por tanto a las
formas cordonales, organismos formados por células dispuestas en ristra con
algunas células exteriores y otras interiores o axiales. Así pues, mucho
antes de la selección natural de algo similar a las sinapsis para compendiar
los estados de algunas regiones del sistema en otras, la repetición, o nueva
propagación del estado local del potencial de membrana (generado por
concentración o dispersión de especies iónicas, es decir de fuentes del campo
dispersas, en la porción cortical del citoplasma), fue compendiada
como la variación temporal de los valores del campo resultantes de la
integración,
de dichas cargas. Y por
sobre los niveles de umbral
(establecidos por los valores de viscosidad que se oponen al movimiento
de las cargas y sus capas de hidratación, y por la geometría y tamaños de las
capacitancias), toda variación, en el regular secuenciamiento de estos
valores de campo en alguna primera célula de la ristra, conlleva una
capacidad transmembranal de influir inductivamente, tanto sobre (a) la
directa concentración cortical o dispersión de especies iónicas en el estrato
submembranal citoplasmático de una segunda célula (movimiento
inducido por el campo, que a su vez excita su re-estabilización fisiológica,
reorganizando o remodelando adaptativamente la conformación eléctrica o “patterning”)
cuanto sobre (b) toda serie
molecular de cargas que sirva como especial sensor de voltaje cubriendo el
espesor de las membranas de la segunda célula
.
Y esta influencia inductiva se verifica
antes de que ninguna efectiva
translocación de fuentes de campo de una célula a la otra pueda modular este
proceso.
Estamos pues considerando algo
muy similar a lo reconocido, con el concepto original
de efapsis,
en nervios periféricos hiperexcitables,
como acople inductivo
“lateral” o independiente de su estructura morfológica; no su concepto más
reciente. Este último fue obtenido tras visualizar la morfología efáptica con
microscopía electrónica,
al descubrirse los
ionóforos - “conexones” - ponteando a través del electrolito intersticial que
dirigen iones y pequeñas moléculas cargadas hacia la próxima célula. Para no
confundirlos, conviene pues tener presente la vieja noción de efapsis como
“puertas” inductivamente operadas.
En nuestra tradición
neurobiológica, de modo confesadamente anticuado, el nombre “efapsis” de
tiempos de Jakob siguió denotando
el “electrical touch” o “cross-talk” mediado por campo, o
inductive field coupling of activities sin utilización necesaria (pero
tampoco prohibiéndola) de junciones microanatómicas especializadas o incluso
superficies aposicionales.
Se trata pues de la noción electrotónica de efapsis como
junción estrecha para
portadores químicos de carga que no operan en tanto reactivos de cierta
cadena de transformaciones químicas sino sólo en cuanto son portadores de su
carga, pero bien atravesando o bien sin atravesar ellos mismos la junción.
Por eso no nos
interesan en esta sinopsis las variedades de uniones celulares ni su variable
extensión superficial, excepto en cuanto afectan la inducción transcelular.
Las variaciones de los potenciales, aunque pueden tener componentes de todas
las frecuencias periódicas, a menudo pueden transmitirse transmembranalmente
sólo en la vecindad de algunas eigenfrecuencias bien definidas y reconocidas
resonancias. La respuesta de las membranas celulares a otras variaciones
periódicas es, naturalmente, mucho menor que aquella a ciertas frequencias
específicas casi exactas.
Ante ellas, las moléculas en cadena pueden modificar su conformación y
funcionamiento fisiológico; bajo energías suficientes, cuya existencia
intracelular no se presume en estas escalas, hasta podrían hidrolizarse en
sus eigenfrecuencias, tal como las copas de cristal que una soprano rompe
emitiendo la nota apropiada. Sin llegar a tan líricos extremos, esto
también contribuye a la mecanosensitividad: los canales bacterianos
mecano-abiertos de gran conductancia, que detectan la tensión mecánica en sus
membranas enfundantes, reaccionan a las pequeñísimas tensiones transmitidas
por la bicapa lipídica, incrementando por varios órdenes de magnitud la
probabilidad de sus estados abiertos.
Debido a esta prioridad
física y filética de las efapsis sobre las sinapsis para operar
inductivamente en organismos que compartimientan sus expresiones génicas,
evolutivamente antes de que tales efapsis adquirieran conexones o ionóforos y
fisiológicamente antes de que procediesen las trasmisiones químicas, la
variación temporal de las estructuras de campo eléctrico en las células
exteriores de formas cordonales resulta la etapa terminal adonde desemboca
toda la química fisiológica procesualmente precedente. Esta última etapa en
el proceso fue seleccionada muy precozmente en el tiempo, como el dispositivo
orgánico para representar simulativamente la ocurrencia y variación
secuencial de eventos relevantes.
Jegla y Salkoff establecieron
que los orígenes de un laxo grupo de canales para iones, “the K+
gene family that includes the metazoan cyclic nucleotide-gated channels,
plant hyperpolarization-dependent K+ channels and the
Paramecium channels” “must have predated the advent of multicellularity, and
probably electrical excitability.
Their ancestral functions were
likely related to the maintenance of resting potentials and volume
regulation, having later been altered to serve a wider variety of functions .
. . The metazoan voltage-gated K+ channels may well have
evolved from an ancestral channel that looked very much like members of this
. . . group of channels” y “shares a common evolutionary origin with the
voltage-gated Na+ and Ca2+ channel gene families.”
(“la familia de genes
[para canales iónicos] K+ que incluye [la producción de]
los canales abiertos y cerrados por nucleótidos cíclicos en metazoos, los
canales K+ dependientes de hiperpolarización en las
plantas, así como los canales en Paramecium”, “debe haber precedido al
advenimiento de la multicelularidad, y probablemente de la excitabilidad
eléctrica. Sus funciones ancestrales estaban probablemente ligadas al
mantenimiento de los potenciales de base y la regulación del volumen,
habiendo sido modificados luego para servir en una amplia variedad de
funciones ... Los canales K+ abiertos y cerrados por
voltaje de los metazoos bien pueden haber evolucionado desde un canal
ancestral que mucho se parecía a los miembros de este ... grupo de canales” y
“comparte un origen evolutivo común con las familias de genes para canales Na+
y Ca2+ abiertos y cerrados por voltaje.”). (Ver también
Ref.
).
Por cierto, la regulación del
volumen iónico por vía del potencial de hidrógeno (pH) e, incluso, alguna
regulación de las proteínas de membrana
vía pH puede reputarse mucho más temprana que la adquisición de dispositivos
ciliares. Evolucionó desde el mismo origen de los organismos reproducibles en
el planeta, durante aquellos 1800 millones de años que van desde 3850
millones de años ha en la era Eoarcaica, más todas las restantes eras del
Arcaico (3600 a 2500 millones de años ha) y los dos primeros períodos de la
era Paleoproterozoica (Sideriano y Rhyaciano, 2500 a 2050 millones de años
ha). Llegó así a ser oportunamente empleado para acoplar la dinámica de las
estructuraciones membranales de las ciliaturas (los cambios en sus
conformaciones o “patterns”) con la arquitectura submembranal de la
infraciliatura por medio de oscilaciones espaciotemporales de concentration-dispersion
iónica y ondas de pH. Estas por supuesto implican variaciones del tensor de
campo eléctrico. La transmisión intercelular, abierta o cerrada por voltaje,
de estructuras espaciotemporales de concentración-dispersión iónica, a su
vez, con toda seguridad puede haber sido ejecutada incluso por vía de la
operación sobre portadores de carga “libres” en el citoplasma, antes de
explotar las pérdidas de histéresis infligidas: esto es, con mucha
anterioridad a que ningún canal abierto y cerrado por voltaje (“voltage-gated”)
desplegase su geometría - que abraza el espesor de la membrana - como
“antenas” para amplificar la eficacia de esta transmisión intercelular. Es
decir, mucho antes de la selección de medios especiales para insertar otra
etapa “amplificadora” del acople transductivo, a cargo de proporcionar, para
los subsecuentes pasos transduccionales, substancialmente más energía que la
que existía en los eventos iniciales.
Empero esta mejora, una
“antena para variaciones de fluctuaciones no-radiativas” es de tan
grande consecuencia que, una vez que los multicelulares aparecieron, la
presión de selección para estos canales especializados abiertos por voltaje
debe haber sido de lo más significativa.
Esta mejora debe también
haberse adquirido muy rápidamente en la evolución de las funciones
integrativas superiores de estos innovativos organismos, los multicelulares.
Y debe haberse utilizado tanto para acople interno como para modos
generalizados de caracterización extracorpórea, como hoy lo vemos, por
ejemplo, en los especializadísimos electrocitos de los “peces” mormyriformes,
o en los receptores de la piel del pico en ornitorrincos (cf. Ref. 102
p. 830).
Similar apreciación de esta
rapidez expresan Jegla y Salkoff en su p. 217: “It is likely that much of
the molecular evolution of neurons occurred in simple diploblast cnidarian
such as the jellyfish” (“Es probable que buena parte de la evolución
molecular de las neuronas ocurriese en sencillos cnidarios diploblastos como
las medusas”). Pero la aproximación química, no obstante su crucialidad,
tiende a subrayar los aspectos no espaciales de la transmisión de célula a
célula, mientras en contraste el control ciliar en multicelulares ciliados
requiere preservar las noticias distribuídas que sitúan la señal trasmitida
en el “mundo objetal” (aún inmanifestativo, o no empsiqueado; cf. Ref.
94 § 1.3.23, p. 386), a fin de operar comportamentalmente sobre su
estímulo desencadenante en el universo de cosas externas.
Por donde bien puede haber
resultado
que los Protozoa acelulares ciliados hayan desarrollado su control ciliar
apoyándose en corrientes de Ca2+ y Na+
más intensamente que la biodiversidad que utilizó expresiones genómicas
multicompartimentadas, a cuyo servicio podría haberse seleccionado un
especializado grupo de canales de K+ abiertos por voltaje.
Así encontramos que la modulación del influjo de Ca2+ se
alcanza, ahora, tanto por una directa inflexión de la ruta del influjo de Ca2+
como, también, por modulación indirecta de canales de K+
y Cl-, que atenazan la membrana con un potencial
suficientemente negativo para proveer el motor capaz de sostener un influjo
estable de Ca2+.
En modo opuesto a la mera
alveolación de los córtices ciliados, las expresiones genómicas
multicompartimentadas particionan las entrañas del organismo entero.
Ello urge inmediatamente la selección natural de canales adecuados para
estas paredes membranales, como “antenas” para la transmisión intercelular.
Estas “antenas moleculares
para detectar variaciones no radiativas de campo” no son del todo distintas
de los electrorreceptores de fotones.
Estos, aparte de aplicarse a las respuestas dinámicas de las biomoléculas a
las - fotoiniciadas - excursiones fuera del equilibrio, son también afines a
la electromecanosensitividad, hallándose a menudo unidos a las interacciones
membrana-citoesqueleto empleadas para transmitir o transducir tensiones. Pero
previamente a tales “antenas” moleculares, lo que es realmente central, para
la evolución de las funciones integrativas más superiores de esta
biodiversidad multicelular, es que las tres especies iónicas colaboran en
disponer una estructura interna de campo espaciotemporalmente moldeada (“patterned”)
para reflejar y operar sobre episodios externos relevantes efímeros.
El moldeo o conformación espaciotemporal (“patterning”) de esta
estructura de potencial es un genuino esqueleto electromagnético tallado en
las intensidades instantáneas de un medio continuo (el campo) e improntable
por el ambiente para detectar eventos en él y reaccionar a tales eventos. El
mismo es el instrumento fisiológico conservado durante esta evolución,
independientemente de la selección de genes para producir nuevos canales
proteínicos que lo refinen.
No sólo referencia conductual
a eventos, sino también un primordio de representación de su proyección
topográfica fue adquirido con este moldeo de la estructura de potencial. Por
supuesto ello ocurrió mucho antes de la selección natural de la producción,
como instrumento biofiláctico, de contenidos mentales en psiquismos. Tras
esta crucial innovación (tosco mapeo, o generalized mapping), los
mencionados procesos paleoneurobiológicos que siguieron, mejor conocidos,
sucesivamente desarrollados y encápticamente incluídos uno en otro, es decir
subepitelización, fibrilarización, plexusificación, ganglionarización,
neuropilarización, corticalización y neocorticalización, preservaron esa
original herramienta adaptativa, la interferencia distribuída moldeo o
conformación espaciotemporal (“patterning”) de esta estructura
de potencial, por la cual una estructura física puede mapear y referenciar
a otra.
Esa estructura fue
conservada, pues, en la seriación evolutiva general de las funciones
integrativas de relación más superiores. Pero esta estructura de campo nunca
quedó privada de sus efectos de campo, aunque su función de mapear y
referenciar como integrante del nivel más superior de regulaciones en
algunos fila animales fue oportunamente adquirida por las hodologías o
circuitos neurales de los ganglios. Estos a su vez sin duda ya existían cerca
de la divergencia entre platelmintos y bilaterados, tiempos cuya datación es
incierta aunque podemos decir con Hausdorf
que los “Bilateria
have a several hundred million years long Precambrian history.”
Cada ganglio nervioso es sólo
un dispositivo neurocomputacional. Funciona porque ejecuta su única
operación, aquella neurocomputación bosquejada en la nota 10, sobre los
riquísimos recursos conexionistas que provee la red neuronal de conexiones
variables. Establece su nivel regulatorio sistémico más superior en el
arreglo de descargas neuronales, adaptado a las rutas orgánicas seguidas por
estas descargas, en vez de establecerlo en el mismo colectivo o esqueleto
electromagnético. Éste en cambio en los parénquimas neuropilares modula las
andanadas de descargas sostenidas a través del abundante neuropilo y, puesto
a disimilar caracterizaciones subjetivas, establece al psiquismo allí
circunstanciado como nivel regulatorio más superior del organismo, brindando
también salida extramental a las acciones que tal psiquismo origina. De tal
modo, como enseguida veremos, la existencialidad eclosionada substituye en
ese cometido funcional, en algunos animales, a la innovación hodológica
aportada a otros por los ganglios.
Pero en los animales
regulados por psiquismo también los ganglios evolucionaron, dentro y fuera de
los cerebros. La situación recuerda algo de la del vuelo de los insectos:
algunos baten sus alas con músculos que generan ellos mismos las
contracciones oscilatorias, mientras otros insectos no generan las
contracciones para su vuelo en esos músculos sino que las suscitan con
señales nerviosas provenientes de los ganglios cerebroides, su nivel
regulatorio más superior, sin que por ello en los músculos hayan dejado de
evolucionar mecanismos contractivos de nivel subordinado. En los cerebros
cordados coexisten ambos niveles regulatorios: coexisten psiquismo y
ganglios. Tales ganglios conexionistas, pues, quedan como nivel regulatorio
más superior en los organismos sin psiquismo. En los organismos empsiqueados
permanecen integrando la anatomofisiología cerebral con un rol subordinado o,
según la actividad (por ejemplo, al regular la respiración), subordinable.
Pero recordemos su principal
diferencia funcional. En la integración axonal que ejecutan los ganglios
nerviosos (en la determinación de la descarga de cada neurona), y que
destruye los caminos previamente seguidos por cada elemento del proceso, los
estímulos entrantes actúan via local por adición de cargas difundidas.
Por ello, toda traza de sus itinerarios espaciotemporales inmediatamente
previos a través del neuropilo se pierde. Ello es por otra parte
necesario para el proceso de su computación.
Si esta integración
monoaxónica y obliteradora de los caminos precedentes (path-obliterating
monoaxonic integration), capacitante sólo para neurocomputar, hubiera
corporizado el nivel regulatorio más superior orgánico (como los ganglios
nerviosos lo hacen en otros fila), la selección natural de tantas vueltas y
revueltas fortuitas en los profusos meandros del neuropilo habría quedado por
completo privada de base adaptativa. Pero la masa adquirida por la colosal
maraña neuropilar permite al psiquismo, tal como lo esbozo en la próxima
sección, operar a través de dos acoples de campo sobre las descargas
neuronales que lo atraviesan. Este impresionante hecho paleontológico -
fundamento de la presión de selección adaptativa que mantiene esas vueltas y
revueltas, energéticamente costosísimas - es lo que impide pensar al
parénquima neuronoemático como complejo conmutador que,
ensamblando todos los niveles adicionales imaginables de complejidad
extramental pero sin una existencialidad eclosionada en su cadena causal,
permitiese a los estímulos entrantes
poner en acción eferencias adecuadas.
No obstante, los ganglios
también evolucionaron, como acabo de comentar. Desempeñan así el nivel
regulatorio más superior en aquellos nichos ecológicos donde la computación,
combinada con otros medios provistos por la conectividad, permite la
supervivencia, como ocurre en los fila de “invertebrados”. No sólo allí se
transformaron, por cierto. También evolucionaron los ganglios intra- y
extracerebrales de los organismos que disimilaron estados biofísicos que
causasen reacciones entonativas en existencialidades y, por esta disimilación
y no por la subordinada evolución de los ganglios, pudieron instrumentar para
la biofilaxia o salvaguardia biológica la eclosión de estas existencialidades.
Jakob nos describe - por
ejemplo, en El yacaré y el origen del neocórtex, página 99 - como
consecuencia del “principio orgánico general de la división del trabajo”
“la ‘sensibilización’ progresiva de elegidos elementos epiteliales del
ectodermis, elevándolos a ‘neuroepitelios’ debido a la transformación de su
inicial trofoplasma granomatoso en otro filomatoso (neurofibrillas [])
y por esto más capacitado para producir y conducir reacciones reguladoras
dentro de un campo más amplio de estimulaciones del mundo exterior (ambiente)
e interior (introyente)”. Ello trae
la “creación del sistema de ‘arcos funcionales sensomotores’”
con “localización y concentración de esos elementos neuroepiteliales en
ciertas regiones topográficas (estratégicas) para una biofilaxia más efectiva
(órganos de los sentidos craneanos, placodas branquiales, periorales, etc.)”
cuya “consecuencia es la transferencia sucesiva de tales organizaciones
centralizantes, desde la superficie hacia regiones interiores mejor
protegidas: ganglios, tubo cerebromedular”. Con ello “Se perfecciona su
centralización metamérica por la elaboración de sistemas intercalares intra-
e intersegmentales, apoyado por el principio de multiplicación de las
corrientes [nerviosas] y su consecuencia, la conducción en ‘avalanchas
procesivas’ ...” “Finalmente aparecen ... por encima de la inicial
organización periférica refleja (arquineuronal), los sistemas
superreflejos dirigentes, paleo y neoneuronales...: ganglios cerebroides,
vesículas cerebrales”. Tal como la evolución de la oxigenación y de la
locomoción corrieron separadamente en cada forma animal, también esta
evolución de los ganglios nerviosos inmersos en el cerebro, con su recurso a
la conectividad, corrió separada a la del más antiguo recurso a los efectos
de campo en los cordados, filum que colonizó nichos donde los problemas no
resultan definibles para la estructura orgánica; es decir, nichos ecológicos
no colonizables por máquinas de Turing.
Es visiblemente sobre la combinación de ganglios y psiquismos que los
parénquimas neuronoemáticos han sido montados durante la evolución
paleontológica.
Instrumentación biológica de psiquismos en
la biósfera terrestre
No importa, pues, establecer
ni reseñar aquí con mayor detalle cuál fue el itinerario paleoneurobiológico
para pasar de los acelulares a los animales con psiquismo. Nos basta saber
que el último antecesor común de éstos con los animales sin psiquismo podía
esculpir el campo eléctrico de su volumen distribuyendo a cada instante los
portadores de carga con una referencia a eventos que, al controlar conductas,
establecía el arco estímulo-respuesta; y tener presente que al iniciarse la
multicelularidad el esculpido de cada célula moldeaba el de las contiguas.
Tampoco necesitamos analizar aquí las formas que asumió el tejido
especializado de conducción nerviosa, que formó los plexos fibrilares (o sea,
de fibras nerviosas) que luego se concentraron en ganglios; todos los textos
sobre filogenia del sistema nervioso lo describen. Lo que importa es que al
menos en un filum, Chordata, la innovación consistente en el funcionamiento
de los ganglios, que destruye los caminos previamente seguidos en cada
elemento del proceso, no eliminó los más antiguos efectos de campo que he
venido comentando; y que, debido a disponer de ellos como recurso
fisiológico, en algún momento de la filogenia los psiquismos fueron
seleccionados para asumir el nivel más superior de regulaciones del
organismo.
Sería caer en la falacia del
post hoc, propter hoc - “después de esto” significa “a causa
de esto”, con su famoso ejemplo de suponer a la ligera que llovió porque
encontramos la acera mojada - suponer apresuradamente que porque los
contenidos mentales aparecieron después de los ganglios nerviosos fueron
causados por éstos. No cabe desechar con ese falaz razonamiento que el
proceso de inducción de campo que los ganglios, al ser seleccionados,
conservaron como efecto colateral o secundario en Chordata (y como un mero
“ruido” electromagnético en otros fila) haya permitido generar contenidos
mentales en psiquismos separadamente eclosionados y poner a tales psiquismos
en ese nivel regulador más superior, en medio del arco estímulo-respuesta.
Y tal fue el caso. Incluso es
posible, y constituye la excepción mencionada más arriba, que medio eón
después, o tal vez alrededor de unos 150 millones de años ha, también en
algunos cefalópodos haya ocurrido lo mismo.
Si ello así fuese, evidenciaría a fortiori que el funcionamiento
ganglionar - incluso si transitoriamente desempeñase el nivel más superior de
las regulaciones orgánicas y en él el esculpido del campo electromagnético
local obrase sólo como polución electrodinámica o derrame de efectos
secundarios - no suprime necesariamente ni este esculpido ni la posible
selección natural de aquellas de sus conformaciones dinámicas capaces de
causar reacciones sensacionales en psiquismos allí circunstanciados.
Pero, como los ganglios se
conservan con funciones específicas inmersos en los tejidos cerebrales, y
como por razones culturales, políticas e ideológicas en algunas sociedades se
pretendía que los psiquismos carecen de eficiencia causal para intervenir en
los hechos extramentales (lo que no es cierto, como veremos), cayóse nomás en
aquella falacia y supúsose a la ligera que las hodologías, o circuitos
neurales en los ganglios conservados dentro del órgano cerebral, cumplen esa
función de generar contenidos mentales e instalar así a los psiquismos en
medio del arco estímulo-respuesta.
Ello es incorrecto, como lo evidencia la selección natural de la anatomía del
neuropilo cordado; y también es incorrecta la suposición de que los
psiquismos carecen de eficiencia causal, como lo evidencia el ajuste
adaptativo de los conocimientos animales que comentaré enseguida.
Definamos ante todo que es un
psiquismo, mente o existencialidad - en un cuerpo de reptil o de cualquier
otro animal, homínidos incluidos. Seguramente el lector no ignora que
aquellas razones culturales, políticas e ideológicas motivaron una
tragicómica campaña pretendidamente académica para hacer creer que los
psiquismos no pueden definirse objetivamente sino sólo indicarse y que sólo
puede indicarse un único psiquismo, que es el del propio indicador; pero
semejante macana (embrollo disparatado) no merece ni la menor atención. La
única realidad es el presente; futuro y pasado no existen ni causan ningún
efecto, a menos que alguien los imagine en el presente y cause efectos atento
a ellos. Por eso en la escala
macroscópica la física tiene como base fundamental el hecho de que, por
cuanto toda indeterminación en esa escala se aplica a eventos futuros, cuando
se determina cada transformación temporal la situación actual o última es
equivalente a su historia completa. En contraste, las mentes o psiquismos
cambian (es decir, se alteran en el tiempo) de manera muy diferente: estas
mentes son realidades que se transforman sólo en base a una selección de
sus respectivos antecedentes, no sobre todos ellos. Esa es su definición
objetiva, la que empleamos en nuestra tradición neurobiológica. En otras
palabras, la historia entera, equivalente a la última situación, es
inevitablemente usada por cada cosa situada entre las mentes circunstanciadas
(cosas como vientos, piedras, hongos, plantas y computadoras, para las cuales
ninguna variación en la cantidad o distribución de movimiento puede ocurrir
como efecto de fuerzas internas) para transformarse a medida que el tiempo
pasa. En cambio, para seleccionar un subconjunto de antecedentes es necesario
conocerlos y poder autodeterminarse transformativamente. En esa selección,
pues, la ciencia física halla en la naturaleza realidades con conocimientos y
semoviencia: las mentes,
psiquismos o
existencialidades cuya definición objetiva, riéndonos de quienes lo
proclamaban imposible, acabo de reiterar.
Semoviencia es la capacidad
de moverse a sí mismo ante todo internamente, es decir determinando un cambio
interior que posteriormente puede originar efectos causales externos, por
ejemplo mover un dedo o desplazarse. La semoviencia nunca se ha encontrado
separada de la capacidad de conocer, y ambas son rasgos propios de las
existencialidades, mentes o psiquismos cuya característica esencial, como
vimos al principio, es la cadacualtez.
Semoviencia y
conocimiento operan aunados; veamos cómo.
Este conocimiento o aprehensión gnoseológica capta ciertas reacciones
fenoménicas (es decir, reacciones en las cuales una sensación es conocida)
que con Jakob llamamos las entonaciones subjetivas de la entidad
autocognoscente. Tales reacciones hacen discontinuar la serie causal externa
que llevó a producirlas. Esa serie previa de determinaciones causales
eficientes se termina, pues, al producir reacciones entonativas que son a la
vez fenoménicas y asimismo ineficientes para continuar la serie. Por ende en
la naturaleza el emplazamiento de existencialidades circunstanciadas se halla
doquiera un corte interrumpe una cadena causal eficiente. El último eslabón
de tal cadena fenomeniza como la reacción de un ser autocognoscente. Tal
reacción causal es gnoseologicamente aprehendida - porque el ser
que reacciona es autocognoscente - pero
se agota en su propia entonación cognoscible y carece en sí misma de
eficiencia causal para continuar la serie causal precedente. Cualquier
derivación causal de ella, pues, ha de consistir en la iniciación - acción -
de una nueva cadena causal semovientemente originada por la eficiencia causal
del mismo ente autocognoscente que lleva a cabo la aprehensión gnoseológica y
optó por seleccionar aquella entonación subjetiva como antecedente causal
antes que deseleccionarla, en tal caso adoptando como antecedente causal su
sensación (es decir, conformándose al apetito). Nada de esto ocurre en el
hiato entre mentes, llamado hiato hilozoico y formado por todas las
realidades no empsiqueadas. En él todas las series causales continúan (o sea
toda eficiencia causal es transeúnte, es decir la materia-energía es
conservada en los efectos) pero en cambio no hay aprehensión gnoseológica o
cognoscitiva. Dicho de otra manera, al llegar a una aprehensión gnoseológica,
la serie causal que había llevado a la reacción entonativa no puede
mantenerse más. Su eficiencia causal, que hasta allí había sido transéunte,
se gasta en producir cierta reacción manifestativa o sensacional y no puede
producir ningún otro efecto. Una puesta semoviente en acción de la causalidad
eficiente de la misma entidad autocognoscente es pues menester para empezar
otra serie causal, que puede preservar la ruta de la serie anterior o bien
desviarse de ella.
Pero, en contraste con
la integración axonal de los
ganglios nerviosos que destruye los caminos previamente seguidos por cada
elemento del proceso, cualquier
realidad que conoce tiene que tener memoria. Ello es así porque todas las
realidades en la naturaleza, tanto mentes cuanto extramentalidades, existen
de a un instante por vez; recién comenté que ni el futuro ni el pasado
existen. Pero dentro del instante no caben múltiples transformaciones
temporales, que son series de procesos alterativos causalmente eficaces. Así
que cualquier realidad que conozca ha de simultaneizar sus conocimientos, ya
que no existe dentro del instante ningún decurrir temporal que pudiera
borrarlos. Tal como el ímpetu es superfluo para mantener cuerpos no
perturbados en movimiento rectilíneo (primera “ley” de Newton), estampar en
el cerebro tales memorias es superfluo para mantenerlas en la mente. Las
existencialidades circunstanciadas no están confinadas a ocupar procesos en
decurso secuencial, como lo están el funcionamiento de las máquinas y
realidades no empsiqueadas - aunque la función biológica de las mentes atañe
a esos procesos, que deben serles dados a conocer secuencialmente por el
cerebro. En otras palabras, en la naturaleza cada cosa que se conoce (mente)
no puede perder las secuencias de sus cambios adquiridas como
diferenciaciones internas de su consistencia óntica (que así se tornan
“disponibilidades adquiridas”), porque, como todo en la naturaleza, las
mentes o realidades que se conocen no existen en más que un instante y su
eficiencia causal no establece (empleando acción eficiente en efectuar cambio
causal) otro tiempo dentro de ellas. Es decir que los psiquismos pueden
llegar a diferenciar contenidos internos que los lleven a contener
calendarios, pero no a contener intervalos causalmente reales. Aún en otras
palabras, las memorias no pueden sucumbir al tiempo: la simultánea
disponibilidad de toda la secuencia autobiográfica ha de esperarse de la mera
disponibilidad de algún conocimiento de la propia realidad óntica, aun
incompleto en profundidad constitutiva. Ello explica el recobro de las
amnesias, que vemos en los hospitales: si las memorias fueran datos grabados
jamás podrían rehacerse una vez destruídos por el deterioro orgánico.
Esas memorias incluyen conocimientos que
adquirieron cierto ajuste adaptativo a la realidad extramental. Tal ajuste se
debe a la semoviencia. Los conocedores estamos como encerrados en una bolsa
cuyo exterior - la extramentalidad - sólo podemos conocer palpando. Si nos
quedamos quietos, no podemos distinguir nada. En cambio, si nos movemos y
palpamos el exterior, distinguiremos diferencias en lo que está afuera de
nuestra mente: distintas formas de reaccionar a la eficiencia causal de
nuestra propia acción semoviente. Así conceptualizamos las cosas. Por ello el
ajuste de los conocimientos animales a sus ambientes evidencia la realidad de
sus semoviencias en la naturaleza. Una previa, obsoleta psicología platonista
declamaba que uno podía conocer contemplativamente, pero el desarrollo de la
llamada “epistemología genética” en las últimas décadas ha descartado esa
quimérica contemplatividad. El desarrollo intelectual se basa en la actividad
desplegada, que es conocida aunque no es entonada o fenoménica. Es la
comprensión de la propia eficiencia causal lo que permite interpretar
causalmente los procesos extramentales.
Pero estos ocurren con enorme finura causal.
Cada instante físico, el “intervalo” en que ninguna fuerza física podría
introducir un cambio, dura
0,000000 000000 000000 000000
000000 000000 000000 053916... de segundo. En cambio cada momento, el menor
intervalo que una mente circunstanciada a la biósfera terrestre puede
distinguir, dura alrededor de dos o tres centésimas de segundo. La enorme
diferencia proviene de un efecto bien conocido en la física de la
relatividad, la dilatación temporal. Esta dilatación relativística presenta
una única causalidad eficiente a través de diferentes marcos de referencia,
siendo así – a través de ellos - como las mentes interactúan causalmente con
la extramentalidad. La magnitud observada de esa dilatación temporal es, por
lo dicho, unas 1041 veces. Ello nos indica cual es la
localización física del sitio cerebral desde el cual los psiquismos
interactúan con la extramentalidad: es un sitio que se mueve a la velocidad
que produce precisamente dicha dilatación. El cálculo es sencillo. Tal
precisa velocidad es la que reduce la velocidad de la luz en una pequeñísima
fracción, sacándole 1/1082 de su valor; es decir, la
velocidad menor a la de la luz sólo por faltarle la fracción 10-82.
En consecuencia el sitio por donde las mentes interactúan con la
extramentalidad no está determinado en el campo de fuerza electromagnética,
porque las determinaciones que realmente se propagan en este campo - llamadas
fotones - no tienen masa y por ende no pueden reducir por ninguna fracción su
velocidad característica en el medio (esa velocidad refleja relajaciones
causales y por eso siempre sigue siendo la celeridad, c, de la luz en
ese medio). La localización de la presencia operativa de las mentes debe
ocurrir pues en las determinaciones que se propagan en otro campo de fuerza,
cuyos vectores causales tengan o adquieran la masa o corpulencia exacta para
moverse a la velocidad que genera la dilatación temporal observada, de unas
1041 veces. Pero los campos físicos de fuerzas se han
diferenciado entre sí a partir de uno originario, de modo que entre ellos
pueden acoplarse y mantener ciertos enlaces. Así, el funcionamiento
electroneurobiológico del tejido gris cerebral, que opera variaciones de los
valores del campo electromagnético de fuerzas, puede variar la masa o
corpulencia de aquellas partículas o determinaciones propagantes de la acción
causal del otro campo de fuerza en las que se localiza la interactividad de
los psiquismos, generando relativísticamente el estado en que no podemos
distinguir menos de dos o tres centésimas de segundo. En otro modo de
funcionamiento electroneurobiológico el mismo tejido neuronoemático puede
aflojar el “frenado”, brindándoles menos corpulencia a esas partículas, de
modo de reducir su velocidad hasta la de los fotones menos una fracción de 10-96
- velocidad que no permite a la existencialidad allí “asomada”
resolver menos de unas docenas de minutos extramentales, lo cual pone tal
mente a dormir. Entre los dos valores hay todo un rango de posibilidades, que
permite variaciones de resolución temporal mucho más pequeñas, suficientes
para no interpretar operacionalmente las experiencias - lo que se llama
“desatenderlas”. Los cambios del funcionamiento electroneurobiológico que
generan distintas acuidades temporales no necesitan ocurrir sobre todo el
cerebro. Al contrario, suelen ser regionales y determinarse por factores
tanto externos como voluntarios (estos, en forma no del todo diferente a
aquella por la cual producimos el movimiento de uno de nuestros dedos) de
modo de desatender selectivamente parte de las experiencias y enfocar la
atención en otras, o – relajando más aquel “frenado” en un hemisferio
cerebral entero - dormir con un solo hemisferio cerebral, como hacen las aves
y los mamíferos marinos. No obstante la acuidad “local” del observador se
mantiene inalterada. Por ello siempre que despertamos a un durmiente, en
cualquier etapa del dormir con soñar o sin él, el despertado nos cuenta que
le interrumpimos algún curso de mentación que estaba desarrollando.
Para abordar la mente
reptiliana no necesitamos reseñar mucho más que este breve boceto acerca de
las relaciones entre funcionamiento cerebral y contenidos mentales. Con lo
dicho es evidente que explicar estas relaciones en términos de un solo campo
de fuerzas operando en términos de conexiones circuitales, como en un
ganglio, no tiene nada que ver con la realidad. Independientemente de la
conducción axonal de síntesis neuronales, lo que el cerebro consigue con sus
alteraciones eléctricas es disimilar estados de aquel otro campo co-volumétrico
donde se localiza la presencia operativa de un psiquismo y éste reacciona,
generando entonaciones que diferencia cognoscitivamente. La disimilación
ocurre extramentalmente y la diferenciación intramentalmente, dentro de la
indivisibilidad e inmediatez impuestas por el carácter microfísicamente
discreto de las acciones causales. Pero ambas no son para nada caras de la
misma moneda (confusión llamada “teoría de los aspectos” o monismo neutro),
ya que la intramentalidad es plural y cadacuáltica, sus reacciones no
determinan causalmente su transformación y opera tanto semovientemente como
reactivamente sobre sí y sobre la extramentalidad, mientras que esta última
es continua, fungible, opera sólo reactivamente y puede transmitir sus
reacciones ya que estas no se agotan en generar manifestaciones cognoscibles.
El cerebro, que es extramental, cumple su función operando con el sistema
electromagnético de referencia a objetos que heredó epigenéticamente de su
ancestro pre-“metazoario”. Y que nunca dejó de usar porque nunca dejó de
comer ni de recombinarse sexualmente, mientras este sistema y los ganglios de
conexiones coevolucionaban en la masa de parénquima cerebral. Cierto modo de
modulación de sus variaciones, la modulación de las pérdidas de histéresis
en el acople entre ambos campos, rige la determinaciones de reacciones
entonativas y posiblemente la inducción de masa-energía en los vectores (o
“partículas” propagadoras) de fuerza del otro campo donde el psiquismo
localiza su presencia operativa. Tal inducción altera la acuidad temporal de
la existencialidad allí circunstanciada y su posibilidad de interpretar
operativamente sus experiencias.
Empsiquear los organismos, es
decir introducirles como nivel más superior de sus regulaciones orgánicas un
psiquismo o existencialidad eclosionado en ellos, es un recurso disponible
utilizado por la evolución biológica para colonizar los nichos ecológicos que
requerían ejecutar conductas indefinibles de antemano, o sea transformar
accidentes en oportunidades. Para ello había que brindar instrucciones
generales, no particulares (aunque los ganglios podían y debían seguir
obrando en base a estas últimas, en niveles subordinados de regulación).
Brindar tales instrucciones generales se logró produciendo oportunamente
diferentes entonaciones existenciales o subjetivas que obraran como
motivaciones genéricas.
Lo que se seleccionó
evolutivamente fue la dinámica electroneurobiológica que, modulando el mismo
proceso que mapeaba los eventos ambientales (que aquí llamamos Función 1),
produjese en la existencialidad circunstanciada cierto menú de diferentes
reacciones entonantes o sensaciones señalativas, impulsantes y alicientes
(Función 3). Así diferenciados, esos contenidos de experiencia se
simultaneizaban en la retención mnésica. Ello permitió generar un desarrollo
intelectual con el desarrollo de cada individuo. De esta manera tal individuo
pudo seleccionar antecedentes para determinar conductas sensacionalmente
motivadas y ajustadas a una realidad extramental conocida por sus reacciones
típicas al obrar semoviente, representando esa realidad en el espacio de las
disponibilidades operativas del psiquismo semoviente (Función 2). Así la
estructura del organismo vivo quedó compuesta de una jerarquía continua
de sistemas progresivamente abiertos, que son modelos encajados uno en otro
(como muñecas rusas) o catenación encáptica de representaciones del universo.
No de todo él, va sin decir, sino sólo de los factores retenidos por los
antepasados como ecológicamente relevantes. Cada nivel de esta catenación de
modelos atrapa transitoriedades progresivamente más efímeras; hay
(I) un modelo
armado filogenéticamente, a veces multicopiado, el genoma,
funcionalmente adaptado a un esquema prototípico de las relevancias retenidas
sin prever los eventos individuales del comercio de los organismos de esta
especie con su ambiente;
(II) un modelo armado
ontogenéticamente, el soma o “cuerpo” del ciclo de vida u organismo,
más ajustado al nicho concreto (este incluye al mismo organismo con sus
regulaciones), y
(III) un tercer
modelo, el mundo mental o diferenciaciones del psiquismo, que cuando
existe, con las conservaciones de sus contenidos u objetos bajo las
operaciones semovientes, imita lo más ceñidamente que fue útil seleccionar
los eventos y regularidades más rápidas cuyas evoluciones deben seguirse para
sobrevivir en el nicho.
El funcionamiento del
ciclo de vida simplemente consiste en una articulación de tempos: los
modelos ajustados a los cambios más veloces de la realidad pertinente regulan
las regulaciones que los ajustados a los menos veloces imponen al flujo de
materia-energía (flujo entálpico o syrrhoia) que atraviesa el ciclo de
vida u organismo; estos últimos modelos, a su vez,
sostienen el desarrollo epigenético o
moldeo de los anteriores. Así las regulaciones orgánicas se prolongan
en procesos conativo-cognoscitivamente dirigidos, como lo avanzara Jakob
y, con menor
amplitud, Piaget.
Este modo de funcionamiento redefine, en cada nivel del continuum funcional,
qué componentes han de tornarse elementos, es decir ser reconocidos por la
actividad del nivel. La condición de elemento no puede transmitirse de un
nivel a otro; en palabras más técnicas, ni el flujo entálpico ni los procesos
disimilativos de manifestaciones son autosimilares entre niveles. Por
ello el orden del organismo siempre sobrepasa su propia información.
¡Mente e’ reptil!
Así se diferenciaron
evolutivamente variados menúes o paletas sensacionales y conjuntos de
contenidos mentales propios de amniotas y anamniotas, específicos para cada
especie. Es por ello que, siguiendo el criterio de Jakob en sus descripciones
de diferentes especies,
podemos hablar de menúes o paletas de contenidos de experiencia: por ejemplo,
contenidos de experiencia avianos, primates, caninos, cetáceos, equinos,
reptilianos, proboscídeos, condrictios o actinopterigios y, quizás,
cefalópodos. También humanos. Siempre que encontremos conducta ajustada al
sobrevivir en ambientes que no admiten ser suficientemente definidos para una
máquina de Turing sabremos que esa conducta fue obtenida por la aplicación de
semoviencia (“palpando” para generar el desarrollo intelectual) y que esta
semoviencia conlleva la disponibilidad de aprehensión gnoseológica.
Operacionalizar este criterio requiere añadir la consideración de los
medios que sabemos permiten interactuar a los psiquismos con el órgano
cerebral al cual se encuentran circunstanciados y desde él con el resto del
ambiente; es decir, la modulación de la electroneurodinámica en la masa
neuropilar tal como la conocemos. Por ello entendemos que, también por
ejemplo, las abejas son “autómatas de Gómez Pereyra” y no se hallan
controladas por ninguna existencialidad como nivel más superior de sus
regulaciones orgánicas, en nuestro erathem por lo menos; no se trata de un
asunto de definiciones, pues, sino del refinamiento de las investigaciones
fácticas. Cabe esperar que el avance de la ciencia caracterice con mayor
precisión esta modulación y establezca sus efectos diferenciales en base a
los desarrollos descriptos en nuestra tradición (p. e. Refs. 2, 114 y 115),
que aquí creemos proveen el programa más adecuado para la neurobiología
futura.
En los reptilomorfos
amniotas hallamos por
primera vez neocórtex; cierta corteza cerebral supraolfatoria aparece en
anfibios, pero sólo en reptiles se halla asegurada la existencia de neocórtex.
Su área anatómica inicial, en la región frontal lateral entre la base
olfatoria y la zona piriforme “está, filogenéticamente, en primer lugar,
destinada a la elaboración consciente de la orientación en espacio,
causalidad y tiempo (gnosias del introyente y del ambiente)”. “En esta región está el manto cortical en directa
continuación con el neoestriado subyacente que a la capa superior cortical
(¿receptora?) agrega aquí una inferior (¿efectora?). Esta región, que existe
ya en la anfisbaena, aumenta en lagartijas y tortugas, y adquiere mayor
desarrollo en la iguana y el yacaré. Como hacia ella se dirigen las fibras
más largas de la radiación talámica anterobasal, no cabe duda de que en esa
zona se depositan y elaboran estímulos conmemorativos de orden superior (no
olfatorios)” (op. cit., pp. 75-76). ¿Qué contenidos mentales
disimilan? ¿Cómo es eso de haber nacido reptil? Aunque la variedad
neurobiológica reptiliana no sea módica, consideremos un solo ejemplo.
Dejemos la palabra a Christofredo Jakob, en su famosa síntesis neurobiológica
del existir como Caiman latirostris (op. cit., pp. 86-89):
“Si realizamos con los
resultados del estudio presentado una sumaria reconstrucción neurobiológica
del yacaré, tendremos:
A) Un perfecto y eficiente
sistema arquineuronal reflejo somático y simpático que metaméricamente
se organiza en más de sesenta segmentos espinales, además de los
bulbomesencefálicos y olfatorios descriptos que representan unos diez más.
... Naturalmente, el yacaré comparte con los demás vertebrados las
regulaciones reflejas simpáticas vísceroglandulares y circulatorias como base
de su existencia individual somática. Como entre los sentidos superiores
dominan la vista y el olfato y también el oído, podemos según su desarrollo
clasificarlo como macróptico, macrosmático y mesoacústico
...
B) Su sistema
paleoneuronal instintivo, con absoluto dominio del cuerpo estriado ligado
por un potente hipotálamo a un cerebelo reducido, correlaciona especialmente
estímulos olfatorios y kinestésicos musculares con otros
vestíbulotrigeminales y ópticos, actuando en primer lugar para una
normokinesia (combinación heredada de diferentes grupos musculares de análoga
finalidad) aplicada a la vida acuática – dominando allí los grupos agresivos
sobre los defensivos en contra de lo que acontece en tierra. Interesante es
la observación de que para rascarse o ayudarse prefiere las extremidades
posteriores, cuya explicación tendremos que buscar en su aparato
centralizador: el enorme cuerpo estriado. Los grandes cuerpos ópticos, que
correlacionan especialmente estímulos ópticos con acústicos y trigeminales,
vienen en segundo lugar para sus orientaciones en el espacio. Finalmente
comprobamos centros diencefálicos vísceromotores ...
C) Su esfera neoneuronal,
por fin, ligada al desarrollo cortical, no puede sino ser muy reducida frente
a las anteriores. Sin embargo, ella no falta y lo interesante es aquí
precisamente ese despertar de un psiquismo superior e individualizado que
indudablemente se prepara. Aparece así en primer lugar, con su fase
conmemorativa, el olfato. La extensa zona ammónica esta capacitada para
almacenar, entre las ondas estacionarias de sus sistemas colaterales
dentadoammónicos, experiencias olfatorias limitadas y no podríamos tampoco
negar un afloramiento de las ópticas y quizás las acústicas, entendiendo que
en todas esas experiencias la fase gnósica orientadora dominaría, quedando
reservada la fase reactiva (volitiva) a los centros corticales en primer
lugar.
Por consiguiente, podríamos
intentar reconstruir el resultado psicobiológico en la siguiente
forma:
1º) En su ‘esfera del
introyente’ el yacaré hereda, naturalmente, como todos los vertebrados,
las funciones reguladoras de autoconservación vegetativa individual y
genérica. Su reflectividad trofoplasmática [o menú de reacciones para
alimentarse] dispone para eso, en la base del diencéfalo, de los mismos
poderosos centros superiores (núcleos periependimarios y ganglios basales
túberomamilares) que se observan hasta en el hombre, constantemente y sin
mayor variación ... Para explicarnos esas coincidencias debemos ... admitir
en esos centros superpuestos localizaciones diferentes para el agonismo y el
antagonismo de los sistemas glandulares que, directamente por sistemas
simpáticos o indirectamente sobre glándulas endocrinas ..., estimulan o
inhiben parcial o totalmente las secreciones, las que en la esfera del
introyente ... elaboran la base bioquímica de la autonomía individual,
creando el campo del biotono vegetativo, equilibrio indispensable del
bienestar orgánico para hombre y animal. ...
2º) Llegamos a su ‘esfera del
ambiente’. Hambre y amor la ligan, también en el yacaré, al
‘introyente’ cuyas estimulaciones víscerosimpáticas ponen en ‘actividad’ su
sistema somático, guiado como ya sabemos en primer lugar por el nervio óptico
y después por el olfato. ¿Pero existen efectivamente ‘nociones’ superiores
individualmente adquiridas y conmemorativamente fijadas, precursoras de algo
así como una lejana ‘idea’ de espacio, tiempo y causalidad? Analicemos.
Sabemos que el yacaré guarda
su ‘querencia’, su ‘nido’, mientras no experimenta molestias excesivas; en
estos casos puede emigrar, buscando otro ‘lugar de vida’. No molestado
prefiere el mismo lugar, asoleándose o esperando alguna presa. El axioma
geométrico que dice que la recta es el camino más corto entre dos puntos lo
sabe por intuición y lo verificamos cuando se echa al agua como una flecha en
busca del objeto apetecido. En la orientación espacial lo guía, además del
ojo, el poderoso sistema vestibular, dirigiendo en ese sentido la cola motora
y poniendo en evidencia mayor seguridad en su ‘orientación espacial’ cuanto
más viejo es.
Se describen animales de más
de cien años (cocodrilos del Ganges, cuya organización cerebral es en
lo esencial idéntica a la del yacaré) y que desde tiempos remotos residen en
el mismo lugar, donde conocen todos sus escondites y posibilidades.
Vamos del espacio al tiempo.
En ciertas comarcas de la India, sus habitantes veneran a los cocodrilos (por
‘la transmigración de las almas’); cuando a determinada hora aparece el
cuidador, todos los saurios se despiertan de su pesado sueño y van a su
encuentro (en otras horas no le hacen caso), rodeándolo con sus fauces
abiertas; naturalmente, intervienen aquí reacciones reflejas, pero muchos
observadores entienden ver en eso una especie de acomodación al tiempo
acostumbrado. ...
¿Y la causalidad? Un
experimento realizado con yacarés refiere lo siguiente: si le metemos en la
boca un palo repetidamente, lo muerde y lo destruye; si en vez del palo se
utiliza una barra de hierro, trata de hacer lo mismo tres o cuatro veces,
pero abandona luego todo intento, fenómeno de inhibición que nosotros mismos
hemos comprobado en nuestro laboratorio con ejemplares jóvenes. No cabe duda
de que individuos viejos en cautividad reconocen a sus cuidadores y les
siguen sin molestarlos y se hacen tan mansos que hasta se les puede tocar y
hacer pinturas en sus cabezas.
Por cierto que estas
experiencias se borran rápidamente pues se trata de ‘fijaciones pasajeras’
iguales a las de la memoria infantil, cuando las ondas microdinámicas del
córtex no han llegado todavía a su potencialidad definitiva por falta de
maduración – filética allí, ontogenética aquí.”
Interrumpo el relato del
maestro para comentar este punto. No se trata propiamente de un “borrado de
memorias” - lo que no puede ocurrir, como ya expuse. Las experiencias vividas
no se pierden, pero no vivimos aquello que no atendemos en algún nivel de
posibilidad operatoria, por mínimo que sea. Por eso sólo podemos volver a
imaginar (“recordar”) lo que podemos interpretar operativamente, como
enseñaba Aristóteles. Por ello sistematizamos nuestras memorias en esferas o
segmentos según la acuidad o resolución temporal con que fueran originalmente
experienciadas; si la resolución temporal que estructura la vivencia no
admite nuestras operaciones, no las podemos “apercibir” o interpretar
conceptualmente, es decir en términos de qué podría obrar nuestra semoviencia
en la situación que quisiéramos recordar. A esto lo llamamos desatención. Por
ejemplo, no podemos de entrada diferenciar los saludos recibidos al regresar
a casa hace cien días y hace noventa y nueve días, aunque para contestarlos
estuvimos prestando la debida atención. Pero esos recuerdos existen: si algún
hecho memorable externo (por ejemplo, una explosión en la casa vecina o una
grata noticia) nos permitiera llegar a distinguir sus contextos podríamos
hacerlo, porque ambos recuerdos constituyen diferenciaciones de nuestra
existencialidad. En contraste, no podríamos jamás recordar qué explicó un
conferenciante en los últimos tres minutos si no lo atendimos, porque con
referencia a esta experiencia no existen diferenciaciones de nuestra
existencialidad que, operativamente, podamos reimaginar. Fueron los mismos
tres minutos en que estuvimos fantaseando alguna pavada; pero a esta
obviamente la estructuramos con una resolución temporal que admitía nuestras
operaciones, las que precisamente tornaban la pavada inteligible para
nosotros, mientras los conceptuosos dichos del conferenciante los
estructurábamos en un nivel objetal mucho más basto, el de un ruido de fondo
de variación constante. Esta es la causa de la amnesia infantil; el niño
atiende con adecuada resolución temporal, pero aún no ha sedimentado
mnésicamente sus actos propios en un sistema de operaciones que conserven y
definan elementos así reconocibles (o “conceptualizables”) en el ambiente o
situación. (A este sistema de operaciones, que - prolongando el antiquísimo
modo de operar de la subciliatura - descarta las características individuales
de los hechos y le asigna relevancia a cada evento extraorgánico detectado
sólo en tanto es apercibido como típico, los antiguos lo llamaban
noûs poieetikós;
cf.
nota 80). El niño
atendió pero no interpretó operativamente los sucesos. Es su pasividad de
antaño lo que le impide poner su cerebro a reimaginar ahora (“recordar”) una
ceremonia donde su participación no fue activa. Al yacaré y a todo psiquismo
circunstanciado le ocurre lo mismo. No puede reimaginar (“olvida”) lo que no
puede interpretar en términos de acciones semovientes a su alcance. Sigamos
oyendo a Jakob:
“Pero enfrente de todo esto,
un estudio más sistemático debería y podría aumentar en mucho, todavía,
nuestro ‘material’ de la ‘ficha psicológica’ del yacaré, dado que no hay
derecho a negarles rotundamente a los hidrosaurios fenómenos intelectuales en
forma de orientación consciente en espacio, tiempo y causalidad, evocados por
una memoria gnósica de limitadas posibilidades dentro de la esfera concreta
de sus necesidades. Existen funciones paleo- y neocorticales evidentes que en
individuos jóvenes hasta permiten un cierto ‘adiestramiento’ como, por
ejemplo, tomar la comida de la mano, dejarse acariciar, etc., según un relato
que hace el acuario de Nueva York.
Un día – tiempo hace de esto
– cuando en viajes a Corrientes cruzaba mi vapor los bancos de arena del
Paraná y observaba en la orilla las hileras de yacarés dedicados gozosamente
al culto solar, me vi obligado a preguntarme: ¿serán capaces de soñar? Y a
veces ciertos movimientos ‘involuntarios’ de la boca y la cola de los
indiferentes dormilones, al pasar la nave delante de ellos, me parecían
indicar que sí. Pero, ¿qué? Recordando que también en otros animales
(pájaros, perros, etc.) existen análogos indicios de tales funciones
microdinámicas corticales ... no pude menos que imaginarme en una ‘visión
psicoanalítica’, leyendo en el alma de por lo menos alguno de esos
‘patriarcas señoriales’ – enfrente de la vulgaridad de la chusma – la
existencia de un ‘ensueño gigantesco y sublime’ en que atávicamente se
encarnaban las vivencias de aquellos tiempos gloriosos en que sus abuelos de
antaño se jactaban de ser los ‘dueños de esta tierra’ para, al despertar de
la visión, terminar con un sic transit gloria mundi. ¡Qué enseñanza
formidable y lapidaria para otros seres a quienes el destino parece
momentáneamente no poderles negar nada! ¿No se trataría sólo de ensueños
simbólicos que en su ‘idealización microdinámica’ encubren realidades
quiméricas?”
Trascendencia de las mentes
reptilianas
No infrecuentemente, niños
desolados preguntan a los veterinarios si volverán a encontrar a sus mascotas
difuntas. A veces adultos humildes se atreven a preguntarlo. Muchos
profesionales de las ciencias biológicas no tienen ese valor. Al comienzo de
las ciencias modernas Europa estaba sumida en atroces guerras provocadas,
alegábase, por opiniones religiosas. Los científicos dependían de volubles
mecenazgos, era a menudo cuestión vital patentizar que trabajaban para bien
de todos y mal de ninguno, ellos pusieron toda la distancia posible entre su
labor y las cuestiones morales y religiosas y a los defensores de la moral
esto les vino muy bien, para alegarlo cuando algún científico pretendiese
oponer mundana opinión contra verdad revelada. Hoy esa esquizofrenia ya
perdió sentido, pero como decía Nietzsche antes se rompe una pierna que una
palabra. ¿Qué puede contestar con verdad un veterinario al niño desconsolado
porque a su tortuga se la comieron las hormigas? ¿A la viuda que duda de la
presencia de sus animales queridos en el futuro reencuentro con su esposo?
¿Al peligrosamente desolado capo di maffia que lo interroga por el
reencuentro con su amadísimo Varanus, que tan útil le fue antes de
morir indigestado?
En cuestiones últimas no hay
más remedio que ir hasta el final; no se puede explicar la realidad, lo que
es o lo ente, como se dice técnicamente, a partir de otro ente. En
esto ha hecho bien Heidegger en insistir, señalando la lección de la antigua
India; no es posible montar lo ente en elefantes gigantescos, tortugas
descomunales y procelosas aguas, como quería la cosmogonía hindú. ¿Pero por
qué hay algo y no nada? Como el hecho de
ser no es un predicado, ni siquiera infinita información es capaz de hacer
ser una realidad realmente nueva (“it from bit”): ninguna reunión de
características justifica porqué existe la realidad, en vez de no existir
absolutamente nada. Pero como realidad hay, alguna porción de esta realidad
debe ser no originada. Por cierto esa porción no puede ser un ente, o lo ente
se explicaría por otro ente; más herpetológico
sería y valdría lo mismo suponer que la
porción no originada de esta realidad es una tortuga colosal. Pues
bien, ¿por qué esa porción no originada de la realidad, que no es un ente,
originó al resto, que sí lo es?
¿Cómo se puso en marcha
nuestro cosmos?
Lo ente no puede
provenir de otro ente pero puede provenir del valor: la porción no originada
de la realidad debe ser pues personal, en el sentido de originar el resto en
vista de crear un valor con ello. De este modo lo ente y su valor se
condicionan mutuamente y ninguno puede ser arbitrario o voluntarístico. Las
ciencias naturales, que como vimos hoy pueden definir objetivamente
existencialidades y las encuentran en la naturaleza que describen, no pueden
dejar de encontrar un modo de obrar análogo a la semoviencia en la acción por
la cual la porción no originada de la realidad originó lo ente. Y como la
causalidad natural que hallan es discreta – viene en paquetes indivisibles o
quanta, como avistó Max Planck en 1900 – esa porción no originada de
la realidad es inmediata a todo ente que sostiene. Lo único que no puede
sostener son los actos de la libertad ajena, porque la aniquilaría. Y si es
valioso crear entes libres, ¿cómo se las arreglaría? ¿Cómo haría usted para
sostener la libertad ajena?
El único modo es desaparecer
de la vista, sobre todo si usted es la porción no originada de la realidad.
Su perceptible presencia haría que seres libres pero limitados pudieran
resignar su libertad para asegurarse su subsistencia, que no depende de ellos
sino de usted; adiós valiosa libertad. Así que usted habría de borrarse,
creando una naturaleza que operase por regularidades o leyes naturales y
donde usted no apareciera. El universo que
observamos tendría precisamente que mostrar las propiedades que esperaríamos
si no existiera el designio que usted tiene, ni finalidad ni mal ni bien,
luciendo sólo ciega e inmisericorde indiferencia: usted debería sostener todo
acto de benignidad y toda crueldad atroz con las mismas regularidades básicas
de la física. Pero para eso la circunstanciación de existencialidades
habría de efectuarla también en forma regular, circunstanciando
existencialidades tanto a cuerpos de pez, reptil, u otros incapaces de
producir contenidos mentales que permitan a la semoviencia madurar como
libertad, cuanto a cuerpos que filogenéticamente hubieran llegado a producir
contenidos mentales que permitiesen alguna extensión de libertad. Y eso es lo
que observamos. La evolución astrofísico-biológica instrumenta
existencialidades para prolongar cadenas tróficas que sirven para entropizar
(o sea, para restar capacidad de efectuar trabajo físico) por el camino más
corto a la luz solar que recibe el planeta. Las existencialidades así son un
instrumento físico; los esfuerzos y dolores humanos, y los de cualquier otro
animal empsiqueado, permiten generar calor y excrementos que agreguen un poco
de entropía adicional a la luz que refleja el planeta. Pero entonces la
naturaleza física también es un instrumento al servicio de las
existencialidades: sus regularidades permiten que algunas existencialidades
maduren una libertad que la manifestación de la presencia de usted, la
porción no originada de la realidad, aniquilaría. La situación es pues un
palindrome:
las existencialidades son instrumento de la naturaleza y esta es también
instrumento de aquellas. La ciencia natural hoy no puede atender un curso del
palindrome e ignorar al otro. La única forma sería volver a una ciencia
natural que no encontrara mentes en la naturaleza, pero esa falsificación ya
no puede darse: ni están dadas las condiciones de hace cuatro siglos ni la
historia se repite.
Pero en tal caso algunas
existencialidades, como las que usted circunstanció en ese rol de
instrumentos y así se encontraron a sí mismas obrando como nivel más superior
de las regulaciones orgánicas en el cuerpo de la difunta tortuguita
o del varano del capo di maffia, brindaron todo su ser para que
otras existencialidades pudieran llegar a ser libres. Entonces si la libertad
de algunos realiza su valor, este también se constituye con el sacrificio de
los otros. Y si el reconocimiento de ese valor es amor, toda existencialidad
es un ente amado. Tal es la constitución ontológica que sostiene su existir.
Y si tal amor es la valoración de una presencia, la muerte es el final de un
desarrollo intelectual axiológicamente valorable y la ocasión de purgar toda
incapacidad, en aquel desarrollo intelectual, para apreciar el sentido último
por el cual hay algo y no más bien nada. Purga intelectual o infusión de
saber tan necesaria en usted y en mí como en el varano, con la diferencia de
que nosotros además necesitamos una purga moral que el varano no necesita -
porque él puso todo lo que tenía en el proyecto transcendente y nosotros no.
Así que si a la reciprocidad del amor fundante – otro palindrome – la
llamamos paraíso, entonces en el paraíso entrarán algunas de las creaturas
que en la naturaleza fueron libres y todas las que no lo fueron. ¿Podrá el
veterinario explicárselo al capo di maffia y al niño de la tortuga? Si
no puede, podrá emplear las famosas palabras de Leonardo da Vinci: “Un día
llegará en que los hombres conocerán el alma de las bestias; inmolar entonces
a un animal será felonía tan seria como hacerlo con un humano.”
…
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revista
Electroneurobiología
ISSN: 0328-0446